Un revolucionario del musical Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Stephen Sondheim

Stephen Sondheim / REUTERS/Lucas Jackson

Aunque los payasos fueran legión, difícilmente conseguirían arrancarme hoy una sonrisa. El dolor por la muerte de Stephen Sondheim es grande en la comunidad teatral de todo el mundo. Y yo no soy una excepción. Desirée Armfeldt, la protagonista de 'A little night music', pedía, imploraba, suplicaba la entrada de los payasos (Where are the clowns? There ought to be clowns. Send in the clowns) para amortiguar el dolor de su fracaso, vital y amoroso al tiempo, acudiendo a la costumbre circense de hacer entrar corriendo a la troupe de payasos para disimular con sus chanzas y ocurrencias cualquier estropicio o accidente inesperado. Así necesitaría yo ahora de un ejército de clowns para amortiguar la pena de la desaparición del genio.

No exagero. Sondheim ha sido, en el campo del teatro musical del siglo XX, un revolucionario, un genio como lo fueron en su día Mozart, Picasso o el mismísimo Shakespeare. Ahí nos queda el testimonio de su obra completa (completa ya, por desgracia; completa ya, sin remedio). Recomiendo, por cierto, tanto para los sondheminianos rendidos como para los simplemente curiosos, 'The Stephen Sondheim Encyclopedia' de Rick Pender, publicada hace pocos meses. Un tomo de 638 páginas en el que, a la antigua manera  que nos enseñaron Diderot y D’Alembert, viene expuesto y magistralmente comentado todo lo que tenga relación con este gigantesco hombre de teatro, que eso es lo que fue también ante el asombro de todos.

 

Desde la elección misma de sus argumentos hasta el tratamiento inusual de las canciones, desde su extraña y atrevida manera de combinar notas y silencios hasta el reto que suponen sus continuos malabares de tiempo y lugar, desde la elaborada construcción de personajes imposibles hasta la afilada agudeza de sus letras (cada sílaba un hallazgo, cada frase un estilete: Could I leave you? Yes. Will I leave you? Guess), Sondheim nos obligó, sin más armas que su intuición y su talento, a transformar viejas rutinas, a buscar y encontrar nuevos caminos por los que hacer progresar no solo el modelo de musical heredado de los gloriosos años 30 y 40, sino, también, muchos de los esquemas mentales del teatro en general.

 

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La prensa de estos últimos días se ha hecho eco de la presencia de su obra en nuestro país. Esta se ha dado de manera singular en Barcelona. Mario Gas, el Centre Dramátic de la Generalitat, Dagoll Dagom, el Teatre Lliure, El Musical Més Petit, La Villarroel y hasta el TNC se interesaron muy pronto por su obra. El propio Sondheim estuvo en Barcelona, golpeando con los puños el suelo del escenario del Poliorama, como muestra de aprobación y entusiasmo por el 'Sweneey Todd' que acababa de presenciar. Ahora mismo, en Málaga y en Madrid, están en cartel dos de sus mejores musicales: 'Company' en el teatro de Antonio Banderas y 'Golfus de Roma' en el Teatro La Latina. No cabe sino expresar el deseo de que lleguen pronto a Barcelona. Acudir a ver sus funciones es la mejor manera de hacer que siga entre nosotros.