Una crisis que obliga al autoexamen

Social(human)ismo

Hoy más que nunca, es preciso que la izquierda se una en torno a los valores humanistas que sitúan a la persona en el centro de la acción política por delante de la gestión, de la burocracia y del maquinismo

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El líder socialista Benoît Hamon, tras conocer su derrota en las últimas presidenciales.

El líder socialista Benoît Hamon, tras conocer su derrota en las últimas presidenciales. / AFP / MARTIN BUREAU

Se habla mucho de la crisis consolidada de la izquierda pero cuesta dar con las claves que ayuden a recomponerla. Y no va a ser fácil dado el fiasco de los François Mitterrand, Tony Blair y Felipe González que tanto desencanto trajeron. Los nouveaux philosophes desmontaron el legado del socialismo francés –sobre todo tras el hundimiento del 'Rainbow Warrior'–, Blair se lució con la guerra de Irak, y las puertas giratorias y la guerra sucia desmerecieron los buenos años del PSOE. Si a eso añadimos la caída del muro y el final de la polarización ideológica tenemos el escenario en el que medró el neoliberalismo.

Vale, pero de todo eso hace ya más de dos décadas y desde entonces el socialismo y la socialdemocracia renquean. El 15-M fue un aldabonazo en las conciencias, pero nuestra izquierda oficial miraba hacia otra parte y en su acomodo se dejó adelantar por un tumulto de oenegés y fuegos de campamento sobre los que se posó el espíritu revolucionario. La izquierda tradicional se vio sobrepasada por esta segunda ola anticapitalista como sucedió ya en mayo del 68. Lógico: como ya comentábamos en su día en estas páginas, el socialismo nació utópico, creció científico, maduró democrático y feneció gastronómico.

En la deriva socialista se ha perdido  el interés por la gente y sus problemas, un referente moral, el liderazgo ideológico

¿Qué se ha perdido en esta deriva? Se ha perdido el interés por la gente y sus problemas; se ha perdido un referente moral; se ha perdido el liderazgo ideológico. En suma, se han perdido las raíces humanistas sobre las que se construyó la izquierda no comunista. ¿Cuáles eran estas? Cuando en los años 60 las mejores cabezas pensantes dieron por finiquitado el proyecto soviético y sus horrendas secuelas en Asia, nace una nueva conciencia política que tiene como referentes el humanismo ilustrado y el existencialismo, bien con perfil agnóstico (Albert Camus), bien de inspiración cristiana (Emmanuel Mounier). La libertad, como siempre, es uno de los ejes centrales de esta nueva reflexión: ni debe ser sacrificada en base a promesas de un futuro paraíso terrenal ni debe ser otorgada sin brida alguna al capitalismo ni al anarquismo. La libertad ha de tener un horizonte, una condición: la dignidad, esa prerrogativa del ser humano a la que tiene derecho por el mero hecho de serlo.

LO IMPORTANTE ES LA GENTE Y SU VIDA

Este socialismo humanista y democrático se apartaba tanto de las dictaduras comunistas o socialfascistas, como del anarquismo del todo vale, porque, a fin de cuentas, lo importante es la gente y su vida, y la política debe estar al servicio del crecimiento personal, de la igualdad, del bienestar y del derecho. ¿Ha perdido la izquierda el horizonte de la libertad? Sí, y en un doble sentido. En primer lugar, cediendo cada vez más espacio a la gestión y a la tecnocracia en detrimento de las políticas sociales. La trampa del crecimiento perpetuo, de la eficiencia y del desarrollismo le fue tendida hábilmente por el capitalismo más agresivo y en ella continúa atrapada. La tibieza de la izquierda frente a la globalización y el enriquecimiento desmedido ha sido sorprendente. Ha permitido el derrumbe de las economías locales, la desculturización de la producción y el aumento de las desigualdades.

Pero también en el sentido moral debe hacer un autoexamen. Escribía el filósofo escocés Alasdair MacIntyre en su gran libro 'Tras la virtud', que, en los años que corren, la gestión –en el sentido más amplio y aséptico de la palabra– supone el más duro ataque a los valores éticos y profesionales. La competitividad extrema sumada a una ambición desmedida, han arruinado formas de vivir apacibles y, al paso que van, amenazan con arruinar el planeta entero. 

LA COMPLACENCIA CON LA TECNOLATRÍA

El avance del conservadurismo y el rebrote de los nacionalismos en Europa no son (solo) fenómenos asociados a la inmigración o al terrorismo, sino que tienen que ver con la incerteza que genera la permisividad generalizada, la ruina de las economías locales, la errónea percepción de la libertad religiosa que daña tradiciones de las que no queremos desprendernos y la complacencia con la tecnolatría, fenómenos que abocan a la postergación y desestructuración de todo aquello que nos es más cercano y que construye nuestras identidades.

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