HISTÓRICA INSTALACIÓN CIENTÍFICA

De la Antártida a Barcelona

El primer módulo laboratorio que tuvo la base española Juan Carlos I se transforma en una pieza de museo en CosmoCaixa

Josefina Castellví, ayer en CosmoCaixa, con el veterano módulo laboratorio a sus espaldas.

Josefina Castellví, ayer en CosmoCaixa, con el veterano módulo laboratorio a sus espaldas. / JOAN PUIG

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ANTONIO MADRIDEJOS / BARCELONA

El primer laboratorio instalado en la base antártica española, un sencillo contenedor de seis metros de largo y un mobiliario científico típico de los años 80, ha acabado en un acogedor rincón de CosmoCaixa convertido en una restaurada pieza de museo que se puede visitar. El módulo, comprado en Finlandia pero acondicionado en Tarragona sin excesivos medios, debía de ser de buena calidad porque fue capaz de soportar 25 años de frío y viento, más dos largos transportes, y luego otros dos años de olvido en puertos y almacenes. «Está prácticamente igual», comentó ayer emocionada la oceanógrafa Josefina Castellví, que fue directora de la base Juan Carlos I durante sus primeros seis años, entre 1988 y 1994.

La base española, que en el 2012 inició un proceso de modernización que supondrá su completa renovación, se fundó gracias al tesón de un puñado de científicos muy perseverantes. Y también ingeniosos, obligados por el escaso presupuesto con que contaban. El germen estaba formado por el laboratorio, que es lo único que ha sobrevivido, y dos módulos dormitorio. En aquella época aún no existía el buque Hespérides, por lo que para el traslado hasta su emplazamiento definitivo en la isla Livingstone, en el archipiélago antártico de las Shetland del Sur, fue necesaria la colaboración de un barco polaco y de otro argentino.

PRIMERO, EN TIENDAS DE CAMPAÑA

Las imágenes conservadas de aquel año muestran el desembarco de los módulos, con Castellví tirando del laboratorio con una cuerda sobre la nieve. «Pensábamos que el viento se lo iba a llevar, por lo que antes de partir le colocamos una base de 12 centímetros de hormigón. Y pesaba una barbaridad», recordó ayer.

Los dos años anteriores, buscando posibles ubicaciones para la base, los investigadores habían ido en tiendas de campaña. «En ese ambiente tan duro te tienes que espabilar a la fuerza. Si quieres hacer algo, lo haces», comentó escuetamente la oceanógrafa, quien asumió que fue una «jefa muy dura». Castellví aceptó comandar la base después de que su maestro, Antoni Ballester, sufriera un ictus y tuviera que dejar la investigación. «A la Antártida se va a trabajar». Lo demás, como extasiarse por el paisaje, es importante pero siempre secundario.

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En la base se desarrollaron numerosos experimentos sobre geología, biología y meteorología, entre otras disciplinas. «¡Cómo ha cambiado todo! Cuando nosotros íbamos nos pasábamos meses sin tener noticias de la familia», recordó la científica.

El primer destino del laboratorio era el zoo, pero la idea no cuajó y finalmente ha sido La Caixa quien se ha hecho con el trofeo. A partir de ahora, sin viento y sin heladas, el único peligro serán las manos de miles de niños inquietos. «Si aguantó en la Antártida, aguantará aquí», aventuró Castellví.