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historias vecinales

Rosa, la cara b del esplendor de Sant Antoni

Antes, en Borrell 59 sabían quién era el dueño de la finca, la señora Rosalia, y derepente es un tal Nosequé Investment Partners

Carles Cols

Rosa, en el balcón de su casa, con vistas sobre las obras del mercado.

Rosa, en el balcón de su casa, con vistas sobre las obras del mercado. / FERRAN SENDRA

El techo del comedor en el tercer piso, primera puerta, del número 59 de la calle del Comte de Borrell se hundió el pasado 2 de diciembre. Quedaron a la vista las vigas. Los muebles de la sala quedaron inservibles. Nadie salió malherido, salvo moralmente, después, la inquilina, Rosa, con 49 años de residencia allí, testigo, pues, de la transformación del barrio. ¿Por qué poner el foco en ella? Por los detalles del caso.

La finca es representativa de lo que ocurre en otras escaleras de Sant Antoni. Hay cinco familias con alquileres de renta antigua. Rosa es una de ellas. Hay cuatro pisos con okupas, buena gente, aseguran el resto de los vecinos, tanto, que cuando comenzaron a surgir problemas con la propiedad fueron ellos los que acompañaron a los más mayores de la finca a conocer a buscar ayuda en la plataforma Fem Sant Antoni. En los bajos, cómo no, hay una inmobiliaria. Parece que quiso comprar el edificio, pero alguien se le adelantó.

Renta antigua en cinco pisos. Otros cuatro, con 'okupas'. En los bajos, una inmobiliaria. Es Sant Antoni

Rosa vive de nuevo con su hijo Álvaro. Es otro fenómeno muy barcelonés. Los hijos que regresan a casa por culpa del mercado inmobiliario. Álvaro vivía en Poble Sec, otro barrio que tal. Pagaba 650 euros de alquiler por un pisito en la calle Piquer. Cuando le quisieron subir la renta a 900, no le quedó más remedio que volver al punto de partida, porque por el precio que él podía pagar no hay oferta inmobiliaria en la ciudad.

Rosa, en el salón del piso, con el techo a medio reparar / FERRAN SENDRA

La cuestión es que el 59 de Borrell es un caso de libro para explicar qué sucede en Sant Antoni. Por fuera, el barrio luce. Bueno, lucirá, con las calles semipeatonalizadas y el mercado reluciente. Por dentro, la situación es otra. Antes, cuando Rosa o cualquiera de sus vecinos tenían un problema en la escalera (unas humedades, una luz que se fundía en el rellano…) sabían que se encargaba de ello Rosalía, la dueña del inmueble. Ahora parece que el propietario es Nosequé Investment Partners SL o algo parecido. Siempre le ponen nombres pomposos, Prestige, Luxury o nombres similares. Nosequé es solo un apodo para no entrar en conflictos. Nadie ha informado a los vecinos de que se haya formalizado una venta de la finca. Los recibos, eso sí, llegan desde diciembre a otro nombre.

Dejadez

Ha cambiado el titular en el registro de la propiedad y, con ello, el trato. Los modos son otros. Eso, cuando responden a las llamadas telefónicas. Le han discutido las causas de que se hundiera el techo, como si fuera culpa de una negligencia doméstica. Bastante tuvo ya con bajor los muebles destrozados a la calle. Es un tercero sin ascensor, que caber, cabría. Álvaro coge la linterna (es de noche) para mostrar que la galería central es espaciosa, que no sería imposible instalar un elevador, pero de paso lo que quiere es mostrar el grado de deterioro de la finca, que, por ley, debería resolver la propiedad. Las ventanas que dan a ese espacio interior tienen una pequeña barandilla. Nadie, por precaución, se apoya en ellas.

El 59 de Borrell (por si el lector no lo sitúa en el mapa) está en una de las esquinas nobles del Mercat de Sant Antoni. Rosa, desde su balcón, ha podido asistir a 10 años de obras. Por vistas así y por pisos similares se piden hoy en día más de 400.000 euros. Queda todo dicho.

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