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EL PAPEL DE LA PRENSA

Tráiler de  Los archivos del Pentágono. (2017)

El periodismo antes, el periodismo ahora

Marçal Sintes

Una de las funciones principales de los medios es la de invertir en calidad y ayudar a los ciudadanos a seleccionar y priorizar, a ordenar el mundo

La última película de Steven Spielberg, Los archivos del Pentágonorecrea el que fue entonces el caso más relevante de filtración y publicación de documentos secretos de la historia. Un episodio que actuó de prolegómeno del escándalo Watergate, que acabaría políticamente con el presidente Nixon. De hecho, el director tiene tan clara esta secuencia que dedica el metraje final de Los archivos del Pentágono a reproducir la secuencia inicial de Todos los hombres del presidente (1976), el célebre film sobre el caso Watergate en la que Robert Redford y Dustin Hoffman encarnan a Bernstein y Woodward.

Sin embargo, si en esta última obra los protagonistas eran los dos periodistas que investigan la trama del Watergate; la segunda se centra en Katharine Graham (Meryl Streep), propietaria y máxima autoridad del Washington Post tras el suicidio de su marido, Phil Graham. El personaje que, se podría decir, recorre y articula las dos películas es el director del rotativo, el mítico Ben Bradlee, interpretado por Tom Hanks en el film de Spielberg.

El tratamiento de la política y los políticos

Las películas presentan semejanzas recalcables. Ambas muestran con brillantez la lucha entre el periodismo y la política, sin olvidar el pulso, esta vez interno, entre los intereses empresariales -del Washington Post- y el periodismo. Sin embargo, ambos pecan, en mi opinión, de un mismo defecto, esto es, de un cierto maniqueísmo sobre todo en el tratamiento de la política y los políticos, retratados a veces como malvados de una pieza, sin matices. La aparición final de Nixon en el film de Spielberg es un ejemplo claro de lo que quiero decir.

Aquellos acontecimientos político-periodísticos de hace tantos años -la publicación de los papeles del Pentágono data de 1971, mientras que la detención de los asaltantes de la oficina electoral demócrata en el Hotel Watergate se produjo el año siguiente, 1972- construyeron un determinado imaginario, épico, sobre el periodismo y lo que significa ser periodista. Asimismo, evocados hoy, propician necesariamente la reflexión sobre el estado actual del periodismo en lo que llamamos Occidente.

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La primera pregunta para esta reflexión es obvia. Cuando Nixon renunció a la presidencia corría el mes de agosto de 1974. Después de aquello un escalofrío recorrió el espinazo de los políticos de Estados Unidos y del resto de países democráticos. Si los medios de comunicación habían tumbado al hombre más poderoso del mundo, podían tumbar a cualquier gobierno. Si la Gran Guerra hizo que los periodistas constataran la fuerza de la propaganda, la sacudida de los años 70 al que puso en alerta fue el poder político.

Asesores, expertos en comunicación y relaciones públicas

A partir de Vietnam y Nixon los políticos buscaron, y encontraron, maneras de protegerse mejor. Entre otras medidas, decidieron rodearse de un cada vez más potente aparato de asesores, especialistas en comunicación y profesionales de las relaciones públicas. Hoy es impensable que un diario o un grupo de medios pueda derribar a un presidente con la facilidad -relativa (en su autobiografía, Bradlee escribe sobre la editora del Washington Post"Dios bendiga sus arrestos")- con la que se logró que Nixon se marchara a casa.

Son muy pocos hoy los medios de comunicación controlados por un editor al estilo de Katharine Graham

Segunda cuestión sobre el antes y el ahora: hoy son muy pocos los medios de comunicación controlados por un editor al estilo de Graham (miembro de una familia que se siente íntimamente unida al diario y al servicio que presta). Muchas veces los grandes medios están dominados por todo tipo de inversores, por bancos y por otra gente que de periodismo no tiene ni idea. Internet y el mundo digital, además, han puesto en cuestión los modelos de negocio tradicionales. Ni que decir tiene que cuanto más problemas económico-financieros sufre un medio, más dependiente se convierte de otros actores.

Tercera, y para terminar: la actual explosión de emisores y la hiperinflación comunicativa está provocando que la distinción entre la verdad -compromiso y razón de ser del periodismo- y la manipulación falsaria -la mentira, si lo prefieren- de haya desdibujado. El oceánico revoltijo que son internet y las redes -que, por otra parte, ofrecen grandes oportunidades democratizadoras- tiende a igualar, a confundir endiabladamente la información que es valiosa y la que no lo es o resulta directamente un engaño. Una de las funciones principales de los medios y del periodismo serio -en el soporte que sea- no puede ser otra, en este contexto, que la de invertir en calidad y ayudar a los ciudadanos a seleccionar y priorizar. A ordenar el mundo. Pero para hacerlo el periodismo debe recuperar el prestigio y la confianza de los ciudadanos. Que no tendrá si no es capaz de repensarse y concentrarse en aquello valioso e insustituible que puede ofrecer a la sociedad.

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