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CRÓNICA TEATRAL

Arquillué salta al vacío de 'Blasted'

El actor deja en el TNC un trabajo mayúsculo en el desolador e incómodo drama de Sarah Kane

José Carlos Sorribes

Marta Ossó y Pere Arquillué, en una imagen de Blasted, en cartel en la Sala Petita del TNC.

Marta Ossó y Pere Arquillué, en una imagen de Blasted, en cartel en la Sala Petita del TNC. / FELIPE MENA

La figura de Sarah Kane (1971-1999) es una referencia del llamado in year face theatre (en tus narices, traducción de una expresión acuñada por la prensa deportiva), una tendencia radical, contestaría y provocadora de un grupo de jóvenes dramaturgos británicos de los 90. Entre ellos, estaba el hoy aclamado Martin McDonagh, director de Tres anuncios en las afueras, que antes de ser candidato al Oscar ya era un enorme autor teatral. Kane se suicidó en la habitación de un hospital con solo 28 años, dejando como legado cinco obras dramáticas y el guion de un corto.

La primera de ellas, Blasted (reventado o bombardeado en inglés), es una bomba y se ha estrenado, dirigida por Alícia Gorina, en la Sala Petita del TNC, con un enorme trabajo de Pere Arquillué, bien acompañado por Marta Ossó y Blai Juanet. De Kane también se presentó aquí el aplaudido y terrible monólogo Psicosi de les 4.48, su obra póstuma. Piezas que denotan la zozobra de una joven con una vida rota por sus depresiones. Pero también una mirada al mundo terrible y descorazonadora.

Dos amantes en un hotel de lujo

Explicó la autora que la guerra de los Balcanes, y en concreto la matanza de Srebrenica, tuvo una influencia en la escritura de Blasted, pieza que hace un tránsito rotundo de lo personal a lo global. El texto presenta el reencuentro en un hotel de lujo de Leeds de dos amantes: un veterano periodista de prensa amarilla enfermo (Arquillué) y una joven que sufre desmayos ocasionales (Ossó). Él no puede ser más despreciable (un cretino xenófobo) y ella parece un pajarillo incapaz de volar lejos de su compañía.

A Kane, que no abre la puerta con facilidad al espectador, no le preocupa detallar de qué forma saltó la chispa entre ambos. Sí le interesa mostrar a ritmo lento, con pausas y silencios tan propios de Harold Pinter (el nobel que aplaudió su irrupción en el teatro británico contra la opinión inicial de la crítica), el combate entre ambos, duro, con evidente carga sexual, violento, y que nos interpela como espectadores. Porque es una obra incómoda, desoladora, que puede dejar fuera de juego a quienes no se sumerjan en su atmósfera densa, irrespirable.

De maltratador a víctima

Esa esfera privada es el germen de la violencia que en el acto final de Blasted salta a un contexto global. La guerra, y un soldado (Blai Juanet), destrozan el hotel de lujo, que deviene un lugar posapocalíptico. Si Kane escribió con los Balcanes en los informativos, hoy Siria, Irak o Afganistán ocupan su lugar. El amante maltratador pasa a ser la víctima. No hay perdón para los malvados, le viene a decir el soldado. Sí lo tendrá, sin embargo, en un final beckettiano con un mínimo rayo de esperanza. Blasted es también, de algún modo, una historia de amor. Cero convencional, cierto.

Tampoco lo es el descomunal y minucioso trabajo de Arquillué en el salto al vacío de una obra como Blasted. Salir de la llamada zona de confort reactiva a intérpretes de su calibre en un montaje que también revela la admiración que tiene Gorina por Kane. Se manifiesta, por ejemplo, en la brillante deconstrucción del espacio escénico, que firma Sílvia Delagneau, tan importante como lo que se ve y se dice a lo largo de un viaje infernal. 

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