Los riesgos de la desescalada

Optimismo

Todos los progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Se ha cancelado el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario

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Ambiente festivo tras el final del toque de queda, en Barcelona.

Ambiente festivo tras el final del toque de queda, en Barcelona. / Manu Mitru

Es el momento del optimismo, de hablar de la luz al final del túnel, de celebrar cómo suben los vacunados y bajan las víctimas, de empezar a pensar en todo lo que hemos dejado de hacer y pronto recuperaremos. Es el momento del optimismo, y esto es un peligro. Porque la pandemia no se ha acabado, ni mucho menos: todos estos progresos que estamos haciendo penden de un hilo. Miremos el ejemplo reciente de Chile, un país que, con más del 40% de la población inmunizada y creyendo que ya se habían salido, sufrió un pico intenso del cual se recuperan justo ahora. Los expertos creen que fue culpa de una relajación demasiado rápida, sobre todo relacionada con la apertura de los viajes internos durante el grueso de la temporada de verano, de diciembre a febrero.

Cuando España salió de la tercera ola, el optimismo se empezó a instalar en la población, espoleado por el incremento progresivo del ritmo de vacunación y la perspectiva de conseguir cierta normalidad en verano. Pero la situación en Chile nos demuestra que, incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta.

Así lo han hecho en el Reino Unido. Después de una gestión espantosa que los llevó a tener una de las mortalidades acumuladas más grandes del mundo, parece que por fin han encontrado la estrategia que funciona. Una combinación de vacunaciones masivas y confinamiento prolongado ha hecho que registren un número mínimo de muertes y los casos hayan bajado en picado. Y no les tembló el pulso a la hora de mantenerlo todo cerrado durante la Semana Santa porque los indicadores no eran adecuados. Actualmente, el Reino Unido tiene cinco veces menos contagios que España y el doble de vacunados, pero todavía están prohibidos los encuentros con otras burbujas en espacios cerrados, y restaurantes y pubs solo sirven en el exterior.

Incluso con una buena inmunidad y con la pandemia aparentemente controlada, no nos podemos confiar: tenemos que continuar vigilando y no querer correr más de la cuenta

En España, en cambio, suele mandar más el calendario. La insistencia para recuperar la vida social y económica, sobre todo cuando se acercan fiestas, es demasiado fuerte en un país muy dependiente psicológica y económicamente de la restauración y el ocio, y con menos recursos para compensar a quienes sufren más el impacto. Ningún político español se ha atrevido a limitar la Navidad, la Semana Santa o el verano, por miedo a una revuelta popular. Por eso el riesgo es ahora que, en los próximos meses, vayamos adquiriendo la esperada libertad con prisa, independientemente de la realidad epidemiológica. El primer aviso ha sido cancelar el estado de alarma porque políticamente tocaba, no porque estemos seguros de que ya no será necesario. La semana pasada, en España hubo un centenar de muertes. En el Reino Unido, que tiene 20 millones más de habitantes, solo una docena. ¿En cuál de los dos países podemos quedar con los amigos para ir a cenar en un espacio cerrado?

Quizá esto es debido a una propensión a autoengañarnos. En España, la presidenta de una comunidad autónoma ha sido aclamada (y reelegida) porque su gestión de la pandemia ha permitido que la gente pudiera disfrutar de libertades que en otros territorios se habían negado. La consecuencia, como era de esperar, es el número de contagios y muertes más elevados del país y, ahora mismo, una de las ocupaciones más altas de ucis. Que levantar restricciones cuando todavía no es prudente hacerlo se paga con vidas humanas a estas alturas es indiscutible. Y, a pesar de todo, algunos escogen no verlo.

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No se puede negar que, en todo el país, la situación está mejorando, y que tendría que continuar haciéndolo. Pero también es cierto que los indicadores aún no son del todo buenos: después de tocar fondo a mediados de marzo, la curva de contagios oscila arriba y abajo sin acabar de decidirse a continuar el ritmo descendente. No se trata de ver la botella ni medio llena ni medio vacía: los datos son los que son y se tienen que interpretar de una manera fría. Y a la hora de tomar decisiones de salud pública, siempre es más aconsejable la prudencia que correr riesgos. Que el optimismo, tan necesario para resistir lo que nos queda de pandemia, no nos ciegue: llenar bares y restaurantes no puede querer decir llenar también hospitales.

Estamos en la recta final, pero es una recta larga. Un tropiezo ahora puede hacer mucho daño. El optimismo puede convencernos que esto no volverá a pasar, que ya hemos superado lo peor y que las vacunas evitarán más olas. Esperamos que sea así. Pero recordemos el caso de Chile. E insistamos una vez más con el ejemplo británico: la actividad se tiene que recuperar cuando los datos lo permitan, no cuando la presión socioeconómica lo pida, y siempre de una manera gradual y proporcionada.