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CRÓNICA

Mucha Sílvia Pérez Cruz en el Tívoli

La cantante fundió su exuberancia vocal con el atrevido formato del quinteto de cuerda en la puesta en escena del disco 'Vestida de nit'

Jordi Bianciotto

Sílvia Pérez Cruz, en el Tívoli

Sílvia Pérez Cruz, en el Tívoli / FERRAN SENDRA

En los recitales de Sílvia Pérez Cruz siempre hay ese punto de efervescencia que va más allá de la ovación a unas interpretaciones y que responde a una identificación del público con una idea de belleza y de coraje. La cantante de Palafrugell es, a ojos de sus admiradores, la creadora libre que ha alcanzado el éxito sin perseguirlo desesperadamente, ignorando los conductos ordinarios y valiéndose ahora de un formato tan atrevido como el quinteto de cuerda, su aliado en los conciertos de este viernes y sábado en el Tívoli.

Sí, Sílvia Pérez Cruz podría haber elegido otro modo de canalizar su talento, acogiéndose quizá a sonoridades más convencionales y ajustándose a los clichés de éxito en lugar de crear una casilla nueva, pero su modo de hacerlo tiene como consecuencia un vínculo muy hondo con la audiencia. Y ella responde con su particular combinación de naturalidad y divismo: comportándose como una ‘amateur’ al buscar por los suelo, entre risas, el tapón del pinganillo perdido cuando cantaba la pieza brasileña ‘Asa branca’ (“¿dónde estará? ¡Ay, madre!”), y disfrutando luego, clavada en la silla, seria y sin pestañear, de una larguísima ovación al término de ‘No hay tanto pan’.

Inicio 'a cappella'

La gira de ‘Vestida de nit’ es un nuevo éxito de esta artista indudablemente valiente, que en el Tívoli abrió la noche sin protección, abordando ‘a cappella’ piezas catalanas como la ‘Cançó del lladre’ y ‘Per tu ploro’. Gran diversidad de palos a los que el quinteto dio cobertura con refinamiento y cierto sentido de la aventura: la venezolana ‘Tonada de luna llena’, el fado ‘Estranha forma de vida’, o esa ‘Carabelas nada’, de Fito Páez, que sorteó tratamientos complacientes y jugó con ideas de vanguardia. Una ‘Mechita’, canción criolla peruana, sobre un mosaico de notas en ‘pizzicato’, y un ‘Folegandros’ que dedicó a Carme Canela, “maestra de canto y de vida”.

Canciones que en su voz pueden llegar a traspasar los límites de la partitura y poner en peligro ciertos materiales sensibles. La hermosa melodía de ‘Corrandes d’exili’ quedó desdibujada por la interpretación exuberante. La artista, sentada, golpeando el suelo con un pie y alzando los brazos con énfasis y cerrando los ojos, construyendo su catedral del canto sobre el único sustento del violoncelo de Joan Antoni Pich. Mucha Sílvia Pérez Cruz.

Con los músicos, su “pequeña sociedad”, dijo, demostró haber creado un sólido marco de complicidades, que derivó hacia la celebración cuando al quinteto se sumaron otros dos violinistas, los suplentes de la gira. Una de las carencias de Sílvia Pérez Cruz es la de composiciones propias suficientemente reconocidas para culminar el concierto, y por ello la vemos recurriendo en ese punto a Cohen, Morente o Chicho Sánchez Ferlosio. Aunque esa ‘Vestida de nit’ compuesta por sus padres es casi como si fuera suya, y su melancolía, y su melodía, esa sí, recorrida sin desvíos, desprendió una luz genuina en el clímax de la noche.