Artículo de Jordi Puntí Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Lo antiguo y lo viejo

Roma nunca muere del todo, y en cambio el balneario de las afueras de Jafre ya fue viejo antes de ser nuevo

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Vista nocturna de la Fontana di Trevi, en Roma.

Vista nocturna de la Fontana di Trevi, en Roma. / XAVIER JUBIERRE

Salgo a pasear de mañana por el Baix Empordà, cuando el calor todavía no se ha levantado del todo. Sigo un camino que sale del pueblo de Jafre y avanza entre campos segados. De repente la vía se desdobla y a la derecha, en la distancia, se entrevé una construcción, un pueblito que no sale en los mapas. Curioso, tomo esa dirección y, mientras me voy acercando, se perfilan una serie de edificios inacabados, sin ventanas ni puertas, rodeados por una valla que cierra el paso al visitante. Su fisonomía esquelética, el silencio matinal y la sensación de tiempo estancado lo convierten todo en una fantasmagoría, un decorado para 'La dimensión desconocida'. Luego, ya en casa, me informo: años atrás, unas prospecciones en la zona hallaron aguas termales; un empresario olió el negocio y planeó un balneario de lujo, pero la crisis económica lo detuvo y en 2011 entró en concurso de acreedores.

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Tras el almuerzo, para olvidar esa extrañeza matutina, me tomo un ristretto con un cigarrillo imaginario (no fumo) mientras leo 'Un cafè a Roma', de Josep M. Fonalleras (Univers). He aquí un canto de amor, personal y compartido, a una ciudad con tanta historia como embrujo. Parece que Fonalleras lo haya escrito para volver allí otra vez, aunque sea de pensamiento y recuerdo, y quizá por eso también revive una escena memorable de la película 'Roma', de Fellini, que resume el carácter de la ciudad. En la terraza de una trattoria romana, unos clientes se quejan de que les han sentado cerca de una cloaca que huele mal, y el dueño les da a entender que de hecho son unos afortunados, pues esa cloaca es “un antiguo desagüe imperial”. Es así: el prestigio de la antigüedad se lo hace perdonar todo. Nos contempla hace miles de años y nos dice que antes que nosotros alguien ya vivió allí, y que ser mortal y desaparecer es parte del trato. Basta con saberlo disfrutar. Entre otros muchos momentos que buscan conjurar ese estado de ánimo romano, Fonalleras cita unas palabras del escritor Gore Vidal: “¿Qué lugar puede ser mejor que Roma, esta ciudad que ha muerto y que ha vuelto a vivir tantas veces, para ver el final que nos espera?”.

Roma nunca muere del todo, y en cambio el balneario de las afueras de Jafre ya fue viejo antes de ser nuevo, antes de estrenarse, como tantos otros edificios que atestiguan los destrozos que hicieron la codicia financiera y la crisis económica del 2008. Hace diez años, la arquitecta Julia Schulz-Dornburg documentó en un libro y una exposición itinerante —'Ruinas modernas'— decenas de proyectos que habían quedado inacabados, víctimas de la burbuja inmobiliaria y la construcción especulativa. Ella lo llamaba "una topografía del lucro": urbanizaciones, hoteles-casino, complejos turísticos de lujo con pista de aterrizaje propia, falsos pueblos pintorescos... Una década después, todos ellos siguen hoy vacíos, muertos, anclados en un pasado inexistente, como si la pandemia les hubiera llegado años antes y lo hubiese vaciado de gente. O como un aviso que no supimos descifrar.