Juzgar la literatura

El Nobel a Handke: ¿obra o autor?

Para recibir un premio de literatura, ¿hay que ser una buena persona? o, en cambio, si eso tanto da, ¿lo que realmente cuenta es la obra, no las consideraciones que se puedan hacer sobre unas opiniones?

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Peter Handke, en el 2012.

Peter Handke, en el 2012. / AFP / BARBARA GINDL

La concesión, primero, y la entrega en Estocolmo, más tarde, del Premio Nobel de Literatura a Peter Handke levantaron una importante polvareda. Muchos se sintieron -y se sienten- indignados porque se le otorgaba el galardón a un hombre que tomó partido por los serbios en la guerra de los Balcanes y que llegó a homenajear Milosevic, El carnicero de los Balcanes, asistiendo, en 2006, a su funeral.

La polémica en torno a Handke transporta en su interior una serie de preguntas interesantes. En primer lugar, nos podemos plantear si para recibir un premio de literatura hay que ser una buena persona o, en cambio, si eso tanto da, ya que lo que realmente cuenta es la obra, no las consideraciones que se puedan hacer sobre unas opiniones o comportamientos determinados.

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Es decir, cuando se juzga a un creador, ¿qué se juzga realmente? ¿A él o ella o bien a su obra? Para responder a esta pregunta es imprescindible resolver otra previamente. Es la siguiente: ¿somos capaces el resto, los que no somos el escritor, pensador o artista en cuestión, de separar la persona de la obra? Es decir, ¿de conseguir que lo que creemos o sentimos en relación a la persona no contamine positivamente o negativamente nuestra percepción de lo que esa persona hace, de aquello que ofrece a la sociedad?

Yo no creo que seamos capaces. Podemos, ciertamente, probarlo, esforzarnos en ello y, seguramente, incluso conseguirlo en parte. O en buena parte. Pero nunca del todo. No podemos mirar las dos cosas, la obra y la vida, como dos cosas sin contacto, perfectamente aisladas. Diría que estamos cognitivamente incapacitados para llevar a cabo con éxito una operación de tal naturaleza.

La mezcla no la podemos evitar cuando conocemos la vida de la persona y luego apreciamos sus creaciones. Y tampoco cuando pasa al revés, es decir, cuando nos hemos formado ya una idea sobre la obra y entonces accedemos a los relieves biográficos de la persona, sean, por ejemplo, las alabanzas ditirámbicas dedicadas por Salvador Dalí a Franco o el estalinismo de Pablo Neruda. O, yendo un paso más allá, las acusaciones de graves delitos sexuales contra nuestro director de cine preferido.

Por consiguiente, aunque se quiera juzgar solo la obra, en realidad siempre se acaba juzgando también al hombre o la mujer. Es imposible separar del todo persona de lo que ésta ha creado. Al mismo tiempo, sin embargo, estoy convencido de que lo que deberíamos disfrutar y amar, o no, es la obra.

Callejón sin salida 

Ante esto podemos procurar no saber nada personal sobre aquel creador que nos atrae y/ o luchar para minimizar la distorsión de lo que sabemos a la hora de aquilatar la obra en la balanza.

Una variación extrema del problema se da cuando, por lo que sea, entramos en contacto personalmente con el escritor, pensador o artista la obra del cual admiramos. Mi experiencia es que en muchos casos la decepción es ineludible y dolorosa, aunque, cuando hay confirmación, o lo que podríamos llamar sintonía entre persona y obra, la alegría es grande. Me pasó, entre otros, con el extraordinario poeta (y erudito en cuestiones musicales) Ramón Andrés. 'Poesía reunida. Aforismos' (Lumen) es, para mí, una auténtica joya.

Cuando se juzga
a un creador,
¿qué se juzga realmente? ¿A él o ella o bien a su obra? 

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Puede ocurrir, asimismo, que tengamos conocimiento personal del creador antes o cuando sabemos poco su obra. En este caso, es posible que suceda lo mismo, pero en sentido inverso: y que, por ejemplo, un buen juicio sobre la persona favorezca la recepción de la obra. Me ha pasado con un buen número de amigos y conocidos. Y también con la escritora Herta Müller. A pesar de su fama de mujer taciturna y poco sociable, la premio Nobel de Literatura de 2009 me pareció una persona alegre, sensible e inteligente. Y que guarda en su interior un mundo denso, doloroso y fascinante. Esta buena impresión me llevó a leer obras de ella que no había leído, y que, dicho sea de paso, encontré fantásticas. Haber conversado con ella me hizo, sin duda, comprender mejor y disfrutar más de su escritura.

En este punto llegamos a un callejón sin salida: si saber cosas sobre la persona puede favorecer la profundización en la obra, el placer intelectual, ¿por qué evitar o abstenernos de saberlas? Una respuesta podría ser que eso resulta muy arriesgado, dado que, como decíamos más arriba, en muchos casos el efecto será el contrario, es decir, perjudicará a nuestra recepción de la obra (o tal vez ni siquiera nos apetecerá conocerla). Una segunda tentativa de respuesta podría ser la siguiente: los jurados que otorgan premios, si proclaman que lo que juzgan es la obra, que se esfuercen en hacerlo así y en hacerlo con acierto, y usted, amable lector, siendo consciente de todo ello, haga lo que, en cada momento, considere más conveniente o más le apetezca.