60.000 millones en mentiras: así ha eclosionado la oscura industria de la desinformación

Steve Bannon, exasesor de Trump y gurú de la extrema derecha, en un fragmento del documental ’El gran manipulador’ (2019)

Steve Bannon, exasesor de Trump y gurú de la extrema derecha, en un fragmento del documental ’El gran manipulador’ (2019) / RYOT Films

  • Tras la victoria de Trump y del Brexit han proliferado las consultorías políticas que hacen negocio orquestando campañas de bulos para desestabilizar otros países

  • La manipulación informativa ha encontrado en las redes sociales el canal ideal para amplificar mundialmente una operación de guerra psicológica por el poder

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Carles Planas Bou
Carles Planas Bou

Periodista

Especialista en Redes, algoritmos y la intersección entre política y tecnología

Escribe desde Barcelona

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“En Bolivia no aceptamos ni capos ni cobardes”. El 12 de febrero de 2020 esta publicación empezó a circular por Facebook como parte de una operación digital para criminalizar a los miembros del Gobierno de Evo Morales y apoyar al ejecutivo surgido con el golpe de Estado orquestado tres meses antes por la derecha boliviana. Aunque las cuentas que difundieron este y otros mensajes se hacían pasar por “ciudadanos locales”, en realidad era una red creada por la firma CLS Strategies, con sede en Washington, para desplegar una “guerra sucia” contra Morales.

En agosto del año pasado Facebook informó que había eliminado un total de 91 cuentas falsas operadas por esta empresa en un operativo de “injerencia extranjera” para debilitar no solo al Gobierno boliviano, sino también a los partidos de Nicolás Maduro en Venezuela y de Andrés Manuel López Obrador en México.

Durante tres meses, CLS Strategies gastó hasta 3,6 millones de dólares en activar una “red tóxica” de cuentas falsas que simulaban ser medios de información, partidos políticos, organizaciones civiles o personas y que captaron a más de medio millón de seguidores.

Guerra informativa, a contrato

Manipular la opinión pública no es algo nuevo. Durante décadas servicios de inteligencia de diversos países han estado detrás de operaciones de guerra informativa para derrocar a enemigos y entronizar a aliados. Sin embargo, la injerencia de CLS Strategies en Latinoamérica no es un hecho aislado, sino que forma parte de una creciente industria de la desinformación que se propaga en las sombras.

Contratar a empresas especializadas para que difundan bulos a favor de tu causa se está convirtiendo en un fenómeno cada vez más recurrente. Esas compañías de relaciones públicas y agencias de comunicación digital van más allá del lavado de imagen, la gestión de crisis o la consultoría política. Ahora, unos cuantos miles de euros pueden servir para externalizar agresivas campañas para promover teorías de la conspiración, crear falsas narrativas para interferir en elecciones y lanzar mensajes polarizantes que radicalicen a sus receptores.

La misión de esta operación propagandística es inundar las redes sociales con un alud de mensajes que terminan por sepultar la verdad. Aunque parezca orgánico, lo que lees en Facebook, Twitter o Telegram puede haber sido orquestado por agencias privadas que buscan modificar tu percepción de la realidad y sembrar una semilla de duda en tu subconsciente.

Expansión por todo el mundo

Los tentáculos de la industria privada de la desinformación se extienden por todo el mundo. Un estudio de la Universidad de Oxford identificó el año pasado hasta 65 compañías dedicadas a la fabricación estratégica de campañas de bulos que fueron lanzadas en hasta 48 países. Desde 2009, se habrían destinado unos 60.000 millones de dólares a contratar estos servicios.

Uno de esos es la India, donde una firma canadiense creó un supuesto portal contra la desinformación que ha servido para impulsar el discurso del gobierno del ultraconservador Narendra Modi y atacar a la oposición, según destapó en mayo el Digital Forensic Research Lab. La estrategia de crear webs que fingen ser verificadoras independientes para apoyar a determinados políticos es recurrente.

Este centro de investigación de la desinformación situado en Washington también ha informado del caso de Archimedes Group, una firma israeliana que ha lanzado este tipo de campañas en al menos 13 países para influir en procesos como las elecciones de Nigeria del 2019. Otra compañía digital, esta basada en Túnez, coordinó una red de difusión de bulos similar para interferir en los comicios presidenciales de Costa de Marfil, Togo y otras naciones.

Campañas de desinformación lanzadas desde Rusia, EEUU y Pakistán

/ Facebook

En un mundo de posverdad cada vez más polarizado, la batalla informativa se ha extendido como mecanismo de disrupción psicológica clave en la pugna por el poder político. Y la pandemia del covid-19 no ha hecho más que acentuar la guerra sucia para imponer ciertas narrativas y desestabilizar a tus rivales. Este julio famosos creadores de contenido en Francia y Alemania denunciaron que se les había ofrecido dinero para decir que las vacunas contra el coronavirus mataban a sus pacientes. Ellos no lo hicieron, pero otros ‘influencers’ en Brasil y la India sí propagaron esa desinformación a sus millones de seguidores. Detrás de este entramado global de cientos cuentas falsas estaría Fazze, una misteriosa agencia de marketing vinculada a Rusia.

Las redes, aliadas de la desinformación

La Historia ha dejado claros los muchos motivos que pueden llevar a un gobierno a querer influir en la toma de decisiones de otra nación. La Guerra Fría fue un claro ejemplo de esa partida de ajedrez en un tablero geopolítico. También lo han sido, más recientemente, los esfuerzos rusos por interferir en las elecciones en Estados Unidos o desestabilizar a los países miembro de la Unión Europea. Sin embargo, la evolución tecnológica ha permitido que cada vez más empresas privadas lancen campañas de desinformación como han hecho siempre las agencias de inteligencia. De forma menos sofisticada, eso sí.

Aunque las luchas en la sombra son tan antiguas como la propia humanidad, el auge de esta industria de la desinformación no se entiende sin la consolidación mundial de las redes sociales como canales de comunicación omnipresentes. Y en su epicentro se sitúa el escándalo de Cambridge Analytica. En 2018 se destapó que esta turbia consultoría política —impulsada por el magnate republicano Robert Mercer— había usado sin consentimiento datos de millones de usuarios de Facebook para lanzar, en 2016, una campaña propagandística digital para favorecer la elección presidencial de Donald Trump. Esa información personal fue usada para detectar los perfiles de usuarios más susceptibles y bombardearlos con bulos que, en muchos casos, terminaron comprando.

El mayúsculo éxito de esa operación y de la campaña para la salida del Reino Unido de la UE, propulsada con los mismos métodos, llamó la atención de oportunistas políticos y consultoras. Los primeros vieron un sistema eficaz para entrar en las mentes de los votantes; los segundos, una oportunidad de hacer caja.

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La desinformación ha encontrado en las redes sociales un terreno fértil para propagarse. Los algoritmos de recomendación de Facebook, Youtube o Twitter amplifica aquellos mensajes más incendiarios y conspiranoicos, especialmente los de la derecha. Pero aunque logra retener durante más tiempo al usuario —lo que supone más dinero para la compañía— ese modelo también alimenta consecuencias perversas, como la campaña de odio en Myanmar que precipitó un genocidio étnico contra la comunidad musulmana roghinya. Ante el alud de críticas por su rol, las plataformas han reforzado la detección y bloqueo de campañas de bulos. Eso ha hecho que, como ejemplifica el presidente filipino Rodrigo Duterte, autócratas de medio mundo hayan pasado de instrumentalizar las redes para lanzar desinformación a amenazar con su cierre.

Todo eso está ayudando a consolidar una oscura industria de manipulación de la opinión pública. El resultado está siendo la normalización de conspiraciones que erosionan la realidad compartida en la que se asienta la sociedad y una radicalización política que torpedea la convivencia. El negocio de mentir florece cuando la democracia se marchita.