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El nacional socialismo da la cara

Le Pen, sonriente, en su acto electoral en Villepinte, cerca de París, el 1 de mayo.

Le Pen, sonriente, en su acto electoral en Villepinte, cerca de París, el 1 de mayo. / REUTERS / CHARLES PLATIAU

El final de la segunda guerra mundial supuso el principio de un odio casi irracional hacia cualquier tipo de nacionalismo, que era relacionado directamente con la tragedia que sufrió Europa durante la guerra.

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Desgraciadamente, convertir el nacionalismo en un tabú no hizo que desapareciese el sentimiento nacionalista, al contrario, el sentimiento fue reprimido. Las ideas del nacionalismo, de la antiglobalización y el antisemitismo quedaron reprimidas entre sus seguidores, incapaces de expresarlas públicamente por miedo a ser juzgados.

La apertura liberal de Europa mediante leyes de inmigración y el impactante desarrollo de la globalizacion hicieron que las ideas nacionalistas reprimidas que yacían en la mente popular se fortaleciesen. A partir de este momento, solo hizo falta un líder carismático para revivir a la extrema derecha europea.

Sin embargo, esto no es malo. Si queremos ser justamente democráticos, debemos aceptar que existan personas con otros proyectos de país, y que estas personas participen en la vida política, ya sean fascistas o comunistas. Las ideas de cada persona son la representación de una posible solución a sus problemas y necesidades, por lo que ninguna ideología es mala per se, dado que todas luchan por el bien de las personas que las tienen por bandera. 

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