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LA CLAVE

Colau, Janet Sanz, Collboni y Gala Pin, en el pleno de este miércoles.

ALBERT BERTRAN

El jaque de Colau

Luis Mauri

La alcaldesa de Barcelona ha entendido que Collboni no iba de farol, ha terminado con la ambivalencia y ha roto el compás valenciano de la partida: jaque a Maragall

Parecía que el compás valenciano iba a marcar el ritmo en el tablero de Barcelona. Ajedrez 960, el imprevisible invento de Fischer. Blancas o negras. Colau Maragall. Expectación hasta el último segundo y desenlace sobre el abismo. Pero en las últimas horas las piezas han cobrado un nervio eléctrico y la partida se ha decantado casi definitivamente en favor de Colau.

La líder de BComú siempre ha tenido en su mano el movimiento final. Ningún otro jugador podía arrebatárselo. La decisión era suya y solo suya. O conservaba la alcaldía, o la ponía en manos de su rival de ERC. El problema de fondo era cómo mantenerse como alcaldesa, cómo dar mate a Maragall, perdiendo la menor cantidad de piezas posible.

Maragall ha jugado desde la noche electoral con mucha demora. Su penúltimo movimiento (aparentar un acercamiento al PSC para poner a Colau contra las cuerdas de su propio discurso sobre el tripartito) fue anulado por los comuns al declarar imposible una alianza a tres con ERC y el PSC. Cortada esa vía, al independentista solo le quedaría una baza, un movimiento tan estéril como improbable: ofrecer a Colau compartir la alcaldía. No le quedan más piezas.

Jaque sin sangría

Colau, tras la pájara de la noche electoral y la imprescindible asistencia de Vallsel Resucitado, cobró conciencia de que la partida, es decir, la alcaldía, estaba en sus manos. Desplegó su estrategia y, sabedora de que esta podía causar irritación en sus propias filas, avanzó con calculada ambivalencia. El objetivo era dar jaque sin sufrir una sangría de piezas. Le seguirán siendo muy necesarias después de ganar la partida.

Pero la ambivalencia de Colau le conducía a un callejón sin salida. Collboni, el tercer jugador, exigía un compromiso de alianza. Amenazaba con un movimiento inverosímil, pero letal: permitir que Maragall se hiciera con la vara. El socialista ya fue despedido una vez por Colau. Auparla a la alcaldía sin la garantía de que no iba a ser menospreciado de nuevo hubiera rayado el bochorno político. Antes que eso, la oposición. Colau entendió que no era un farol, depuso la ambivalencia y quebró el compás valenciano de la partida. Jaque.