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La tiranía de los padres

Bernat Gasulla

Muchos padres deberían aceptar que los hijos no son su reflejo, sino individuos diferentes

Un padre y una madre han de velar por sus hijos. Un padre debe procurar el bienestar de su prole y darle manutención, salud y educación. Cuando crecen, un padre debe demostrar a sus hijos que no todo en la vida se consigue sin un mínimo esfuerzo. Pero un padre y una madre no deben proyectarse en sus descendientes hasta el punto de anular su personalidad y, en ocasiones, su existencia. Un padre no es un gurú que, bajo la coartada de la transmisión de unos valores, guíe a unas reses sin criterio hacia lo que él considera que es el paraíso. Dicho en plata, un padre debe procurar que sus hijos aprendan a buscarse la vida.

Entre todos hemos conseguido que la institución familiar, que debería ser un trampolín de la realización personal, se haya convertido en demasiadas ocasiones en una fábrica de chantajes emocionales, coacciones y cortapisas. En una tiranía amorosa. Y también en un pésimo modelo para los más jóvenes. Nuestro compañero Víctor Vargas nos explicó no hace mucho cómo el hooliganismo de muchos papás en los campos de fútbol de categorías inferiores refleja las frustraciones de los mayores proyectadas en sus descendientes.

No es fácil ser padre. No reparten títulos ni carnets. Tampoco es una cuestión sobre la que sea sencillo dar o aceptar consejos. Pero la sociedad debería disponer de mecanismos para proteger a muchos niños de sus padres. Salvando las distancias, los pequeños deberían ser protegidos tanto de los padres que se pasan (esos papis profesionales que se empeñan en demostrar lo guais que son a costa de la integridad de su hijo) como de los que se quedan cortos (los que abandonan, maltratan o manipulan a los menores). Ya les imponemos demasiadas cosas, muchas de ellas porque no hay alternativa. Dejémosles que vivan su vida.

Esta semana ha aparecido en un domicilio de Girona el cadáver de un niño de siete años. Sus padres convivieron durante semanas con el cadáver. Sus padres, defensores de la medicina alternativa, negaron la evidencia de la muerte y sometieron a la familia a un ritual macabro entorno el cuerpo del pequeño. Eran sus padres. 

 

  

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