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CRÓNICA

El arte de Piotr Beczala

El tenor polaco regresó al Liceu con un aplaudido concierto de arias

Pablo Meléndez-Haddad

El tenor polaco Piotr Beczala. 

El tenor polaco Piotr Beczala.  / A. BOFILL

Con una ovación el público liceísta despidió el sábado a Piotr Beczala en el regreso del tenor polaco al escenario de La Rambla. Se le añoraba después de su inolvidable 'Werther', pero también por el formato: cuesta ver en el Liceu a un cantante en plenitud con un programa cargado de clásicos acompañado de orquesta. Porque la idea era, precisamente, ofrecer una velada de alta tensión tenoril, y eso fue lo que se consiguió, con un Beczala en plena ampliación de su repertorio hacia un terreno más dramático y heroico. Y si encantó con sus arias de 'Tosca' –una en el programa, otra de propina– es porque en febrero debutará con Cavaradossi en Viena, personaje que ya tiene plenamente asimilado, tal y como demostró en este concierto.

Asimilar el personaje: es la única manera de que el canto lírico, artificioso por antonomasia, se transforme en verdad. Y Beczala lo consiguió desde su primera intervención, cuando interpretó 'Quando la sere al placido', de Luisa Miller, título con el que regresará al Liceu en julio después de cantarlo en Nueva York. Con un fraseo matizado, utilizando esa técnica que le permite colorear, tirar de reguladores y subir al agudo con aparente tranquilidad, el cantante polaco convenció igualmente con su Radames en una 'Celeste Aida' coronada con un pianísimo, efecto que no buscó en el aria de Don José, bastante más penalizada con ese ornamento que gusta y sorprende (papel que ha debutado este año). Todo ello dramatizado con pequeños golpes de glotis que hacían su canto más expresivo. Con una dicción clara y transparente, Beczala, que durante la actuación no consiguió despeinar al público a pesar de sus proezas vocales, al final sí que lo logró, quizás por ese bien pensado crescendo emocional que propuso en la segunda parte, en la que reinaron los personajes puccinianos y otro papel que se mostró a punto de caramelo en su voz: Andrea Chénier. Su Maurizio de 'Adriana Lecouvreur' –un aria en el programa y otra de propina, rol que debutó hace un año en Viena– fue igualmente impactante, coronando la velada con un 'Nessun dorma' de muchos quilates a pesar de que en el agudo final se quedó algo corto de fiato, detalle que no fue obstáculo para levantar a parte del público de sus asientos. También gustó, y mucho, en el aria de 'Halka', del aquí desconocido Stanislaw Moniuszko, un compositor romántico polaco que convendría rescatar a tenor de lo expuesto.

Cavaradossi y Maurizio, como se ha dicho, aparecieron en el capítulo de propinas, junto a un sorprendente y lacrimógeno 'Turiddu' de 'Cavalleria', en la mejor línea tradicional y dramática. Beczala se mostró siempre cómodo y buena parte de esa sensación nacía del apoyo encontrado en una Simfònica liceísta que estuvo siempre por él, contando con la complicidad de un inspirado Marc Piollet desde el podio.