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Messi se despide llorando del Barça.

Messi se despide llorando del Barça. / REUTERS / ALBERT GEA

Aquellos que no comulgan con la idea de que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes no entienden el revuelo organizado alrededor de la marcha de Leo Messi del Barça. No solo no les cabe en la cabeza, sino que muchos se burlan del sufrimiento de los futboleros culés y hay quien incluso pone en duda la sinceridad de las lágrimas del argentino en su despedida. En justa correspondencia por la sobresaturación de atención que genera el Barça cuando gana, en las derrotas se cobran con creces tanta escandalera azulgrana. Llevan a costa nuestra un buen añito, desde el 2-8 hasta la despedida de Messi, pasando por el burofax, Lenglet en su mismidad, la zancada de Mbappé y la visita del Granada al Camp Nou, solo por citar algunas estaciones del via crucis culé.

No entienden, por tanto, que las lágrimas de Messi en la despedida son las lágrimas de tantos y tantos culés. De los niños vestidos con sus camisetas del 10, pero también de los adultos que entendemos perfectamente lo que significa una deuda de más de 400 millones e hipotecar al club, pero que en el fondo nos trae al pairo. Nuestra parte racional lo sabe: no hay que idolatrar a nadie, no hay nadie imprescindible, estos futbolistas cobran sueldos estratosféricos, no es más que deporte, no se acaba el mundo porque Messi juegue aquí o en otro lugar. Algunos incluso se lo decimos a nuestros hijos.

Pero, en el fondo, recordamos: ¿dónde estabas y quién eras en el Gamper en que Messi irrumpió? ¿Cómo era tu vida cuando el gol al Getafe? ¿Con quién celebraste las Champions de Roma, Londres y Berlín? ¿Qué hacías cuando mostró la camiseta en el Bernabéu? ¿Con quién compartiste la euforia del 6-1 al PSG? El fútbol es el material del que están hechos los sueños cuando eres niño. En realidad, cuando resulta obvio que jamás pasarás de ser un tuercebotas, el fútbol es uno de los materiales con los que están hechos los recuerdos. Los goles que en su momento fueron alegría, muy pronto se convierten en nostalgia. Por quien los marcó, por lo que significaron, por las personas con las que los compartiste pero también por quien fuiste y ya no eres. Tres ciudades y tres países, la paternidad lejos de casa, una habitación de hospital, idas y vueltas, encuentros y abandonos, hallazgos y despedidas. La vida ha fluido desde su debut en el 2003, y solo Messi y su asombrosa capacidad para jugar al fútbol vestido de azulgrana han permanecido invariables.

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En este sentido, no ha habido en esta ciudad otro hacedor de alegrías como Messi en los últimos 20 años. Ni una máquina más afilada de generar recuerdos y, por tanto, de crear nostalgia a partir de la nada, solo con un balón en los pies.

Claro que entiendo las lágrimas de Messi. Cómo no hacerlo, lo contrario sería negar 20 años de vida.

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