Ir a contenido

INVESTIGACIÓN

Rajoy, el 1-O: "Una urna, una porra. La batalla mediática está perdida"

El presidente siguió la jornada con un reducido número de colaboradores y conectado por videoconferencia con la delegación del Gobierno en BCN

Al acabar el día pidió a su equipo pactar el 155 e impedir que una posible Catalunya independiente obtuviera cualquier reconocimiento internacional

Pilar Santos

Mariano Rajoy llega a la sala de prensa de la Moncloa, el 1 de octubre del 2017, para leer una declaración institucional.

Mariano Rajoy llega a la sala de prensa de la Moncloa, el 1 de octubre del 2017, para leer una declaración institucional. / REUTERS / SERGIO PÉREZ

La impermeabilidad de Mariano Rajoy, demostrada a lo largo de su vida política en numerosos episodios, también se puso de manifiesto el día del referéndum independentista del 1 de octubre del año pasado. Varias de las personas que pasaron aquel fin de semana del 2017 con él en la Moncloa coinciden en subrayar la frialdad con la que vivió uno de sus peores días como presidente del Gobierno.

El exjefe del Ejecutivo recibió llamadas y mensajes de dirigentes socialistas y de su propio partido que le mostraban la preocupación por la tensión en las calles de Catalunya y por la repercusión internacional de las cargas policiales. Una frase salió de su boca en varias ocasiones: "No pueden votar". Rajoy mostró su pesar por que los independentistas estuvieran logrando unas imágenes que, en su opinión, "buscaban desde el 9-N", con la consulta de Artur Mas del 2014. El antiguo líder del PP acabó el día asumiendo que los soberanistas le habían ganado el pulso. "Una urna, una porra. La batalla mediática está perdida", declaró ante su equipo.

El núcleo duro

Rajoy sigue en Santa Pola (Alicante) trabajando como registrador de la propiedad a la espera de su traslado a la Castellana (Madrid) y ha descartado participar en esta serie de reportajes sobre el referéndum y el desafío independentista. El expresidente quiere mantener el perfil bajo que asumió en julio y cumplir su palabra de no ser un estorbo para el nuevo PP. Varios de esos asesores que vivieron el 1-O con él sí han accedido a recordar aquella jornada bajo condición de anonimato.

El domingo empezó muy temprano en la Moncloa, algunos llegaron a las siete de la mañana. El equipo gubernamental pasó el día en dos salas contiguas al despacho de Rajoy. Allí estaban la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, a la que acompañaban su jefa de Gabinete, María Pico, y su jefa de prensa, Sonia Sánchez; el jefe de Gabinete del presidente, Jorge Moragas; la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez de Castro; el secretario de Estado de Administraciones Territoriales, Roberto Bermúdez de Castro; y el secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, José Luis Ayllón. Ese fue el núcleo duro que acompañó a Rajoy el 1-O.

En una de las salas, los técnicos de la Moncloa habían preparado la conexión por videoconferencia con Barcelona y el Ministerio del Interior. En la delegación del Gobierno en la ciudad condal se encontraban el número uno, Enric Millo; el secretario de Estado de Interior, José Antonio Nieto; y el coronel de la Guardia Civil, Diego Pérez de los Cobos, el responsable del operativo policial para impedir el referéndum. Los tres hablaron en numerosas ocasiones con Santamaría y Rajoy. El entonces ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, siguió los acontecimientos desde su departamento, en el Palacio de la Castellana, 5.

Las urnas, un "tupperware"

En esas salas también había televisiones que tenían puestos los programas especiales que algunas cadenas prepararon para informar sobre la votación en Catalunya. Pronto llegaron las primeras imágenes de las cargas policiales contra ciudadanos que querían votar y se resistían a abandonar los colegios electorales para participar en una consulta suspendida por ilegal por el Tribunal Constitucional. Al mediodía, los choques abrían los informativos de los principales medios de comunicación de todo el mundo"Estamos muertos, estamos muertos", dijo una persona en la sala. Otros miembros del equipo de Rajoy, más hieráticos al estilo del presidente, se repetían que todo era una "farsa" y que la votación (en unas urnas a las que se referían como "tupperware") no tenía ningún valor jurídico. De hecho, el propio Rajoy se agarró a las nulas garantías del proceso (con un censo universal, sin sobres y con papeletas impresas en casa) y llegó a decir  en su comparecencia a las ocho y media de la tarde: "Hoy no ha habido un referéndum de autodeterminación en Catalunya".

El impacto emocional en la sociedad de esas imágenes no encontró eco en las paredes de la Moncloa. A Rajoy no le sorprendieron la dureza de las imágenes. Un colaborador explica que el exlíder del PP empezó a temerse y a digerir esas escenas el día anterior, el sábado 30 de septiembre, cuando el Gobierno central constató que había varias decenas de colegios tomados por jóvenes y familias enteras para impedir que los cuerpos y las fuerzas de Seguridad del Estado pudieran clausurar los centros.

-"¿Por qué no interviene la Guardia Civil y los saca?", preguntó el expresidente a sus asesores aquel sábado al mediodía.

Rajoy sabía la respuesta, pero le pudo la sensación de impotencia al prever la complicada jornada de votación que se avecinaba. En las reuniones que se habían celebrado cada día de esa semana en la Moncloa, los informes de la Policía Nacional, la Guardia Civil y los servicios de inteligencia advertían de que los Mossos no iban a colaborar y, de manera pública, el ‘major’ Josep Lluís Trapero ya había afirmado que sus agentes no harían nada que alterara la "convivencia" social.

El Ejecutivo asumió que el número de policías y guardias civiles (unos 6.000 para el dispositivo del 1-O) era insuficiente para detener la consulta, sobre todo al comprobar el viernes que sí habría urnas. Ese día, los 'exconsellers' Jordi Turull y Raül Romeva convocaron a la prensa para exhibirlas. Fue un golpe duro para la vicepresidenta, responsable del Centro Nacional de Inteligencia. La tesis de la Moncloa durante meses ("no va a haber urnas") había saltado por los aires. El viernes, con la posición de los Mossos y los colegios llenos de personas, se decidió que el objetivo sería impedir la votación en los centros a los que tenían previsto acudir los miembros del Govern y centrarse en Barcelona capital.

La coraza de ministro del Interior

El exjefe del Ejecutivo había llegado a la conclusión hacía meses que, como líder de los populares, no se podía permitir una nueva votación sobre la independencia de Catalunya y estaba decidido a impedirlo. El exlíder del PP fue ministro del Interior 17 meses, entre 2001 y 2002, y ya asumió en aquellos años, recuerda una de sus asesoras, que el Estado debe usar en algunas ocasiones la fuerza para imponer la ley.

La dureza del choque entre los agentes y los votantes centró la atención informativa de todo el mundo durante el día. La sala donde Rajoy seguía el operativo se convirtió en un "velatorio", una palabra en la que coinciden dos de las personas que lo vivieron. Las llamadas del PSOE y el PSC no tardaron en llegar. Algunos barones del PP también mostraron su disconformidad con el operativo. Al final, había urnas y había cargas.

Los policías y los guardias civiles suspendieron sus actuaciones en los colegios electorales al mediodía. Según fuentes de la Moncloa, se debió a una razón organizativa y operativa y no política.  

Frenar a la posible nueva república

Sobre las ocho y media de la tarde Rajoy compareció ante la prensa para hacer una declaración institucional y, además de negar la celebración del referéndum, el jefe del Ejecutivo tendió la mano al resto de partidos para "reflexionar sobre el futuro" y buscar soluciones. El temor en aquellas horas era que, con 2,2 millones de votantes y un 90% a favor del 'sí' a la ruptura, según los datos de la Generalitat, Carles Puigdemont proclamara en cualquier momento la independencia.

Rajoy pensó que los soberanistas habían logrado su objetivo. "Una urna, una porra. La batalla mediática está perdida", afirmó por la noche. La "iconografía", en su opinión, era incontestable, pero había margen para ganar el combate.  En ese momento pidió a los suyos dos cosas: asegurarse de que ningún país reconocería a una posible República Catalana y empezar a preparar una "gran operación de Estado", apoyada en el artículo 155 de la Constitución, para intervenir la autonomía si se llegaba a la declaración unilateral.