28 mar 2020

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La trabazón de política y religión

Cuatro años de la primavera árabe

Antoni Segura

El pasado reciente no invita al optimismo sobre un futuro democrático en los países de Oriente Próximo

Hace cuatro años se miraban con esperanza unas revueltas por la dignidad en las que confluían todos los elementos (jóvenes, movimientos sociales, sindicatos y oposición, profesionales liberales y clases medias -muy débiles- y sectores confesionales críticos pero minoritarios) necesarios para el cambio político en los países árabes. Al final, también los grandes partidos islamistas (Hermanos Musulmanes, Ennahda) apostaron por esa primavera, que, desde unos desconcertados medios occidentales, se atribuía sobre todo a la capacidad de movilización de las redes sociales, ignorando la complejidad del proceso y la importancia en la formación de opinión de un medio como Al Jazira. Incluso Obama bendijo el cambio cuando advirtió a la cúpula militar egipcia de que el proceso no se podía detener: o dejáis caer a Hosni Mubarak u os arrastrará también a vosotros y vuestros negocios.

De aquella esperanza queda la transición democrática de Túnez, a pesar de la presión violenta de los salafistas y la proximidad de una Libia en quiebra libre, donde hay milicias del Estado Islámico (EI), y de una Argelia que limita con el radio de acción de Al Qaeda en el Magreb Islámico. La matanza del Museo del Bardo el pasado 18 de marzo ha tocado la línea de flotación de la economía tunecina, el turismo. Habrá que ver si esta vez los gobiernos occidentales también miran impasibles cómo se hunde el barco.

El pasado reciente no permite el optimismo. Desconcertados o indolentes, los países occidentales parecen meros observadores. Silencio cuando Arabia Saudí aplastaba la revuelta de Bahréin -un país de mayoría chií gobernado por una dinastía suní-, que tenía su origen en la protesta de las Trade Unions contra una reforma laboral muy dura. Riad enmascaró en clave de oposición sectaria y religiosa -sunís contra chiís- un conflicto social. También silencio mientras el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, bajo la sombra de Teherán, practicaba una política sectaria contra la minoría suní. Más silencio cuando en julio del 2013 el Ejército egipcio daba un golpe de Estado militar, encarcelaba a Mohamed Morsi -que se había excedido imponiendo políticas confesionales pero que había sido elegido en las urnas e intentó desmantelar la cúpula militar de Mubarak- y emprendía una represión feroz contra unos Hermanos Musulmanes de nuevo ilegales. Riad aplaudía y Doha y Ankara condenaban el golpe. De rebote, una intervención torpe en Libia y una no intervención/intervención bajo mano en Siria, donde el régimen de Bashar al Asad, que solo contaba hace un año con el apoyo de Moscú, Pekín y Teherán, parece hoy indispensable, incluso para Washington, para detener al EI.

Como colofón, la decisión de la Liga Árabe de crear una fuerza militar conjunta de 40.000 soldados con apoyo aéreo y naval. Una decisión tomada para frenar a los rebeldes hutis -chiís con el apoyo de Irán- en Yemen, pero que no se adoptó para combatir la presencia de Al Qaeda desde hace más de una década o para detener la guerra civil que desangra al país. Solamente Irak ha mostrado ciertas reservas.

El wahabismo, versión ultraconservadora y antichií del islam, ha sido la base de la legitimidad del poder político en Arabia Saudí. La financiación de grupos radicales, que luego escapan a cualquier control, ha favorecido su presencia. El EI es el último fruto y ha incendiado de nuevo Oriente Próximo. Ha consolidado un territorio socializando el terror, dispone de recursos económicos y militares y tiene una política comunicativa atrayente para los jóvenes musulmanes europeos, incluso para los conversos. ¿Qué no se está haciendo bien para que estos jóvenes se conviertan en lobos solitarios, se agrupen en células para atentar en Europa o viajen a Siria para participar en la yihad?

El acuerdo de Lausana (pendiente de la letra pequeña y del visto bueno del líder supremo iraní, Alí Jamenei) del 2 de abril entre la comunidad internacional (EEUU, Reino Unido, China, Francia, Rusia y Alemania) y Teherán sobre el programa nuclear iraní mueve las fichas en el tablero: Riad y sus aliados ya han manifestado sus recelos y Binyamin Netanyahu su rechazo, pero las capitales occidentales saben que para combatir al EI y estabilizar Oriente Próximo precisan de Teherán. Quizá Obama piensa que lo que no consiguieron las revueltas aniquiladas por el totalitarismo y el fundamentalismo se puede conseguir ahora con la diplomacia. Sin embargo, no podrá haber avances significativos (ni con las armas ni con la diplomacia) si las sociedades árabes no llevan a cabo al mismo tiempo un debate que resulta inaplazable: son las urnas y no la religión las que legitiman el poder político, el resto son dictaduras y el EI no es el islam.