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BIODIVERSIDAD

El cangrejo rojo, el invasor que revivió a un pueblo

El 70% de la población de Isla Mayor, en Sevilla, vive del crustáceo, que genera 20 millones de euros anuales

El reciente cambio en la ley de biodiversidad permitió ordenar una pesca considerada furtiva

Julia Camacho

Agentes rurales extraen ejemplares de cangrejo de una balsa, en Sant Jaume dels Domenys, en Tarragona.

Agentes rurales extraen ejemplares de cangrejo de una balsa, en Sant Jaume dels Domenys, en Tarragona. / EL PERIÓDICO

En el ambiente húmedo y sofocante de la Marisma del Gualdaquivir, con campos de arrozales hasta donde se pierde la vista, el cangrejo rojo se ha convertido en la otra seña de identidad junto al cereal. Un colono llegado por casualidad en los años 70 que acabó convertido en la tabla de salvación de la mayoría de los habitantes de Isla Mayor (Sevilla), generando una próspera industria alrededor y situando a España como tercer productor mundial tras China y Estados Unidos. Tras dos años de conflicto por estar prohibida la pesca o comercialización de especies invasoras, resuelto este mismo año con una amnistía vía modificación de la ley de biodiversidad, los pescadores miran ahora con precaución la llegada de un nuevo inquilino, el cangrejo azul, a la espera de comprobar si será competencia que desplace o deprede su modo de vida o un nuevo recurso que comercializar.

El cultivo de arroz ha aupado la comarca al primer puesto de la producción nacional. Pero la economía de buena parte de los 6.000 habitantes de Isla Mayor pasa por la pesca del cangrejo rojo americano. El 'Procambarus clarkii' llegó importado de Luisiana hace 50 años gracias a un avispado empresario que quiso mantener el mercado del cangrejo de río, muy demandado por la calidad de su carne. Se juntaron el hambre con las ganas de comer, pues a su pesca se aferraron los cientos de colonos que, procedentes de Valencia y llegados al inicio de la guerra civil por iniciativa de Franco para crear un almacén de grano en la zona nacional (el Levante estaba bajo control republicano), se quedaron descolgados con la llegada de la mecanización al cultivo del arroz.

Todo el pueblo se lanzó a la pesca furtiva del cangrejo rojo, que en esos primeros momentos alcanzaba precios astronómicos. La industria se fue asentando y hoy cinco factorías controlan el sector y facturan 20 millones de euros al año gracias a una producción de entre 3.000 y 4.000 toneladas de cangrejo, según los datos de Pebagua, la asociación de productores locales. Su fortaleza es la exportación, ya que en Europa y Estados Unidos se vende el 85% de las capturas. “El sector se ha consolidado en el panorama mundial”, explica Valentín Murillo, portavoz de Pebagua, “somos el primer productor europeo y el tercero del mundo solo por detrás de China y Estados Unidos y el segundo país exportador a nivel mundial”.

El cangrejo rojo genera 180.000 jornales al año entre mano de obra directa e indirecta. Quien no pesca, remienda nasas (las redes), transporta o se emplea en los viveros. Tres de cada cuatro casas del pueblo dependen de la especie invasora, aunque el alcalde, Juan Molero (PSOE) reconoce que se trata de una “economía para las clases más humildes”. Los sindicatos denuncian la precariedad laboral y los bajos precios que reciben los cerca de 500 pescadores, metidos en barro hasta la cintura y soportando calor, frío y a los mosquitos para cobrar menos de un euro por kilo (los días buenos logran unos 300 kilos), o las mujeres de Isla Mayor y su entorno que sustentan las empresas de transformación y elaboración del cangrejo. Pero la temporada solo dura cuatro meses, lo que obliga a buscarse la vida el resto del año en otros lugares. Por ejemplo, en el cultivo de los frutos rojos en Huelva.

Con el negocio ya floreciente, en 2016 llegó el gran varapalo. El Tribunal Supremo dió la razón a los ecologistas, que denunciaban la desprotección de las especies autóctonas, y prohibió la extracción, tenencia, transporte y comercialización en vivo de especies invasoras y exóticas, entre ellas el cangrejo rojo americano, eliminado la excepcionalidad que permitía comercializarlo. La Junta de Andalucía tuvo que tomar cartas en el asunto para salvar la industria y a las familias, eludiendo la prohibición con un plan de control poblacional que evitara daños en los arrozales con su expansión. Así, se permitió solo la extracción profesional destinada a la industria alimentaria “como consecuencia de su importancia socioeconómica”. Los pescadores dejaron de ser furtivos y pasaban a ser “controladores”, se regularizó el sector y se pudo salvar la campaña. Este verano, la salvación definitiva vino de una modificación de la Ley de Biodiversidad limitando la prohibición a las especies invasoras asentadas después de 2007.

Algunos biólogos señalan que el cangrejo rojo forma ya parte del ecosistema, aunque otros, como Miguel Clavero, del CSIC, reconocen su impacto en la zona, apuntando que hay un paisaje de la Marisma antes y después de la llegada de esta especie, base alimenticia de numerosas aves que acuden desde la cercana Doñana a darse el festín. “No hace falta ir al parque para ver los flamencos o las garzas”, presume el alcalde. El cambio se aprecia también en la disminución de anfibios y reptiles, e incluso provoca choques con los arroceros dado que al excavar en los canales o acequias para hibernar provoca daños en las infraestructuras del arrozal. La Junta estima que se capturaron 117 millones de ejemplares solo en 2017, aunque Clavero ponen en duda la eficacia de esta actuación en el control de la población del cangrejo.

Recelo ante la llegada del cangrejo azul

El verano ha traído un suvenir exótico a Isla Mayor, el cangrejo azul o 'Callinectes sapidus'. Aún no son cantidades desorbitadas, pero frente a los 3 o 4 ejemplares capturados el pasado año, ahora cada pescador ha recogido unos 40 ejemplares del tamaño de un centollo. Oriundo de la costa atlántica americana, se reproduce mediante larvas, por lo que Miguel Clavero, biólogo del CSIC, cree que ha podido llegar a Europa bien en las aguas de lastre de los barcos o por las corrientes marinas. Su hábitat son los ambientes salinos, de ahí que prolifere en los estuarios, pero ya ha aparecido en algunas acequias, cargándose las redes de los pescadores y generando temor a su expansión.

Más allá de disfrutarlo en comidas familiares, el sector mira al recién llegado con recelo, “para ver qué puede pasar”, explica el alcalde Juan Molero, quien apunta el impacto económico. Al comercializarse crudo y sin transformar, dejaría fuera de juego y sin posibilidad de reconversión a la industria dedicada al cangrejo rojo. Y al ser omnívoro, también dañaría a la pesca de langostinos y gambas en la desembocadura del Guadalquivir.

Los científicos señalan también el impacto ambiental de que el cangrejo azul, de mayores dimensiones, invada la zona y desplace al americano. Por ejemplo, la marcha de las numerosas aves que pueblan los arrozales de Isla Mayor y que se alimentan del cangrejo rojo, fácil de ingerir de una sola vez por su tamaño. “Lo deseable es intentar evitar la invasión, pero para eso es necesario conocer en qué momento estamos, hacer un diagnóstico”, apunta Clavero, “porque según un momento u otro de la invasión va a ser más difícil su erradicación”.