21 feb 2020

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La violencia extrema, una pandemia casi imposible de atajar

José Manuel Fernández Arroyo Castellano

Barcelona

Homenaje por las víctimas del tiroteo de El Paso.

Homenaje por las víctimas del tiroteo de El Paso. / EPA

En alguna parte he leído que con la canícula estival aumenta la agresividad de las personas y los actos violentos se recrudecen hasta límites lacerantes. ¿No será que la maldad innata de los humanos, o de una parte, es así de destructiva

Me inclino por esta teoría. Si no, ¿de qué modo se explica que un joven, se le catalogue de perturbado o no, irrumpa en un centro comercial o en un colegio -como en Texas y Ohio, recientemente- y descargue toda su furia y odio xenófobo disparando a discreción hasta conseguir el máximo de víctimas posibles? ¿O que en conflictos bélicos se bombardee a la población civil, se la torture, se cometan violaciones y otras atrocidades? ¿O que los talibanes y los llamados señores de la guerra decapiten cruelmente y en público a sus rehenes?

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Del mismo modo, ¿cómo se explica que los grupos llamados manadas, los cuales tan de moda están últimamente, agredan sexual y salvajemente a las mujeres? ¿O que cada seis días -de promedio- durante este 2019 se cometa un asesinato machista en España, como ejemplo más cercano? ¿O que los capos de la droga y de otras actividades delictivas utilicen la violencia desmesurada para controlar o expandir sus negocios?

Sí, en efecto, violencia extrema y gratuita. Una pandemia estructural que no hay forma de atajar en este mundo actual. Máxime si mandatarios de determinados países fomentan el odio, la homofobia, la xenofobia, la discriminación en general y la desestabilización geopolítica por puro egocentrismo, intereses partidistas o ultranacionalistas.

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