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Se busca fotógrafo para un merecido homenaje

Tom Sponheim compró un tesoro de celuloide por 3,5 euros en los Encants y, ahora, desde Seattle, trata de localizar al autor

Carles Cols

House, cuarta temporada, capítulo octavo: “¡Por fin tengo un caso de lupus!”. Esa versión moderna del eureka de Arquímedes es lo que tal vez sintió el estadounidense Tom Sponheim cuando en el 2001 regresó a casa, a Seattle, después de sus vacaciones por Europa. Visitó Londres, Noruega y, claro, Barcelona. Tras la obligada visita a la Sagrada Família, el paseo sin rumbo le llevó al antiguo mercado de los Encants. Su mujer le echó el ojo a varios adornos de hierro forjado. Él, a unos sobres de negativos fotográficos. Le pidieron dos euros y medio por ellos. Pagó tres y medio. Le pareció que las vendedoras lo agradecerían. El viaje prosiguió y, hasta llegar a casa, creció como una bola de nieve la incertidumbre de saber qué imágenes saldrían del positivado de aquel celuloide. El primer cuadro que rescató del pasado fue la de una pareja de ancianas que charlan ante la mirada indiscreta de un niña modosita. “Esa foto era mejor que cualquier otra que hubiera tomado yo antes en toda mi vida”, explica Tom. Eureka. O lupus. O lo que se diga en estos casos. Había comprado un tesoro por el precio de dos barras de pan.

De la pared del salón de Tom cuelgan seis fotografías sacadas de aquellos negativos. Son la admiración de las visitas. La colección completa son unas cuantas más. Retratos de gente de la calle, del niño que merienda pan con chocolate, de dos forzudos en una pista de circo, de un día de fiesta en las calles del Raval… Detrás de aquella cámara, y eso fue en los años 50, había un preciosista domador de la luz, un fotógrafo conocedor de los secretos de la profundidad de campo y del cálculo exacto del tiempo de exposición, todo un oficio.

La pista inicial de este Cluedo fotográfico está en Pelai 34, donde en los años 50 fueron revelados los negativos

En una de las escenas, tres curas enfilan la calle del Bisbe a primera hora de la mañana. Es un contraluz delicioso, un triple salto mortal de la fotografía. En otra, un hombre proyecta su sombra sobre una fuente afarolada. No es la de Canaletes. Podría ser Joseph Cotten en las calles de Viena, como en busca de Orson Welles, pero es Barcelona. Luego está el encuadre perfecto de esas seis niñas vestidas de un inmaculado blanco de primera comunión tras los pasos de una monja vestida de negro, que evocaría una ciudad católica hasta la beatería si no fuera porque, quien más quien menos, sabe de la vis anteclerical que aquí gastan los nativos de estas calles. Eso sucede en el portal de la Santa Madrona. Esta composición es más de Fellini que de Carol Reed, pero el contraste del blanco infantil y del negro monjil es de idéntica calidad, una exquisitez. Como Mary Poppins cuando mide su altura, “prácticamente perfecto”.

Del hombre tras la cámara se sabe poco, salvo que había logrado domar la luz y la sombra, el Everest de todo fotógrafo

LAS FUENTES DEL NILO

Tom podría haberlo dejado aquí. Contemplar las vistas desde el sofá de su casa y adiós muy buenas. También Richard Francis Burton y John Hanning Speke podrían haberse conformado con pasear a bordo de una faluca en las plácidas aguas del Nilo a su paso por Egipto, pero se obcecaron, y de qué manera, en bucar las fuentes de aquel río. Así que creó un perfil en facebook, Las Fotos Perdidas de Barcelona, y contrató un anuncio para mostrar las imágenes en un radio de 20 millas alrededor del lugar en el que fueron tomadas. Obtuvo algunas pistas, el nombre de las monjas, la calle en la que fue tomada tal o cual fotografía…, pero del autor, de momento, nada de nada.

Los indicios, por si a alguien le apetece seguir el rastro, son pocos, pero son hilos sólidos de los que tirar. Los negativos iban empaquetados en los sobres de revelado de la casa Palau, del número 34 de la calle de Pelai. Así los compró Tom en los Encants. Aquel establecimiento ya no existe, pero muchos lo recuerdan. En su última etapa, Palau era una tienda de maquetas de trenes eléctricos y, también, el mejor garaje de coches ‘scalextric’ de la ciudad, pero cuando abrió sus puertas, en los años 50, también ofrecía un servicio de revelado. El autor, pues, fue cliente de aquella primera etapa.

Luego está, por proseguir con la partida de Cluedo, el formato de las imágenes, una pista tal vez inequívoca de que manejaba un cámara de formato medio y de que, por lo tanto, él, o ella, probablemente se codeaba con otros aficionados y profesionales de la fotografía.

En resumen. Se busca al autor de tan deliciosas fotografías. Se merece un homenaje. Aquí y en Seattle. Por si hay suerte, solo queda una palabra por añadir. Continuará.

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