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Arte y nuevas tecnologías

Warhol, Marilyn y las pantallas

FRANCINA CORTÉS

Warhol, Marilyn y las pantallas

Marçal Sintes

La obra que se resiste a ser transmutada en sucedáneo se convierte automáticamente en más apreciada, más valorada. Cotiza al alza

Acudo a la exposición 'Warhol. El arte mecánico', en el CaixaForum de Barcelona (ahora se puede ver en el CaixaForum de Madrid). No me lo quería perder. No porque quien naciera como Andrew Warhol sea un artista por quien sienta especial predilección, tampoco porque esperase una exposición excepcional -desde mi punto de vista no lo es-, sino por el atractivo del personaje. Andy Warhol consiguió convertirse en un icono, y ante algunos iconos me cuesta resistirme.

Vencidas todas las reticencias y prevenciones, decidí que no había motivo para reprimirse, y me retraté en una especie de 'fotomatón' que producía imágenes de estética 'warholiana'. Una vez dentro de la exposición, terminé haciéndome un 'selfie' ante una pared llena de las celebradísimas serigrafías 'tutti colori' de Marilyn Monroe.

El estadounidense, además de como icono pop, ha pasado a la historia como el creador que, por así decirlo, convirtió la obra de arte, en principio algo único, algo clavado en el espacio y el tiempo ( 'hic et nunc'), en un bien no solo industrial -en el sentido de ser fruto de procesos mecánicos- sino también comercial.

Alumno de Dalí

Esta vocación comercial hace que resulte imposible visitar la exposición y no pensar en Salvador Dalí, el gran maestro del márketing cultural. Dalí, avispadísimo seductor de los medios de comunicación de masas, experto en convertir su vida y obra en espectáculo, fue el gran iniciador del modelo que algunos han llamado 'artista empresario'. El de Pittsburg -quien bautizó su estudio en Manhattan con el nombre de 'The Factory'- demostraría ser un aventajado alumno del de Figueres.

La obra de Warhol es, decía, arquetípica de aquello sobre lo que reflexiona Walter Benjamin en su conocido ensayo 'La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica'. Es absolutamente natural, pues, que la contracubierta de la edición en catalán del libro (2011) la ocupen los famosos retratos coloreados de Marilyn. Una combinación esta entre Benjamin y Marilyn que es sutilmente ucrónica: las 'Marilyn series' son posteriores a la obra de Benjamin, publicada por vez primera en 1963.

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Si en un momento dado la obra de arte decidió emanciparse de la representación de la realidad, Warhol consagra el divorcio de la noción de original, cuestionando de rebote el concepto de autor y de autenticidad. La reproducción de la obra de arte es antiquísima, pero no es hasta la fotografía y el cine que se convierte en una forma hegemónica. La apoteosis llegaría con la televisión, y muy especialmente en nuestros días con la convergencia digital de medios, plataformas y lenguajes, y con la popularización de internet y las redes sociales.

Desde el sofá

Escribe Benjamin en su libro que "la reproductibilidad técnica de la obra de arte modifica la relación de las masas con el arte". La modifica en muchos sentidos diferentes. Uno de ellos nos revela que, cuando todo resulta replicable, copiable, accesible a un coste muy bajo o inexistente haciendo un clic sentados en el sofá, lo que no lo es, aquella forma de arte 'insustituible digitalmente' o que se resiste a ser transmutada en sucedáneo, se convierte automáticamente en más apreciada, más valorada. Cotiza al alza.

He tenido la oportunidad de hablar de todo esto con personas que se dedican desde hace muchos años a la dirección y producción teatral. Mi teoría dice que el teatro, por ejemplo, y al revés de lo que ocurre con tantas otras cosas, no está amenazado por el nuevo mundo digital, al contrario. Al dar lugar cada obra, cada sesión, a una experiencia auténtica y, sobre todo, única, el teatro continuará viviendo, y viviendo probablemente mejor de lo que ha vivido en el pasado. Solo debe subrayar aquellos atributos que ya definen su naturaleza.

Adiós al cine

El caso contrario es el de las películas, donde, a la postre, la diferencia entre la experiencia de ver un filme -que no tiene, por definición 'aura ', por decirlo como Walter Benjamin, de las obras originales- en una pantalla de cine o en una pantalla doméstica grande y de calidad no es suficientemente importante. Y es así como los cines se extinguen como si fueran víctimas de una plaga.

La predicción se puede aplicar igualmente a aquellos museos que ofrecen obras plásticas originales. Contemplar un Velázquez en El Prado es infinitamente mejor que verlo en la pantalla del portátil o del móvil. Como quizá saben, hace poco fue vendido el cuadro más caro de la historia, 'Salvator Mundi', atribuido a Leonardo da Vinci. Seguramente el estremecedor récord -más de 380 millones de euros- tiene algo que ver con todo este asunto de Warhol y las pantallas.

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