Nuevo ciclo electoral

El 'resurgir' del PSC en Catalunya en cinco años

El liderazgo de Illa, la desinflamación del 'procés' y la consolidación de Sánchez en la Moncloa explican la remontada de un partido que tocó fondo en las elecciones de 2015

El líder del PSC, Salvador Illa, durante una intervención en el Parlament

El líder del PSC, Salvador Illa, durante una intervención en el Parlament / FERRAN NADEU

Sara González

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Era finales del 2015 cuando, habiendo encajado los peores resultados electorales y atenazado por el intento de "asalto a los cielos" de los 'comuns' por un lado y de Ciutadans por el otro, Miquel Iceta, repetía en tono casi profético que el PSC "muchas veces se ha encontrado su esquela publicada en los periódicos" pero que, en cambio, hay partidos que "habrán desaparecido mucho antes". Hacía poco más de un año que, tras la traumática dimisión de Pere Navarro, había heredado una formación abierta en canal, debilitada como nunca en las urnas y aún convaleciente por la diáspora del sector soberanista. Tras el 1-O y el momento álgido del 'procés', el retrato de la victoria de Ciutadans y los socialistas en cuarta posición y solo un diputado más (17) después de haber tocado fondo, poco hacía pensar que Iceta acabaría teniendo razón hasta el punto de volver a ganas unas elecciones. Eso sí, ya sin él al frente del partido.

Cinco años después, los socialistas catalanes bajo el mando de Salvador Illa tienen 33 diputados y todas las encuestas a favor para seguir creciendo. Con el exministro como candidato, ganaron los comicios del 14 de febrero del año pasado, pero sin suficiente ventaja ni aritmética posible como para impedir que Pere Aragonès fuera presidente en nombre de una ERC que se ha musculado, en parte, a costa de la diáspora socialista. Por contra, el partido de Inés Arrimadas, que surgió precisamente de la primera escisión que sufrieron los socialistas en el año 2006, está al borde de la extinción y los 'comuns' se han estabilizado con una representación que no supone una amenaza. Ciertamente, se pronosticaron epitafios equivocados.

El cambio de liderazgo en el partido, la consolidación de Pedro Sánchez en la Moncloa y la desinflamación del conflicto entre Catalunya y el Estado explican el 'resurgir' de un PSC que ahora se fija como principal reto arrebatar la Generalitat a los independentistas.

El "efecto Illa"

El precipitado cambio de candidato del PSC urdido desde la Moncloa a finales de 2020 partía del diagnóstico que, con Iceta, el partido había logrado estabilizarse, pero que se había quedado estancado. Empequeñecido pero más homogéneo y estabilizado, los socialistas catalanes veían como las encuestas frustraban sus expectativas de crecimiento. Pero Sánchez supo ver en su ministro de Sanidad, catapultado por una inesperada pandemia, la oportunidad para sacudir el tablero catalán. La lectura era que hacía falta alguien capaz de romper los dos grandes bloques enquistados en Catalunya. Y forzó el truque: Illa, candidato; Iceta, ministro. La jugada tuvo premio y los socialistas catalanes ganaron las elecciones, pero no con suficiente ventaja como para cortocircuitar la mayoría independentista.

Desinflamación del 'procés'

Si en el 2017 la polarización benefició en las urnas a los partidos que más abanderaron la confrontación -Ciutadans en el bloque unionista y Junts en el independentista-, en las últimas elecciones fueron las dos formaciones que defienden la vía dialogada, el PSC y ERC, las que obtuvieron más apoyo. La lectura de los socialistas es que, tras la convulsión que supuso el 155 y las consecuencias judiciales para los líderes del 'procés', el retorno a la interlocución entre la Moncloa y la Generalitat, también por necesidad mutua de Sánchez y Aragonès frente a sus rivales, aplaca el conflicto. De hecho, el PSOE saca pecho de que, con los indultos primero y ahora con la derogación de la sedición, el independentismo no solo ha acabado dividido con el momento álgido de la salida de Junts del Govern, sino que ha visto menguadas sus expectativas electorales.

Pactos para romper bloques

Illa ya era un dirigente conocido por los independentistas cuando asumió la cartera ministro. Estuvo en la cocina del pacto con Junts en la Diputació de Barcelona. También en el equipo negociador que selló con ERC el apoyo a la investidura de Pedro Sánchez a cambio de la creación de la mesa de diálogo. Y, de hecho, es quien cerró con el partido de Ada Colau la entente para gobernar la capital catalana dejando a los republicanos fuera de la ecuación. Esto demuestra cómo se trata de una figura que genera menos hostilidades en los partidos soberanistas que Iceta, a quien ERC y Junts frustraron su aspiración de presidir el Senado. Valiéndose de su historial de acuerdos, Illa se ha rodeado de dirigentes con buena relación con el resto de grupos, como la portavoz en el Parlament, Alícia Romero, para consolidar su estrategia de mano tendida para romper los bloques y hacer palanca entre las divisiones independentistas participando de algunos consensos clave en el Parlament. En estos momentos, el Govern de Aragonès ha<strong> levantado el veto</strong> para negociar los presupuestos con el PSC.

Cohesión interna y recuperación de terreno

Cuando Iceta tomó las riendas del PSC, su primer objetivo fue sacar al partido "de la UCI". Fueron tres años de deserciones y de tocar fondo en cada elección hasta el punto de verse obligado económicamente a cambiar la mítica y enorme sede de la calle Nicaragua por la de Pallars. Su apuesta estratégica fue desterrar del todo la defensa del derecho a decidir, no dar pie a ningún flirteo en ese terreno para recuperar la sintonía con el PSOE y la bolsa de votantes moderados que se había ido hacia Ciutadans. Es decir, <strong>cerrar la puerta al referéndum</strong> y, después, a la amnistía y, al mismo tiempo, levantar la bandera del "diálogo, la negociación y el pacto" con los independentistas. Esta senda le ha permitido rehacer parte de la musculatura perdida, un resultado que ha ido de la mano de una mayor cohesión interna. Pero así como el área metropolitana vuelve a ser, como tradicionalmente, su gran vivero de votos, tiene pendiente aún el reto de homogeneizar su presencia más allá del cinturón rojo, donde aún tiene agujeros negros como el interior de Girona o Les Garrigues.

Sánchez en la Moncloa

Que Sánchez se haya consolidado en la Moncloa ha sido también un revulsivo crucial para que el PSC haya recuperado posiciones en el tablero catalán. Fue precisamente Iceta quien, tras la traumática defenestración de Sánchez por parte de los partidarios de <strong>Susana Díaz</strong> en el año 2016, ligó el futuro de los socialistas catalanes al regreso del secretario general. No fue una decisión que saliera gratis ni que fuera indolora, porque hasta que eso sucedió Iceta tuvo que lidiar con un PSOE que, desde la gestora que pilotó la transición, intervino para erosionar la capacidad de maniobra y de influencia del PSC. Con la resistencia de Sánchez acabó cristalizando una alianza con Ferraz que no se ha visto alterada ni tan solo cuando el Gobierno prioriza acuerdos con ERC para garantizar su estabilidad e Illa acepta perder margen de maniobra en su estrategia por ser la alternativa en Catalunya. El principal ejemplo: que no haya pedido ni elecciones ni moción de censura cuando Junts rompió con ERC a sabiendas que el voto de los republicanos es clave para los presupuestos generales y para que Sánchez siga siendo presidente.