28 oct 2020

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UNA DE LAS CARAS DE UNA CRISIS GLOBAL

El viacrucis de la educación 'online'

Teletrabajar, cuando no trabajar fuera, mientras hacen de profesores en casa, el nuevo reto de las familias

Los padres sufren pensando en un verano con los 'casals' en el aire y un septiembre aún sin colegios

Helena López Olga Pereda

Jordi, de siete años, sigue con sus clases de oboé ’online’.

Jordi, de siete años, sigue con sus clases de oboé ’online’. / JOSÉ LUIS ROCA

A la suma de colegios cerrados mínimo durante seis meses, la imposibilidad por una cuestión de vida o muerte de dejar a las criaturas con los abuelos y los malabarismos para, con suerte, teletrabajar -cuando no trabajar fuera o haber perdido el trabajo- se le ha sumado tras las raras vacaciones de Semana Santa la educación 'online', que cada familia lleva como buenamente puede. Más allá de la evidente brecha que esta abre en función del capital cultural (y del otro) de cada casa, y del peso que nuevamente vuelve a caer con mayoritariamente sobre las mujeres, seis familias explican cómo sobreviven al día a día. 

Oriol Cabezuelo es profesor de secundaria y padre de tres niños de dos, siete y nueve años, los dos últimos alumnos de la escuela pública El Sagrer, en el distrito de Sant Andreu, en Barcelona. Tanto él como su mujer, enfermera en Hospital Germans Trias i Pujol, donde trabaja en ensayos clínicos, han pasado el Covid-19, con las dificultades que conlleva llevar una casa con tres niños pequeños sin ayuda estando enfermos. "Nos turnábamos para descansar", explica este padre, quien habla muy bien de la reacción de la escuela de sus hijos. "Varias familias se quejaron de que no mandaran tareas, familias con hijos únicos, sobretodo -puntualiza- y empezaron a enviar algunas propuestas, pero se han centrado más en la parte emocional", relata. 

Xènia, de 9 años, la hija mayor de Oriol. / JOSÉ LUIS ROCA

"Nuestro colegio se ha reinventado muy bien. No es un colegio por proyectos, pero ha sabido reconvertirse por las circunstancias y nos mandan una tarea semana que abarca todas las materias. Por ejemplo, una semana hicieron la Barcelona romana", apunta Oriol, quien agradece como la maestra de su hijo, a punto de jubilarse, cómo ha hecho un curso acelerado en videoconferencias o como el maestro de su hijo graba un vídeo para felicitar los cumpleaños de todos los niños de la clase. 

El problema es que son muy pequeños para ser autónomos y los "papa, hazme un vídeo, papa hazme una foto para para enviárselo a la maestra...", son constantes, prosigue. El trabajo de su madre hace que pase prácticamente todo el día fuera. 

Algunas críticas se centran en la tardía reacción de las escuelas, tanto públicas como concertadassto del texto destacado

Oriol, además, es uno de los responsables informáticos del colegio donde trabaja, estrés añadido al teletrabajo. "En nuestro caso he recuperado un ordenador viejo que tenía guardado de más de 10 años para que los niños puedan trabajar", concluye consciente de que hay muchas familias sin esos recursos a las que todavía se les hace más difícil la situación.

El pequeño Marcel, de nueve años, en la pantalla de su ordenador. / FERRAN NADEU

Mayca Guerrero: "El futuro inmediato da vértigo" 

Con Unai, que ya tiene 14 años, no hay que estar encima. Como buen adolescente, él se encierra en su cueva. Tiene una impresora en tres dimensiones y se pasa muchas horas diseñando. A Mayca y su mujer no les preocupa porque va bien en el instituto. Eso sí, sabe que en casa se cena en familia a las ocho y media, y a partir de entonces se acaban las pantallitas. "Nos ponemos los cuatro en la sala y cada día uno escoge una película", explica Mayca, quien admite que el confinamiento y la educación 'online' es más difícil con su hijo pequeño, Marcel, de 9 años, un chaval al que le gusta hacer deporte, ir al parque, jugar con la pelota… "Una vez a la semana tiene una conexión con muchos de sus compañeros y su profesor. Pero no es tanto una clase sino una conversación para ver cómo están todos. El resto del tiempo, los maestros envían por email algunos deberes. Son tareas sencillas porque en el cole, que es público, se trabaja por proyectos y su filosofía escolar es diferente".

Las familias valoran principalmente la parte afectiva, la que más echan de menos en caso de no recibirla

Como a todos los padres, a Mayca y a su marido les preocupa mucho que el nuevo curso escolar (2020-21) comience en septiembre de manera 'online'. "Si sanitariamente es lo mejor pues tendremos que acatarlo. pero los padres que no puedan teletrabajar, fotógrafos, taxistas, médicos, peluqueros, enfermeros… ¿qué van a hacer? ¿qué vamos a hacer? Pensar en el futuro inmediato da vértigo. Lo prioritario es la salud colectiva, así que nos adaptaremos a la nueva realidad. Eso sí, las administraciones deberían invertir recursos públicos en centros infantiles, ya sea en forma de extraescolares o talleres, que sean una alternativa a la escuelas cerradas", zanja.

David Rojo: "¿Cuándo acabe el teletrabajo, qué?"

David, que trabaja en la función pública, y su mujer, Eva, empleada en una pequeña empresa, admiten que la educación 'online funciona' gracias al esfuerzo de los profesores pero también, y mucho, el de los padres. "El colegio al que van nuestros hijos tardó un poco en reaccionar. Poco a poco fue elaborando un plan para la enseñanza virtual. Ahora, Jan y Pau tienen clases 'online' con todos sus profesores y una vez por semana con el tutor", señala el padre, quien reconoce que es su mujer la que está más pendiente de este asunto. "Por supuesto que tenemos que estar encima de ellos porque si un maestro pone una clase a las nueve ellos ni se levantarían", explica David, que admite ser una familia privilegiada ya que cada uno de los chavales tiene un portátil para hacer las dos o tres aulas virtuales que tienen al día.

Pau, a través de la pantalla, su ventana al mundo estas semanas. / ferran nadeu

"Estoy muy preocupada por la posibilidad de que el colegio empiece en septiembre de manera virtual. ¿Qué vamos a hacer los padres? Nosotros ahora mismo estamos teletrabajando pero llegará un momento en el que tengamos que volver a nuestros puestos. Si para entonces los centros educativos no han abierto sus puertas físicas ¿qué haremos? Mis hijos tienen 13 años y no pienso dejarles solos en casa durante tantas horas. Sería una irresponsabilidad", se desahoga Eva. A Jan y a Pau, como a la mayoría de los niños les cuesta mucho tomarse en serio estas nuevas responsabilidades. "La verdad es que yo preferiría ir al cole. Y no en septiembre, sino ya mismo, en mayo. Echo mucho de menos a mis amigos. De todas maneras, y aunque mis padres se quejen, estoy aprobándolo todo", explica con cierto orgullo Jan.

Julia Cuerdo: «Voy de taquicardia en taquicardia» 

Julia le ha salido un mechón blanco en el pelo. "Me levanto cada mañana, me tomo un café y a partir de ahí ya sé que todo es una carrera de obstáculos. Voy de taquicardia en taquicardia". Julia es periodista y está casada con otro periodista. Ambos residen en Málaga junto a sus dos hijas, Martina, de 10 años, y Valentina, un terremoto de 7 años. Ambas están matriculadas en un colegio público, cuyos profesores mandan deberes a través de una plataforma. También de gimnasia. Hay que hacer una tabla, grabar a la niña y enviarlo al profesor. Martina tiene además las lecciones de piano de la academia de música por Skype.  

"Los colegios, como todos, están haciendo lo que pueden. Pero para nosotros es muy estresante estar encima de las niñas", confiesa. Julia y su marido, como Eva y David, se saben "afortunados". Viven en una casa en la que hay espacio suficiente para los cuatro, dos ordenadores y dos tabletas. "Si no fuera así ¿cómo lo haríamos? No tengo ni idea. Supongo que no podríamos llevar el ritmo académico. Hay familias del cole que no tienen esos dispositivos y lo están pasando mal. No creo que esto sirva para evaluar a ningún alumno, no sería justo", apunta.

La pequeña Valentina, asomada a la pantalla. / JOSÉ LUIS ROCA

Cuando a Julia no le queda más remedio que salir a la calle para hacer algún reportaje y su marido tiene videconferencia importante de trabajo, la solución es llamar a su hermana por Facetime y tener así a Valentina vigilada para que haga los deberes con ella y la ayude. "Combinar el teletrabajo con el confinamiento y la educación 'online' me está costando horrores. Y encima con la posibilidad de que septiembre empiece el cole de la misma manera. Prefiero no pensarlo porque me da pánico", concluye.

François Sala: "Hacemos turnos hasta para comer" 

"Tengo muchas ganas de recuperar mi espacio y mi rutina. Me he tenido que reorganizar y readapto mis horarios a las necesidades familiares, lo que tampoco ha sido difícil porque soy autónomo y me ha bajado mucho el trabajo», resume François Sala, padre una niña de 11 años que cursa sexto de primaria en una escuela concertada en Barcelona. "Tengo la sensación de que estoy haciendo de profesor, sobre todo en las primera semanas, cuando Ona, mi hija, no tenía aún contacto virtual con la escuela. Desde que tiene esa relación la disciplina se la autoimpone ella", señala este padre, a quien su hija consulta cuando surge cualquier duda académica. Además, su entorno laboral también ha cambiado, ya que como su mujer ahora teletrabaja y se ha quedado sin la habitación que siempre ha ocupado y ha quedado relegado al comedor.
Rosa Mari Cases, la madre, tiene también muchísimas ganas de volver a la normalidad y recuperar su privacidad, "tanto individual como de pareja".  

"Si los dos trabajáramos en el mismo horario podría llegar a ser bastante desquiciante"

Rosa Mari Cases

Periodista y madre de una niña de 11 años

"Realmente creo que si los dos trabajáramos en el mismo horario podría llegar a ser bastante desquiciante, porque ahora hacemos turnos incluso para comer", cuenta esta madre. Desde el principio establecieron seguir el horario escolar, aunque los primeros días, como destacan tantas familias, estuvieron un poco perdidos por la falta de acompañamiento de la escuela. Desde que esta se puso las pilas resulta más cómodo, ya que además de encargar tareas hay dos contactos grupales a la semana con la profesora y los compañeros de clase.

Ona, de 11 años, hija de Rosa Mari y François. / FERRAN NADEU

Sandra Audi: «Nos sentimos abandonados por el colegio» 

Sandra Audi y Jordi Mestres son una pareja de médicos haciendo frente a una pandemia sin precedentes y padres de una niña de nueve años quien, como el resto de niños del país, pasará mínimo, seis meses sin poder ir al colegio. Ambos trabajan en la atención primaria. Ella en Barcelona, él en Sant Feliu de Llobregat. Se han cruzado los horarios: uno hace el turno de mañana y el otro el de tarde. "El problema más serio lo tenemos en la franja del mediodía, pero en mi CAP hemos podido hacer teletrabajo entre dos y tres días por semana y compartimos crianza con otra familia, un día cuidamos nosotros de sus dos hijos y undía cuidan ellos de la nuestra, y así vamos haciendo", explica Sandra quien no esconde que está muy decepcionada con la reacción de la escuela de su hija, una escuela pública en el barrio del Poblenou, en el que viven.

"Las primeras semanas estuvo totalmente desaparecida. Escribí un correo explicando nuestra situación, que éramos dos personas muy estresadas que necesitábamos ayuda, y la única respuesta que obtuvimos fue que la comunidad educativa estaba pasando un muy mal momento", narra esta madre. "Solo buscábamos que nuestra hija tuviera más referentes, a parte de sus padres, que no paraban de trabajar. Mantener una cierta normalidad, que viera que había más adultos pendientes de ella", prosigue. La pareja se cruzó los turnos para estar físicamente en casa, pero el trabajo (y el estrés) continuaban en casa.

"Yo llamo a mis pacientes fuera de mi horario, porque me preocupa cómo están. Me dolió que desde el colegio no hicieran lo mismo con mi hija"

Sandra Audi

Médica de familia y madre de una niña de 9 años

"Yo llamo a mis pacientes desde casa, fuera de mi horario, porque me preocupa cómo están. Me dolió que desde el colegio no hicieran lo mismo con mi hija", prosigue Sandra, quien asegura que ya ha hecho el duelo con la escuela. Al inicio del tercer trimestre, el centro reapareció en sus vidas pero ellos, tanto los padres como la niña, ya habían desconectado. "Fue duro porque a nosotros nos encantaba la escuela. Nuestra situación quizá es especial porque nosotros no hemos estado confinados. Hemos trabajado siempre y para nosotros la reacción de la escuela después de Semana Santa ya llegó tarde. Nosotros nos tuvimos que reinventar en 24 horas", prosigue.

Júlia, hija de Sandra y Jordi, desde su casa en el barrio del Poblenou. / ferran nadeu

A ojos de Sandra, esa desaparición de la escuela la ha desvalorizado. "Un profesor es un referente, con un correo a la semana no se mantiene el vínculo con un niño", continúa. Desde que el colegio reapareció, Sandra le imprime las tareas y se las ofrece voluntariamente a su hija, quien decide si hacerlas o no. La situación de la clase de su hija es excepcional, también, ya que tienen dos tutoras a media jornada y sustitutas, con lo que con el cierre de los colegios en marzo se les rescindió el contrato y no volvieron a tener tutora hasta después de Semana Santa. "Aquí hay que señalar al Departament, también", precisa el padre.

El miedo de la pareja es qué pasará este verano. "En los CAP ahora nos viene lo gordo. Ahora nos vendrá todo. Además de los casos de Covid-19 está todo el resto de patologías crónicas que debemos atender", exponen. En principio los 'casals'  están abriendo matrículas, pero nadie sabe si podrán llevarse a cabo o no y en qué condiciones... "Lo que nos está enseñando esta crisis es la necesidad de hacer red. De compartir más con la gente que tenemos cerca. La única salida que le veo a los tiempos de incertidumbres que vienen son las redes colaborativas", afirma.