Ir a contenido

La rueda

Toni Albà durante el pregón alternativo de la Mercè.

FERRAN NADEU / ELISENDA PONS

De payasos y salchichas

Jordi Puntí

Me parece que quitándose la peluca Toni Albà quiso hacer humor de autor. Fue un error

Un payaso no debería quitarse nunca la peluca en público. O desmaquillarse. Yo me imaginaba que los 'augustos' y 'carablancas' se lo transmitían los unos a otros como un rito iniciático de broma. Lo digo porque me sorprendió que lo hiciera Toni Albà, durante la lectura del 'off-pregón' del pasado jueves para inaugurar la Mercè.

Por lo que he visto en Youtube, la gente se lo pasó bien y le siguió las gracias. De eso se trataba, de hacer una fiesta paralela. Aunque en este caso me parece que la reacción al pregón oficial fue exagerada y con un punto de histerismo colectivo, no lo veo como una mala idea: ojalá cada año se hiciera un pregón alternativo al oficial  y quizá con los años un pregón alternativo al pregón alternativo... Sin embargo, hacia el final de su parlamento Albà se quitó la peluca de Felipe V y, cambiando de tono, explicó los motivos del sarao. Error: la sátira lo lleva todo incorporado, realidad y crítica.

Aunque de entrada no tenga nada que ver, el gesto de Toni Albà me recuerda una noticia banal que leí hace unos días. Mi cabecita hace estas cosas. El titular decía: «Hot dogs de autor para un bar de Nueva York», y explicaba que chefs de renombre, como Carme RuscalledaAlbert Adrià o Joan Roca, habían creado un perrito caliente especial para un bar de cócteles de Manhattan. Ya sabemos que los chefs son los nuevos intelectuales, pero me inquieta esa etiqueta 'de autor'. He perdido dos minutos en Google y he visto vinos de autor, viajes de autor, parqué de autor e incluso fondos de inversión de autor.

Me parece que, quitándose la peluca, Albà quiso hacer humor de autor, es decir, no calculó bien su papel. Como ocurre con los chefs que pretenden dar prestigio al hot dog (y quizá acabe siendo al revés: que la salchicha los trivializa a ellos), la lección es que no hace falta que todo sea trascendente, y único, y tampoco hace falta que nos traten como si fuéramos imbéciles. Que solo era un pregón.