El Open de EEUU de tenis

Emma Raducanu, larga vida a la joven reina

  • La británica, a los 18 años, se corona en el Abierto de EEUU llegando desde la previa y sin ceder un set y deja entrever que su conquista no es algo fugaz sino el inicio de una brillante carrera

Raducanu se abraza al trofeo que la reconoce como campeona del Open de EEUU

Raducanu se abraza al trofeo que la reconoce como campeona del Open de EEUU / John Magamblo / Efe

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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Las últimas noches antes de salir a la pista Arthur Ashe una joven de 18 años se iba a dormir con las visiones de sí misma ganando el Abierto de Estados Unidos, algo que nadie creía posible para una tenista que había llegado al torneo, solo su segundo grande, desde la fase previa como 173 del mundo. La adolescente, como le ha pasado “desde pequeña”, se veía a sí misma subiendo al palco a celebrar con su equipo, ese que hace de familia más que deportiva, especialmente cuando sus padres, en este mundo de dificultados visados y permisos que ha creado la pandemia, se han tenido que quedar en el Reino Unido.

Las visiones dejaron de serlo para hacerse realidad el sábado. Esa adolescente, Emma Raducanu, es la nueva reina de Nueva York.

Antes de que ella se impusiera a la también adolescente Leylah Fernández en una vibrante final por 6-4 y 6-3 ningún hombre o mujer había llegado a lo más alto empezando como 'qualifyer'. No es descabellado pensar que algo así tardará en repetirse, si es que sucede. Si además ese triunfo se alcanza sin haber cedido un solo set, una joya más en la corona, las probabilidades de volver a ver algo igual son prácticamente nulas. No es de extrañar que otra reina, la de Inglaterra, emitiera un comunicado desde Balmoral felicitando a Raducanu por su “destacable logro a tan temprana edad”.

Con 2,5 millones de dólares de premio en Nueva York, Raducanu va a poder hacer algo más que comprarse los airpods que perdió antes del primer partido de la clasificatoria, cuando solo pensaba en ganar suficiente para reponerlos. Porque tiene un tenis preciso y poderoso y, tras su salida en cuarta ronda de Wimbledon aparentemente bajo la presión física y mental de aquella competición que volvió los focos sobre ella, ha demostrado en Flushing Meadows haber encontrado las claves de control. En la final tanto ella, como Fernández, desplegaron algo infrecuente que ‘The New York Times’ ha descrito a la perfección: “alegría sin adulterar de deportistas que juegan libres, sin equipaje de oportunidades perdidas en el pasado, la presión que viene con el éxito y el peso de las expectativas”.

Un nuevo escenario

Raducanu ha irrumpido ya también en la galaxia en la que se mueven millones en contratos publicitarios y de patrocinadores, que tienen un potencial filón más allá de lo deportivo. Porque es símbolo de esfuerzo y de elegancia, de multiculturalidad y mestizaje gracias a su padre rumano y su madre china. También de educación, en más de un sentido. Un reportero de la BBC que la entrevistaba hace unos días remarcaba que no es común que los jóvenes tenistas quieran hablar de Wall Street, pero el mundo de las finanzas en que trabajan sus padres interesa a una Raducanu que antes de su irrupción en Wimbledon llevaba más de un año estudiando para superar los exámenes y hacer Económicas.

Todo el mundo del tenis está rendido ante ella, con la esperanza y en casos como el de Tim Henman la certeza que no será cometa sino estrella. Y en ningún lugar va a ser mayor la pasión que en Reino Unido, que tiene en su nuevo número uno nacional (y ahora 23 de la WTA) a la primera mujer inglesa que gana un grande desde que Virginia Wade conquistó su tercero en 1977 en Wimbledon y el icono que buscaba ansiosamente para dar relevo a Andy Murray.

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Ella el sábado por la noche no quería pensar en nada de eso. Quería dedicarse solo a “disfrutar el momento, absorberlo todo, desconectar de cualquier pensamiento futuro, planes o calendarios” y entregarse al nirvana. “Amo la vida”, decía extultante.

Su triunfo en las pistas, además, le daba otra victoria. Una joven que ha hablado de la cultura de esfuerzo y trabajo duro que le ha instilado en particular su madre dejaba entrever también la exigencia de su padre. Contaba orgullosa que su progenitor le había dicho ya: “eres mejor de lo que pensaba”. Y con una de esas sonrisas suyas que desarman, resplandeciente en un corto vestido negro y con su trofeo ya en las manos, explicaba en la sala de prensa: “Mi padre es definitivamente muy duro de complacer. Hoy lo he conseguido”.