Viajar y comer

La ocasión hace al glotón

Los vecinos volvemos a meternos en el papel de extras en la película que se montan los turistas, en la ciudad de la opulencia gastronómica

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Un restaurante de Barcelona, abierto por la noche.

Un restaurante de Barcelona, abierto por la noche.

Es un hecho comprobado —personalmente y a través de la observación de la gente— que el cambio de aires despierta el apetito. Salir a ver mundo, y de hecho cualquier viaje que te lleve a otra realidad, ya sea a diez kilómetros de casa o en el otro extremo del país, suele ir acompañado de una disposición a comer, y sobre todo a comer más de lo habitual. Josep Pla contaba que, cuando era fiesta mayor en Llofriu, los músicos de la orquesta contratada se alojaban en casas particulares del pueblo. Su compañía era agradable, sabían conversar, pero cuando llegaba la comida se hartaban “como ladrones”. El hambre apretaba.

Hoy esa tendencia al exceso se ve sobre todo en el desayuno de los hoteles, frente al bufet libre, donde los clientes comen primero por los ojos y luego por la boca. Si en casa acostumbran a salir del ayuno nocturno con un café con leche y una tostada, quizás un yogur desnatado, allí convierten la comida en un menú degustación. ¿Quién se puede resistir a las frutas, el pan tierno que cortas tú mismo (ese paño higiénico que nadie sabe cómo usar), los zumos, los huevos revueltos, los quesos y, luego, con el café con leche, todo el repertorio de bollería? Nadie: la ocasión hace al glotón.Con los turistas todo se acentúa. Por la mañana se ceban con el argumento de que ya comen para todo el día, que andarán mucho y hay que coger fuerzas, pero unas horas después se detienen ante un restaurante simpático en el barrio antiguo, o se sientan a tomar una cerveza refrescante y se dejan tentar por las tapas, o se meten en un mercado y se les hace la boca agua... Entretanto una voz interior les dice que están haciendo cultura, quizá porque la taberna está en la misma calle del Museo Picasso.

¿Por qué nos dan estas ganas de engullir? Julio Camba decía que a menudo, cuando somos invitados en casa de alguien, comemos para quedar bien y para demostrar que lo sabemos hacer. Probablemente los turistas que devoran desayunos de bufet libre se dejan llevar por una mezcla de emoción y ansiedad, para olvidar que están lejos de casa, pero también hay un atávico instinto de supervivencia: come ahora que puedes, porque en el extranjero el futuro es más imprevisible.

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Cuento todo esto porque vivo en un barrio turístico, con muchos cafés, terrazas, restaurantes y hoteles, y lo veo a diario. Son negocios que en gran parte dependen de clientes entregados a la novedad y el exceso gastronómicos. Algunos de estos locales, no todos, estas semanas han vuelto a abrir después de mucho tiempo con la persiana bajada, y en la atmósfera se respira una alegría moderada y sincera. Primero han acogido a los clientes autóctonos, como quien se reencuentra con un viejo amigo, y ahora, cada vez más, a los turistas que van llegando. ¿Cuánto durará este buen humor, esta alegría? Los vecinos del barrio, que nos habíamos acostumbrado a tener las calles para nosotros, poco a poco volvemos a meternos en nuestro papel: somos extras en la película que se montan los turistas, en la ciudad de la opulencia gastronómica.