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EDITORIAL

El barrio de Sant Antoni y la presión inmobiliaria

Barcelona precisa, como ya existe en otras capitales europeas, de una normativa de alquiler que intente paliar los excesos de las leyes del mercado

El mercado de Sant Antoni, a tres meses de su reapertura, una cruz para muchos vecinos.

El mercado de Sant Antoni, a tres meses de su reapertura, una cruz para muchos vecinos. / HARRY SCHULER

La transformación del barrio barcelonés de Sant Antoni se ha hecho evidente los últimos años y afronta la recta final de su definitiva mutación: la apertura de su gran mercado la próxima primavera. Tras una prolongada remodelación que se inició en el año 2009, será el colofón urbanístico para el barrio de moda de la capital catalana, convertido en lugar de peregrinación de locales y turistas, por ejemplo por una oferta de restauración que ha inundado sus calles.

Esa transformación ha venido acompañada de  consecuencias muy conocidas: Sant Antoni cotiza en el mercado inmobiliario, local e internacional. Es una zona para invertir en vivienda, incluso más que para comprar con idea de residir, lo que provoca una subida de alquileres que expulsa a los vecinos. 

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Los efectos de esta presión inmobiliaria provocan lógicamente la pérdida de identidad y del tejido social que supone una gentrificación que puede tener aquí secuelas más severas que las que sufrió hace unos años Ciutat Vella. A nadie se le escapa que las mejoras del barrio, con la reforma del mercado por ejemplo, son necesarias pero puede darse la paradoja de que quienes disfruten de ellas no sean los residentes de toda la vida. Bienvenida sea la reapertura del Mercat de Sant Antoni, con supermanzana incluida, pero no a costa de desnaturalizar un barrio tan popular.

Barcelona precisa, como ya existe en otras capitales europeas, de una normativa de alquiler que intente paliar los excesos de las leyes del mercado.