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CITA CONTRA EL CALENTAMIENTO GLOBAL

Alemania flaquea en su lucha contra el cambio climático

El país anfitrión de la COP23 congela ayudas a las energías renovables y apenas reduce el uso del carbón y las emisiones de CO2

Carles Planas Bou

Central térmica alimentada con carbón de Jaenschwalde, en el este de Alemania.

Central térmica alimentada con carbón de Jaenschwalde, en el este de Alemania. / AFP / PATRICK PLEUL

Durante muchos años Alemania ha sido un referente ecológico. Proclamada potencia líder en la transición hacia un modelo energético verde, impulsó un programa para incentivar las energías renovables que ha conseguido que hasta el 35% de la electricidad que se produce actualmente en el país provenga de fuentes limpias. Los récords en abastecimiento nacional de energía eólica y solar se baten recurrentemente y los alemanes son líderes en consumo de productos ecológicos. La conciencia social les ha convertido en un ejemplo entre las grandes naciones industriales. Aun así, algo falla en el modelo climático germánico.

Por su hegemonía en Europa y tras la llegada de un negacionista climático como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, la voz de Berlín y de la cancillera Angela Merkel ha ganado fuerza en defensa del Acuerdo de París. Sin embargo, Alemania se ha estancado en la lucha contra el cambio climático. Francia y Suecia son los países que más se esforzaron el año pasado según el Climate Change Performance Index. Alemania se sitúa en el número 29 de la clasificación, en camino de "incumplir sus objetivos de reducción de emisiones contaminantes para el 2020", que proponen un recorte del 40%. Además, hasta 12 países de la Unión Europea consumen más energías renovables que la primera potencia económica.

Adictos al carbón

Por mucho que invierta en renovables, los objetivos climáticos alemanes no se cumplirán sin un abandono de las materias más nocivas para el planeta. En los últimos cinco años los subsidios a la energía verde apenas han crecido. A eso hay que sumarle que Alemania aún depende de fuentes altamente contaminantes como el carbón, que representa un 40,3% del total energético. De este, un 23,1% se debe al uso del lignito, el combustible fósil que emite más dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. Es altamente contaminante, pero también más barato que otras fuentes. El daño medioambiental del lignito alemán se calcula en 16.800 millones de euros.

Ningún otro país en el mundo utiliza tanto lignito como Alemania. El consumo y la producción de carbón apenas se han reducido en las dos últimas décadas. Aunque se espera que el próximo año se debata políticamente sobre el caso, los expertos apuntan a que las negociaciones domésticas para poner en marcha un plan que cumpla con el Acuerdo de París están "dominadas" por los "intereses egoístas" de la industria del carbón y de otras energías sucias.

Esta doble cara se ilustra en la Convención Climática (COP23) que se celebra estos días en Bonn. Muy cerca se encuentra la compañía minera alemana RWE, la más contaminante de Europa, que planea la expansión de sus dos mayores minas de Hambach y Garzweiler. Siete de las 10 compañías más contaminantes del continente son alemanas; todas explotan lignito. Esa contradicción ha hecho que las emisiones por persona crecieran en el 2013 y el 2015.

Adiós a las nucleares

Tras el accidente en la central nuclear japonesa de Fukushima, en el 2011, Merkel anunció el cierre de todas las plantas nucleares del país para el 2022. Fue sobre todo un gesto de estrategia política para robarle el programa a los Verdes. Con este frente a punto de zanjarse, el nuevo enemigo a batir es el carbón. Seis años más tarde y con un liderazgo más mermado, nada apunta a que la cancillera asuma una posición más ambiciosa para relanzar a Alemania en la lucha contra el cambio climático.

¿Puede cambiar eso con la llegada de los Verdes al gobierno? Los ecologistas han hecho de la agenda climática su principal lema, pidiendo que se cierren las 20 centrales de carbón más contaminantes y que se fijen fechas para el abandono de esta energía. Sin un plan para reducir los gases de efecto invernadero no seguirán hablando. Pero al otro lado de la mesa ni conservadores ni liberales están dispuestos a regular un sector energético de gran peso económico y que da trabajo a miles de alemanes. Ante la reducción de las nucleares, Alemania se encuentra ante otra contradicción: sin una transición limpia más rápida y ambiciosa seguirá dependiendo del carbón.

Indicios para la esperanza

Más allá de la falta de ambición política o las reticencias de los lobis de la llamada industria sucia, la presión se traslada a la calle. Alemania cuenta con el movimiento ambientalista más fuerte del mundo, según asegura la activista Naomi Klein en el libro ‘Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima'. La sociedad alemana tiene conciencia climática. Una encuesta realizada en agosto señalaba que el 71% de la población tiene el cambio climático como principal preocupación. Una mayoría abrumadora también apoya el Acuerdo de París así como acepta pagar más en su recibo de la energía si eso supone un mayor uso de renovables.

Esa presión ha llevado a la creación de cooperativas públicas que, siendo la mitad de las renovables del país, lideran la producción de energías limpias. Más allá del reciclaje diario, de esa conciencia social también han nacido interesantes iniciativas locales que van desde abandonar el uso del plástico por parte de la Administración pública de Hamburgo hasta construir un barrio sostenible en Freiburgo o prohibir los coches contaminantes en Stuttgart. Aunque el masivo fraude de manipulación automovilística liderado por Volkswagen y Daimler y el silencio cómplice de Berlín suponen un lastre escandaloso para el medioambiente, también se ha impulsado el uso de vehículos ecológicos como la bicicleta y de medios menos dependientes de los combustibles fósiles como el transporte público.

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