28 nov 2020

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Gente corriente

Oriol Camerino: «El médico tiene que explicar, no solo recetar»

CATALINA GAYÀ

La chica del Manantial de la Salut explica a esta cronista que los martes el doctor Oriol Camerino pasa consulta gratis. «Hay cola», advierte. Tiene razón. Cuando empezó la crisis, Camerino decidió que tenía que hacer algo. «Soy médico, así que puedo ayudar a través de mi profesión. No es necesario que vaya a África».

-¿Cómo se pone en contacto con el Manatial de la Salut?

-Un laboratorio había organizado una excursión a Montserrat para conocer plantas. Me invitaron y conocí a los propietarios del Manantial.

-Es especialista en medicina biológica. ¿Me la define?

-La medicina biológica intenta dar una explicación a la enfermedad en su conjunto. Tiene una idea holística de la salud. La enfermedad no pasa por casualidad. Es fruto de un proceso global. ¿Le pongo un ejemplo?

-Por favor.

-Usted puede tener una tendencia a una alteración del pH. Esto puede deberse, entre otros motivos, a que no duerme bien. Y no duerme bien porque está muy preocupada. La solución pasa por reequilibrar el pH, pero también por dormir mejor, quizá con suplementos de melatonina, y, además, por cambiar la percepción del estrés. Y, si es necesario, incluso se puede administrar un fármaco.

-¿Y cómo llega a esta medicina?

-Me licencié en Medicina en el Hospital Clínic, en 1981. Antes de licenciarme ya no estaba satisfecho con los tratamientos que solo prescribían fármacos. Me parecían parciales, así que empecé a leer otro tipo de libros.

-¿Dónde encontraba esos libros?

-Fui a un consultorio de un médico hindú. Llegué ahí porque alguien me habló de él, y me convertí en su alumno. Discutíamos de medicina, de filosofía, de acupuntura... Era fascinante. Iba a la facultad y cuando salía, me iba a la consulta y hacíamos discusión clínica de todos los casos.

-¿Quién le habló de él?

-No lo sé. Ni siquiera sé cómo llegó a Barcelona. Tenía muchísimos pacientes. Como ahora, el boca a oreja funcionaba. Ahora, con la crisis, por ejemplo, hay mucha más gente que se acerca a la medicina biológica.

-¿Y la clase médica?

-Es otra cosa. La clase médica, y yo me incluyo, necesitamos evidencias científicas. Le pongo un ejemplo: cuando te presentan un fármaco, se han hecho estudios que han costado millones de euros, y eso genera evidencias. En la medicina biológica no hay tantos recursos. Hasta hace poco no había formación en la universidad. Ahora está cambiando y ya hay másteres. Incluso hay una diplomatura oficial para ejercer acupuntura y homeopatía. Luché, desde la junta de acupuntores del Colegio Oficial de Médicos, para que fuera posible.

-¿Y cómo llegó a hacer consultas gratuitas?

-Si tengo la suerte de haber estudiado Medicina y ganarme la vida haciendo lo que me gusta, he de dar algo a cambio. ¡Qué mejor que ayudar ejerciendo mi profesión! Es cuestión de responsabilidad. Ya recuerdo cómo llegué al maestro hindú.

-¿Cómo?

-Tenía reumatismo. Mi padre, que era un botiguer del Eixample, era un hombre con una mente muy abierta. Me hablaba de los lamas, de la medicina tibetana... Supongo que en casa me enseñaron a tener una mentalidad abierta.

-¿Y qué dijo de su inconformismo con la medicina?

-¡Mis amigos eran los que se sorprendían! Hasta fui a Pekín para completar mi formación como acupuntor. Supongo que yo he buscado el camino del medio.

-¿Por qué lo dice?

-Cuando era joven, era más radical. Aunque siempre entendí que la medicina alopática y la biológica se complementan. Con la edad he llegado a un equilibrio.

-¿Y qué entiende por equilibrio?

-¿En medicina? Los médicos tenemos que hablar un lenguaje global. Siempre he creído que el médico es como si fuera un maestro. No solo tiene que recetar, debe explicar. Tiene que estudiar muchísima medicina clásica, interna, filosofía, un poco de psicología, medicina biológica... Para empezar a ser bueno en algo, que los circuitos neuronales se interconecten, hay que dedicar un mínimo de ocho horas diarias durante 10 años. Supongo que por eso no soy buen músico.

-¿Perdón?

-Tengo un grupo de música con unos amigos, pero, claro, no le puedo dedicar tantas horas.