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La difusión de información diplomática secreta

Wikileaks, ¿caramelo envenenado?

Francisco Veiga

Pueden andar por ahí intereses deseosos de partir por el eje la presidencia de Barack Obama

Según pasan los días, se va instalando un estado de creciente confusión en torno al alcance real de las filtraciones de Wikileaks. Contribuye a ello la escasa valoración de la fuente que están haciendo los medios que publican (e interpretan) ese material. Algo lógico, por otra parte, dado que Wikileaks está intentando usar a los medios a los que cedió material como paraguas cara a posibles acciones legales de los gobiernos. Los acuerdos con esos periódicos resultan opacos, y en la publicación de las filtraciones parecen mezclarse idealismo con explotación política y beneficio empresarial. Ahí está el caso de The Washington Post, que publica el material cedido por The Guardian, con el cual tiene un acuerdo de colaboración, y no por Wikileaks, con quien no firmó nada. Acuerdo que algunos medios, por cierto, rechazaron por inadmisible. El hecho de que, al parecer, hayan desaparecido algunos cablegramas publicados en la web Wikileaks añade más confusión.

Cabe la posibilidad de que la aventura de publicar ese material, hasta donde se llegue, pudiera resultar un caramelo envenenado para los periódicos en cuestión, sobre todo si se negaran a publicar determinada información muy comprometedora y se enfrentaran a Wikileaks. O si terminaran por aflorar irregularidades: por ejemplo, si al final resultara que algunos documentos no fueran originales.

En líneas generales, el volumen y continuidad de las filtraciones parecen dejar en evidencia que difícilmente pueden ser fruto del oportunismo puntual de una fuente, sino de un trabajo bastante profesional en el que intervienen varias personas con un buen nivel de preparación. Solo la labor previa de evaluar y escoger más de 250.000 documentos parece una tarea alejada de las capacidades supuestamente sobrehumanas de una sola cabeza de turco. Y menos del joven soldado Bradley Manning. Por lo tanto, en el fenómeno de Wikileaks hay algo más. ¿Qué es? Esa es la pregunta del millón.

Como respuesta, la idea de que tras la filtración haya intereses poderosos sería la más cabal. No olvidemos que el estilo aparentemente contracultural y juvenil de la iniciativa de Wikileaks está en la misma línea de la ya célebre pero extraña entrevista de Rolling Stone que la pasada primavera le costó el puesto al general McChrystal. Incluso se habla de que el torrente de filtraciones de Wikileaks puede servir para disimular un puñado de documentos que serían los que realmente interesa airear por los efectos concretos que pueden provocar. Si se materializara cualquiera de estas posibilidades, el sentido del conjunto cambiaría radicalmente.

Hay a quien se le llena la boca con «nuevas eras», «información al alcance de cualquiera», «nuevo periodismo» y grandilocuencias por el estilo que, normalmente, no asumen los profesionales de la prensa. En realidad, las filtraciones masivas de Wikileaks tienen ya perfil de operación ofensiva, en la línea de las nuevas ciberguerras, dirigida en este caso contra los diversos órganos e instituciones de la política exterior de EEUU. Lo interesante del caso es que los enemigos no tienen por qué ser ya los chinos, los iranís, los israelís y facilones sospechosos habituales. Esta vez podrían andar por ahí intereses deseosos de partir por el eje la presidencia de Obama, o agravar la crisis internacional para especular más y mejor, vaya usted a saber.

Pero es innegable que el impacto de la operación ha sido descomunal, no tanto por el interés de lo filtrado, que es desigual, como por la incapacidad de la seguridad estadounidense para detener el goteo. La debacle no anda lejos de la asumida por EEUU a raíz del 11-S, y esa es la cuestión central de todo este asunto. Si en vez de cablegramas, los archivos hubieran vomitado papeles en blanco, el valor del gesto hubiera sido similar.

Por lo tanto, el análisis correcto sobre el alcance del fenómeno de Wikileaks no debería quedarse en el comentario de los chismorreos que destilan algunos de los documentos, dado que a veces los funcionarios y agentes les ponen colorido a los informes, añadiendo cotilleos locales, o incluso aderezo de imaginación. Ojo también con el hecho de que estamos leyendo informes aislados. Como comentaba un amigo periodista, es como abrir un libro por dos páginas al azar, y explicar en un artículo toda la trama. Cuando los historiadores estudian archivos diplomáticos desclasificados, se leen series completas, a veces con decenas de informes, lo que incluye el análisis de cómo el diplomático-narrador cocina sus informes para que los lea su superior.

Todo ello no quita que haya un porcentaje muy elevado de diplomáticos que son altamente eficientes. Es más: muchas veces son los únicos expertos reales en terceros países, incluso contando con que tiran de los truquillos del oficio, como todo el mundo, y en cualquier profesión. Por ello, también deberíamos considerar que la filtración de la documentación reservada de cualquier estamento profesional, o la grabación inadvertida de conversaciones, posiblemente nos pondría los pelos de punta a los demás.

Profesor de la UAB, Eurasian Hub, Grup de Recerca en Història Actual.

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