30 mar 2020

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"¡No tiréis, que soy gente!": sobre la miopía política de los españoles

Jesús Pichel

Jesús Pichel

Vista del hemiciclo del Congreso vacío, en febrero, tras la última sesión previa a las pasadas elecciones generales.

Vista del hemiciclo del Congreso vacío, en febrero, tras la última sesión previa a las pasadas elecciones generales. / EFE / CHEMA MOYA

Tiene el ADN de nuestra cultura política un gen miope, algo corto de miras, que no nos permite entender ni aceptar que haya quienes voten a otros y no a los nuestros, cuando es evidente que los buenos son los nuestros y los otros son un desastre. Lo entendemos tan mal, que se nos llena la boca llamándoles de todo, desde ignorantes y borregos hasta sinvergüenzas o paniaguados, si acaso no algo más grueso.

"¿Pero cómo es posible que haya quienes voten al Partido Fulano?", se preguntarán algunos. Pues porque les parece bien. O porque les parece peor votar a otros. O porque aceptan que son como son y abominan de los otros. Pero nuestra miopía genética y revirada va susurrando en nuestros oídos políticos: "si votas a unos, eres antiespañol"; "si a otros, corrupto"; "si a aquellos otros, facha"; "si a los de allí, comunista bolivariano"; "si a estos, no eres de izquierdas"; "si a aquellos, un represor".

Quizá la mutación empezó a producirse con la expulsión de moros y judíos por los catoliquísimos Reyes Isabel y Fernando, que nos hizo más endogámicos y más dispuestos a imponer una única forma de ser español: la del cristiano viejo que probara su pureza según los estatutos de limpieza de sangre, ¡definitivamente abolidos en 1870! Quizá por eso, andando el tiempo, sigue habiendo unos muertos enterrados en las cunetas mientras otros muertos están en el lugar de honor de una basílica.

No sé qué gafas políticas necesitaremos para corregir ese maldito gen que nos impide entender que cada quien legítimamente piensa como piensa y vota lo que quiere votar; que no hay ningún voto que valga más de uno; que no hay unos españoles que lo sean más que otros; que las mayorías (y minorías) electorales lo son porque detrás de ellas hay ciudadanos que las han votado con el mismo derecho que tienen los demás.

En Dersu Uzala, la magnífica película de Kurosawa, el viejo cazador nómada, cuando se acerca al campamento militar y oye cómo se arman los fusiles, grita: "¡No tiréis, que soy gente!".

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