Cambio de etapa en el Gobierno

Sánchez cambia el corazón del poder

  • El presidente acomete una remodelación que afecta a su mismo núcleo duro al relevar a tres pesos pesados: Calvo, Ábalos y Redondo

  • Premia a un hombre de su entera confianza y minucioso orfebre jurídico, Félix Bolaños, y recupera a un dirigente pata negra, Óscar López

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la hasta ahora vicepresidenta primera, Carmen Calvo, el pasado 10 de julio en el Congreso. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la hasta ahora vicepresidenta primera, Carmen Calvo, el pasado 10 de julio en el Congreso.  / EUROPA PRESS / EDUARDO PARRA

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Juanma Romero
Juanma Romero

Periodista

Especialista en información de Gobierno y PSOE.

Escribe desde Madrid

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Cuando en las últimas semanas se hablaba de una remodelación "amplia" y profunda del Gobierno, apenas podía esperarse un terremoto como el que provocó Pedro Sánchez en este sábado de julio. Numéricamente, puede parecer poco -siete incorporaciones, siete salidas y dos cambios de funciones-, pero el calado político es hondísimo. Sobre todo porque el presidente decidió desmadejar la estructura de poder y de confianza que había tejido desde que llegó a la Moncloa en junio de 2018. Entera. Cierto es que Carmen Calvo, la vicepresidenta primera, parecía más vulnerable que antaño, que su continuidad no se atisbaba garantizada. Así era: cayó. Pero el tsunami del cambio alcanzó a otro peso pesado, José Luis Ábalos, y al que era motejado como el 'quinto vicepresidente', como el cancerbero en la sombra, como el hombre más influyente para el líder socialista, su director de Gabinete, Iván Redondo. Sí, lo era, tenía muchísimo peso, pero también era considerado una presencia tóxica para el PSOE. Todo lo contrario que Félix Bolaños, el hombre discreto y fiel, el arquitecto jurídico de la Moncloa, el dirigente que vestía siempre la camiseta de su partido y que era muy apreciado en Ferraz.

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La caída de Redondo, a quien algunas crónicas le atribuían un poder casi taumatúrgico, prueba lo que los periodistas con años de experiencia en la cobertura de Gobierno y PSOE sabían: que quien manda es Sánchez. Y solo él. El jefe del Ejecutivo, tras ser derribado por los patricios de su partido en el luctuoso comité federal del 1 de octubre de 2016, resucitó en las primarias de 2017 en las que se acompañó, precisamente, de José Luis Ábalos, Adriana Lastra y Carmen Calvo. El otoño del 'procés' ciñó su traje de hombre de Estado y la moción de censura contra Mariano Rajoy, que presentó sin garantías de éxito en un movimiento osado al que le animó su equipo -y también, justo es decirlo, Redondo, en aquel momento un asesor externo-, sirvieron para afianzarle. Desde entonces, Sánchez ha ido atesorando más y más poder. Todo gira en torno a él. No era un títere de su director de Gabinete, como de hecho ya advertían los suyos, los que lo conocen bien, y esta crisis de gobierno, decidida muy en solitario aunque rumiada desde hace semanas, lo demuestra.

La reestructuración ha probado que quien manda, ahora y antes, es el presidente, pese al atribuido poder a su director de Gabinete

Sánchez montó el 'core' del Gobierno viejo nada más ganar la moción de censura. Reclutó a Calvo como su vicepresidenta y, con Redondo y Bolaños, montó su primer Gabinete. El sábado 2 de junio de 2018, el día en que prometió su cargo ante el Rey, reunió en su casa a Ábalos a Lastra y decidió llevarse al primero al partido y situar a su número dos como portavoz en el Congreso, otro puesto clave en un momento de mayor fragilidad parlamentaria. La número dos en el Gobierno actuó como su escudera. La mujer encargada de la coordinación del Ejecutivo -aunque a veces se le ha culpado de no controlar el Gabinete y de crear disfunciones, sobre todo tras la entrada de Unidas Podemos-, de abrir brecha con los mensajes, de dar empaque jurídico a las medidas en su calidad de presidenta de la Comisión General de Secretarios de Estado y Subsecretarios, el filtro previo al Consejo de Ministros. Era un puntal para Sánchez, su asidero de seguridad.

Calvo, "contenta y tranquila"

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Declaración de Pedro Sánchez tras su crisis de gobierno (10/07/2021)

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Calvo salió dañada de sus lances con los morados y su última batalla, perdida, fue la de la ley trans. Peleó hasta la extenuación para que la nueva norma no reconociera la autodeterminación de género. Al final, la expresión no aparece en el anteproyecto, pero el concepto sí está, aunque más blindado. Sí coordinó los expedientes de indulto, precisamente con Bolaños y el caído ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Y tenía ya listo el proyecto de ley de memoria democrática, que iba a salir este martes del horno para ser remitido a las Cortes. Fuentes próximas a Calvo subrayan que ella está "contenta", "tranquila", "agradecida y satisfecha por el trabajo realizado" después de "tres años muy difíciles". "Y sana, está sana, ni cansada ni enferma", precisan, frente a quienes aseguraban en los últimos meses que el covid-19, que padeció en la primera ola y que le obligó a estar hospitalizada y reponiéndose largo tiempo en casa, la había dejado muy tocada. "Ella supo que Pedro la iba a relevar y aún tiene una conversación pendiente con él", para conocer su nuevo destino, añaden. Podría ser la presidencia del PSOE o del Congreso. Lo primero puede saber a poco. Lo segundo, un puesto institucional de enorme relieve -tercera autoridad del Estado- pero que requeriría de una votación en la Cámara baja y la renuncia previa de la catalana Meritxell Batet.

Calvo ha sido la encargada de coordinar el Gabinete, la escudera de su jefe, que salió dañada tras la ley trans. Ahora tiene "una conversación pendiente" con Sánchez sobre su futuro

La hasta ahora vicepresidenta integraba el círculo íntimo de Sánchez, en el Gobierno y en el partido. Como Ábalos. Él era más que el ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana. Era el secretario de Organización del PSOE, una cartera poderosa y que da acceso a todas las terminales del partido. El político valenciano, curtido en mil batallas, ayudó a sosegar las filas socialistas después de la convulsión generada por su antecesor, César Luena, y la quiebra honda que generaron las primarias. Peón fiel a su jefe, dio la cara en los momentos más complicados antes y después de la llegada de Sánchez a la Moncloa, justo por su aplomo y seguridad. Como Calvo, era el escudo del líder y, en su caso, el apagafuegos dentro del PSOE. Pero desde su llegada a Fomento (luego Transportes), se notaba su menor dedicación al partido. El día a día recaía en quien era su mano derecha, el navarro Santos Cerdán.

Los colaboradores de Ábalos -tocado antes de la pandemia, por cierto, por el 'caso Delcygate' que quedó en nada judicialmente- indicaban este sábado que él había pedido su marcha. Una salida que es doble, ya que también cede las riendas del aparato socialista, aunque en su entorno señalan que esta cuestión "la decidirá esta semana". Se había especulado con que quizá no renovara como responsable de Organización en el 40º Congreso, pero no se contaba con que su final se adelantaría unos meses. Su caída ha causado sorpresa, lógica, dentro del PSOE.

Iván Redondo, hasta ahora director de Gabinete del presidente, el pasado 27 de mayo en la Comisión Mixta de Seguridad Nacional. 

/ EUROPA PRESS / EDUARDO PARRA

"Saber parar"

Redondo, considerado un hábil estratega, alguien que se veía a sí mismo como un asesor, un 'spin doctor' que estaba "dispuesto a tirarse por el barranco" por su cliente, el jefe del Ejecutivo, también pidió salir, según él mismo ha confesado. Afirma que quería haberse ido en 2019, pero es ahora cuando se materializa. "A veces en la política, en la empresa, como en la vida, además de saber ganar, saber perder, hay que hacer algo mucho más importante: saber parar", escribió en un mensaje de su puño y letra. En Ferraz y en el conjunto del partido no se creen esa versión y se celebra que Sánchez haya prescindido de un "mercenario", de su colaborador más influyente, que siempre se sintió como un cuerpo extraño. Ya estuvo en la picota en 2019, por defender la repetición electoral que luego se tornó en fiasco -la estrategia se centró en la captación del voto moderado y no funcionó-, aunque logró escapar de la diana en cuanto se forjó el Gobierno de coalición en apenas 48 horas, en una rápida operación en la que Sánchez delegó en Lastra pero en la que él contribuyó. Mantuvo una buena relación con Pablo Iglesias, consiguió poner a resguardo la imagen de su jefe durante la pandemia, aunque tropezó, según se percibió en el PSOE, cuando montó la 'cumbre de las banderas' que, a la postre, ayudó a encumbrar a Isabel Díaz Ayuso como castillo de oposición nacional.

Redondo, considerado como un hábil estratega, se anotó el tanto de las catalanas pero fracasó en la campaña de las madrileñas

El director de Gabinete se encargó posteriormente de la campaña de las catalanas en las que Sánchez sorprendió situando como candidato al titular de Sanidad, Salvador Illa. El exministro ganó los comicios en votos y empató en escaños con ERC. El éxito, sin embargo, se empañó con el siguiente tropiezo, la dirección de la campaña de las autonómicas madrileñas del 4-M. Los ojos del partido volvieron a girarse hacia él. El presidente salvó de la quema a su director de Gabinete. Redondo también participó de la estrategia, bien calculada, de despliegue de los indultos. Pero de nuevo se situó en el disparadero con el miniencuentro de Sánchez con Joe Biden en la cumbre de la OTAN.

De la maquinaria del poder que arrancó con el presidente en 2018 solo sale incólume Bolaños. Reforzado, de hecho. Hubo un tiempo en que de él y de Redondo se hablaba como 'Oliver y Benji', por su buena coordinación, por formar un tándem engrasado. Pero en los últimos meses la relación se enfrió. El director de Gabinete se apoyaba más en su dos, el sevillano Paco Salazar, mientras que el secretario general de la Presidencia, minucioso orfebre de la Moncloa, por cuyas manos pasaban todas las carpetas importantes, se aproximaba más a la cúpula del partido, y en concreto a la vicesecretaria general, Adriana Lastra, con quien mantiene una sólida relación desde hace mucho tiempo.

Félix Bolaños, nuevo ministro de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática.

/ POOL

De Franco a indultos

Bolaños siempre estaba ahí. Desde la preparación de los reales decretos de nombramiento del primer Ejecutivo hasta la redacción de los expedientes de indulto. Letrado del Banco de España, Sánchez valoraba de él su conocimiento técnico y de las estructuras del Estado, su "tenacidad y eficacia", como él mismo dijo este sábado. Su discreción. Pilotó la logística de la exhumación de Francisco Franco, ayudó a construir el edificio jurídico del primer estado de alarma, cimentó la relación con Ciudadanos, aunque luego tropezó con la moción fallida de Murcia, aquella sacudida que ha ido desencadenando múltiples derivadas. Hasta esta última ola.

Sánchez conocía a López cuando ambos trabajaban para Blanco en Ferraz. Su nuevo director de Gabinete fue el tres de Rubalcaba

Ahora serán otros los que estén en la sala de máquinas. Bolaños, como ministro de la Presidencia, pero también Óscar López, como nuevo director de Gabinete del presidente. Un hombre de partido pata negra, que fue secretario de Organización con Alfredo Pérez Rubalcaba y amigo de Sánchez en la época en la que ambos trabajaban a las órdenes de Pepe Blanco. Los dos se alejaron tras las primarias en las que López apoyó al exlendakari Patxi López. Ahora el líder socialista lo recupera procedente de Paradores de Turismo.

Óscar López, nuevo director de Gabinete de Pedro Sánchez, en junio de 2018.

/ EFE / FERNANDO ALVARADO

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El Gabinete de la Moncloa también sufrirá, probablemente, otro cambio bastante seguro: la Secretaría de Estado de Comunicación, en manos del periodista Miguel Ángel Oliver desde 2018, pasaría a manos del exdiputado catalán Francesc Vallès, aunque su nombre no está confirmado aún. Cambio de orientación también, por el mayor peso político, al enlace entre el Gobierno y los medios.

Sánchez modifica su Ejecutivo. Mucho. Pero, sobre todo, trasplanta el corazón del poder. Algo que no se había atrevido a hacer en tres años. Ahora llegó el momento.