Entrada en vigor

Comercios a 27 grados: Madrid se adapta, Barcelona se asa

Zowy Voeten

  • Tiendas, librerías y cafeterías de la capital española acatan la normativa de ahorro energético, a pesar del rechazo de la presidenta autonómica

  • En Barcelona, algunos establecimientos burlan las medidas, mientras los clientes de los locales se asfixian: "Así no se puede vivir"

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Olga Pereda
Olga Pereda

Periodista

Especialista en educación y crianza.

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Termómetro en mano, y salvo contadas excepciones, la nueva normativa sobre ahorro energético se cumple. También en Madrid, a pesar del rechazo de la presidenta autonómica, Isabel Díaz Ayuso (PP). Comercios, librerías, cafeterías y hoteles respetan el nuevo margen legal del aire acondicionado: 27 grados. Otra cosa está en cómo se lo toman los clientes y usuarios. Muchos se resignan, conscientes que el ahorro energético no sólo sirve para cumplir con el plan europeo tras la invasión de Ucrania, sino que también puede ayudar a mitigar el cambio climático. Otros, dadas las altas temperaturas en la calle, estallan. "Oigan, que se apañen en Alemania, así no se puede vivir", se lamenta un cliente de un restaurante de Barcelona.

El decreto ley del Gobierno, que ha entrado este miércoles en vigor, no es un cambio de era. Desde 2009, oficinas y comercios están obligados por ley a que su temperatura no baje de los 26 grados. Ahora, para cumplir el plan europeo de ahorro energético tras la invasión de Ucrania, el límite son 27 grados. Está permitida cierta flexibilidad, hasta los 25 grados, cuando la actividad laboral así lo requiera. La temperatura exterior en Madrid ronda los 32 o 33 grados, pero la sensación térmica es más sofocante. Hace años, entrar en un comercio era una tabla de salvación contra la canícula de la mano de los gélidos chorros de aire acondicionado. Había quien se llevaba una manga larga para el relente del cine o el restaurante. Eso es ya historia.

En el centro de Barcelona, la temperatura roza los 34 grados al mediodía y el bochorno provocado por la humedad ambiental es importante. El abanico ya es complemento imprescindible para este verano. Lo demuestra Nati, una vecina de L'Hospitalet que coge un tren en dirección el barrio de Sant Andreu. "Sin esto no sigo viva", explica señalando la tapa de un táper, que le sirve para darse aire. Llegar a la estación de plaza Catalunya es todo un suplicio. "Lo de apagar las luces, los escaparates, eso me parece muy bien. Pero aquí, dentro de las tiendas, es insoportable", explica Lourdes, vecina de Mollet del Vallès que ha viajado a la capital catalana para hacer compras. Abanico en mano, el sudor le gotea por la cara. Otra pareja, Fabián y Francia, se dirigen a la playa después de terminar su jornada de trabajo. "Yo me asfixio", suelta ella, que usa un aparato que le inyecta agua fría en la cara. En el andén, la temperatura del aire acondicionado no puede superar los 25 grados. Estamos a 34, según el termómetro con el que este diario va comprobando la temperatura .

Temperatura en el interior de un comercio del centro de Madrid.

/ José Luis Roca

A mediodía, el termómetro de una franquicia de ropa en el barrio de Salamanca (Madrid) marca 27,3 grados, una temperatura que no invita precisamente a probarse la ropa de otoño que ya luce en las estanterías. María está con sus padres de compras y, de momento, no tiene queja. “Se está a gusto. No hace el frío de otras ocasiones. Es verdad que la tienda es muy grande y hay poca gente. Si hubiera más quizá sí tendríamos un poco de calor”, comenta la joven. Además del circuito habitual, la tienda tiene varios aparatos en el suelo que ‘disparan’ aire frío. Su termostato marca 20 grados, pero ese frescor solo se nota si el cliente se pone a escasos centímetros del dispositivo. 

Probadores como neveras

En Barcelona, en cambio, la tienda Stradivaruis de Portal de l'Àngel cumple la normativa si uno se mantiene a ras de puerta. En el piso inferior, donde están los probadores, la temperatura es bastante inferior. "A ver, a 27 no estamos seguro", responde Mónica, una clienta que viene a cambiar ropa que compró por internet. El termómetro marca 21,5 grados. "Yo así estoy perfecta", agradece. "Es que en imposible cumplir con esta norma, en los probadores no se podría estar", sigue, agradecida. Fuentes del establecimiento dicen que mantienen la climatización a 25 grados, y aducen la baja temperatura de la planta inferior a un tema de estructura del edificio. "Aquí el aire acondicionado nos viene marcado por una central", cuentan los responsables de la tienda.

En la calle Serrano -la milla de oro, inundada de comercios de lujo- muchos establecimientos han empezado a hacer algo impensable hace dos años, cuando la pandemia azotó el planeta con dureza y aprendimos que la ventilación es fundamental para evitar contagios víricos: cerrar las puertas. Será obligatorio a finales de septiembre, pero algunas tiendas han empezado a hacerlo para ahorrar energía. Otras siguen teniendo de par en par sus puertas, de las que sale una corriente de aire frío, un pequeño oasis para los peatones -sobre todo turistas- que pasean bajo el sol.

En las habitaciones de los hoteles, cada uno puede regular su termostato. Pero en las zonas comunes, impera la ley de los 27 grados. “Es una decisión política tomada de un día para otro y todavía no hemos recibido un comunicado interno de la cadena hotelera, pero estamos al tanto de las noticias y hoy el aire de la recepción y la cafetería ya lo hemos puesto a 27”, admite la recepcionista del AC Recoletos. La temperatura no es una ciencia exacta y un termómetro portátil muestra, incluso, 28 grados. En el hotel Catalonia prefieren no hacer declaraciones, pero los turistas no hacen ascos a la subida del aire acondicionado. Están a 27,5 y la brisa que pasa de puerta a puerta ayuda a sentirse más confortable.

A pocos metros de la puerta de Alcalá, una cafetería marca 26,9 grados. Hasta ahora, la puerta siempre estaba abierta. Ahora permanece cerrada. “Se nota el aire acondicionado, se está mejor que en la calle. Pero no tienes la sensación de frío de otros años. Yo me encuentro más a gusto así”, admite Mónica, clienta habitual. También hay comercios donde se refrescan con ventiladores. La ferretería Villalar tiene dos en el techo y una máquina que expulsa a la calle el aire caliente. La temperatura en el interior es de 29 grados, pero ningún cliente se queja. “Los ventiladores hacen su efecto. No se está mal, la verdad. Y eso que nosotros pasamos aquí todo el día”, admite el dependiente.

Ventilador en el techo de una ferretería en el centro de Madrid.

/ José Luis Roca

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Los locales del Ayuntamiento de Barcelona también cumplen a rajatabla la normativa. Al menos, en la puerta. El edificio de la Gerencia de Seguridad del consistorio de la capital catalana marca 27 grados, y también lo hace la Oficina de Atención Ciudadana. "El problema son las colas". Una decena de personas aguadan en la calle, a 32 grados en la sombra, más de cinco horas para intentar conseguir cita para empadronarse. En la misma plaza de Sant Miquel, los clientes de un restaurante ya no pueden más. "Que se vayan a la mierda, tengo un calor que no puedo más, siempre acabamos puteados los mismos", se queja Carlos, aragonés de visita turística en Barcelona. "Así no se puede vivir, y cuando se llene el local... ya verás", agrega Yolanda, su mujer, abanico en mano. El local marca 26 grados. Y subiendo.

En la calle de Goya de Madrid se encuentra el único establecimiento donde el termómetro marca 26,1. Y es, precisamente, un edificio público: una sección de la Audiencia Nacional. Mientras, el local con la temperatura más elevada está especializado en horchata. La pantalla marca 31, pero el delicioso jugo de la chufa -ligeramente helado- lo compensa todo. "Si te pones a medir aquí fuera claro que damos 26, pero si vas dentro seguro que no", afirma, por su parte, un famoso horchatero, heladero y turronero del barcelonés Portal de l'Àngel, preocupado porque no sabe cómo podrá pagar la puerta que le tocará instalar en su local. "En Barcelona no hay tanto cristalero para que en octubre cumplamos todos la normativa". A algunos, se les gira trabajo.