2
Se lee en minutos
Lula da Silva (izq) habla con Manuela D’Avila, del Partido Comunista, y Marcelo Freixo, congresista de Río, durante un mitin de la campaña presidencial en Río de Janeiro, el 2 de abril.

Lula da Silva (izq) habla con Manuela D’Avila, del Partido Comunista, y Marcelo Freixo, congresista de Río, durante un mitin de la campaña presidencial en Río de Janeiro, el 2 de abril. / AP / LEO CORREA

“No acepté la dictadura militar y ahora no voy a aceptar la dictadura del Ministerio Público y de Moro”. Quien así se expresaba ante miles de sus incondicionales era el expresidente Lula da Silva. Todo el proceso judicial contra él ha estado trufado de múltiples suposiciones, escasas pruebas concluyentes y demasiadas conjeturas. Brasil vive una especie de serial con dos protagonistas, héroes o villanos, dependiendo del cristal desde el que se mire. El juez Sergio Moro ha adquirido una muy notable presencia mediática al ser el responsable de los casos que se han derivado de la llamada 'causa Lava Jato' (Operación Autolavado), el mayor de los escándalos de la historia del Brasil. Para muchos, el juez Moro es un héroe atrevido que ha logrado encausar y acercar a Lula a unos pocos pasos del encarcelamiento. Para otros muchos, en cambio, el juez es alguien que busca la fama y que actúa en sus resoluciones de forma partidaria en favor de la derecha. El juez Moro quiere obligar a Lula a empezar a cumplir su condena cuanto antes, en una interpretación de la ley brasileña.

Noticias relacionadas

Este pasado mes de enero tres magistrados de un Tribunal de Porto Alegre ratificaron por unanimidad la condena de Lula por corrupción y, además, aumentaron su reclusión de 9 a 12 años y un mes. Este endurecimiento de la sentencia sorprendió incluso en los sectores más combativos contra Lula, incluidos los poderosos medios de comunicación como el grupo O Globo o la 'Folha de Sao Paulo'. A lo largo de estos tres últimos años se intensificaron las investigaciones contra Lula. Pero ha habido alguna defensa llamativa, no esperada. El 8 de febrero del 2017, en la quinta jornada de la investigación por el 'caso Petrobras', el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso defendió la honradez de Lula da Silva ante el juez Sergio Moro y negó la existencia de una red de corrupción liderada por el exmetalúrgico, como sostenía el propio juez Moro. Todas las encuestas de opinión mantienen para Lula un claro liderazgo por encima del 30% de sufragios en las ya cercanas elecciones del próximo mes de octubre. Una elección que puede ser muy inflamable en las calles, si finalmente Lula ingresa en prisión, sin poder presentarse como candidato.

Los episodios de violencia de los últimos meses tienen que ver con la situación política. La extrema derecha se hace más presente día a día en las grandes ciudades brasileñas, ola de violencia que ha causado la muerte de la política, activista feminista, defensora de los derechos humanos y concejal de Río de Janeiro Marielle Franco; o de los disparos realizados contra la caravana de autobuses de seguidores de Lula, en los estados del sur. El mayor riesgo que tiene Brasil en el horizonte es el de un Gobierno frágil como el actual de Michel Temer que siga cediendo parcelas de poder a sectores militares como el que representa el general retirado Luiz Gonzaga Schroeder, quien ha amenazado con un alzamiento armado si Lula sigue en libertad. Ni el ministro de Defensa ni tampoco el presidente Temer han ordenado, hasta este instante, la detención de este militar sedicioso. Y hay motivos.