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Pequeñas rohinyás: casadas por el hambre

Los matrimonios de menores de este grupo étnico se han multiplicado desde la expulsión, en septiembre, de más de 700.000 rohinyás de Birmania. Asistimos a la boda de una niña de 15.

Ricard Garcia Vilanova

Toyoba tiene 16 años y siete hermanos. La segunda cifra ha pesado más que la primera para determinar su futuro. Pese a que es menor de edad, sus padres han decidido casarla porque no pueden alimentar a todos sus hijos. Malviven hacinados en  condiciones deplorables en el campo de refugiados de Kutupalong, en Bangladés.

Anwara, como madre, justifica que no la han arreglado con cualquiera. "Las raciones de comida son insuficientes, pero la casamos con un buen chico y ella se irá a vivir a la tienda de la familia de su marido, no muy lejos de aquí". Toyoba no esconde que detesta la idea de dejar a su familia. "Los echaré de menos, a mi futuro marido no lo conozco, aún no he hablado con él".

"Echaré de menos a
mi familia: 
a mi
futuro marido
aún no lo conozco", explica Toyoba,de 16 años

Los matrimonios de menores no son ninguna novedad entre los rohinyás, que por tradición han casado a las niñas desde muy pequeñas. Sin embargo, los casos se han multiplicado de forma exponencial desde la última expulsión de más de 700.000 personas de esta comunidad de Birmania el pasado septiembre. Según la Organización Mundial de Inmigración (OMI), una de las causas es que el racionamiento de alimentos mensual que reciben no les alcanza para saciar el hambre de todos los miembros de estas familias numerosas.

Casar a las hijas y librarse de una boca que alimentar no sale gratis. Los padres de Dil Ankis, de 17 años, están esperando reunir los 50.000 BDT (casi 500 euros) de la dote. Su padre, Sayedul Amin, explica que tiene un solo varón y siete niñas. Dil Ankis es la segunda, y "hay dos más en edad de casarse". Tienen 14 y 15 años.

La OMI ha documentado matrimonios de esta minoría musulmana en los que las novias no superaban los 11 años, y confirmó que muchos progenitores alegaban que lo hacían forzados para disponer de más comida para el resto de la familia.

La oenegé Help ha cifrado en cerca de 2.500 las mujeres y niños que han desaparecido en los campos desde septiembre, según sospecha, víctimas de mafias.

Demasiadas bocas que alimentar. / ricardo garcia vilanova

Las bodas de menores también son una de las formas que encuentran las familias para garantizar su seguridad. Es una alternativa al riesgo de que acaben atrapadas en las redes de tráfico que actúan en los campos. Según confirmó una investigación de la BBC el pasado mes de marzo, las principales víctimas son mujeres adolescentes y niños, que son tentados de salir de los campos con la promesa de una vida mejor y, en cambio, acaban siendo víctimas de la prostitución y de trabajos forzados.

Quizá por esa escasez de alimentos, las bodas en los campos de refugiados son, básicamente, un festín de comida. Este periódico fue invitado a la boda de Nur Fatema, una niña de 15 años en el mismo campo de Kutupalong, uno de los más poblados.

La casa de la novia

Ha llegado su día, hoy es la boda, pero no parece que vaya a ser el día más feliz para Nur Fatema. La muchacha se sienta en un rincón del que va a ser por última vez su hogar: la tienda de sus padres.

Cabizbaja y con la mirada perdida, no puede disimular el disgusto. Es jovencísima. Unos pendientes dorados le cuelgan de las orejas y la nariz y reposa las manos adornadas con jena sobre las rodillas. Aunque los adultos aseguran que tiene entre 17 y 19 años, ella corrige que no ha cumplido más de 15.

Hay quienes casan a las niñas porque creen que así las apartan de las redes de tráfico que actúan en los campos

Su padre, Abdur Rahman, cuenta que hace dos meses que arreglan el matrimonio con el hijo de otra familia conocida del pueblo donde vivían en Birmania. Explica que les urge más por necesidad que por gusto. "Nos dan 30 kilos de comida dos veces al mes (arroz, aceite, lentejas…), pero somos siete en casa y no nos llega para todos. La casamos porque tenemos problemas y tengo a dos hijas más pendientes de casar".

La niña lo mira con cara de desprecio mientras se coloca bien el pañuelo que le cubre la cabeza. "¿Estás feliz de casarte?". La pregunta la pilla por sorpresa y, como acto reflejo, se muerde el labio unos segundos para no soltar lo que realmente piensa. "Si mi madre es feliz, yo también lo soy", acaba por contestar, satisfecha de haber encontrado palabras políticamente correctas.

Una veintena de mujeres de la familia acompañan a Nur antes de que la venga a buscar el novio. Se amontonan con sus respectivas criaturas en los escasos metros que ocupa la tienda. Una de sus tías, Hamida Begun, explica, orgullosa, que ha tardado más de dos horas en dibujarle la jena tatuada en los brazos y en las piernas. La mayoría no tienen más ropa que la que llevan puesta, así que para la ocasión se han pintado la cara con pigmentos amarillentos.

La casa del novio

La casa del novio se encuentra a solo cinco minutos andando, pero requiere conocer el camino. El campo de Kutupalong es un auténtico hormiguero de tiendas alzadas sin calles, sin lógica ni orden alguno. La única numeración que existe se avista en lo alto de las colinas. Han colocado unas letras gigantes donde se lee 'Bloque A', 'Bloque B'… y dentro de cada bloque, que agrupa más de un centenar de tiendas, hay que buscar a los portavoces de cada comunidad y preguntarles por fulanito o menganito, y, con un poco de suerte, alguien les conoce y te sabe llevar hasta su tienda.

Nur Hakim, el novio, en el centro. / ricardo garcia vilanova

Nur Hakim se le ve contento, pese a su extrema timidez. Conocía a su futura esposa de Birmania pero hablaron por primera vez en el campo de refugiados y, justo una vez cumplida la mayoría de edad, sellará el compromiso. Viste una camisa azul eléctrico y el gorro islámico, del que le chorrean sin cesar gotas y gotas de sudor.

A partir de esta misma noche se instalarán en casa de los padres de él. La tienda cuenta solo con dos habitaciones para los ocho miembros de la familia (a partir de ahora, nueve). "Nos dejarán una habitación para nosotros solos los primeros días y después ya nos arreglaremos", añade Nur Hakim, mientras intenta disimular una sonrisa vergonzosa, como si hubiera pensado para qué le servirá esa intimidad.

La boda

Su familia también recibe la misma ración de unos 30 kilos de comida dos veces al mes, y pese a que a partir de ahora habrá una boca más, no les darán más cantidad. "No es suficiente, pero ya nos las arreglaremos", vuelve a soltar el novio, como si hoy no fuera día de pensar en las miserias.

Sobre las cuatro de la tarde, Nur Hakim va a buscar a Nur Fatema para llevársela a su casa. La deja en la 'habitación de los novios', donde esperará de rodillas hasta que termine la ceremonia (cuatro horas más tarde). Lo hará sin moverse, con la cara cubierta por un velo de topos dorados y acompañada de una decena de niñas que se turnan para abanicarla. Han colgado guirnaldas fucsias del techo, pero el ambiente es irrespirable. La temperatura es extremadamente alta debido al efecto invernadero que provocan los plásticos que hacen de pared sobre las cañas de bambú.

De fondo suena el 'Boom, Boom, Boom, Boom' de Vengaboys y otros 'hits' discotequeros del estilo. La música viene de la estancia contigua, donde los más pequeños luchan para hacerse un sitio y poder bailar dentro del corrillo.

Banquete de las mujeres y los niños. / ricard garcia vilanova

Menú para 100 personas

Poco a poco, el olor a especies picantes lo va impregnando todo. Han preparado sus tradicionales potajes de pollo para mezclarlo con arroz y llevárselo a la boca en pequeñas bolas amasadas con la mano. Los niños, los hombres y las mujeres comen por separado y por este orden. Hay menú para un centenar de bocas, toda una excentricidad para unas familias a las que les va hasta del último grano de arroz para alimentar cada día a todos sus miembros.

El líder religioso no se preocupa de si la novia es menor, pese a que Bangladés prohíbe estos matrimonios

Con el estómago lleno, llega el momento de recuperar parte del gasto. Esto es solo cosa de hombres. Sacan una mesa a la calle por donde van pasando los invitados para hacer una aportación económica y, a cambio, a modo de cortesía, reciben un cigarro o una hoja de betel, la tradicional mezcla de tabaco, nuez de cola y cal que les tiñe los dientes de rojo, y les produce un efecto tan estimulante como adictivo.

Pero aún no están casados. Cuando cae el sol, sobre las seis, se escucha el canto que llama a la oración. Los hombres acuden a la mezquita más cercana del medio millar que han aparecido en los campos (las mujeres rezan en casa). Y no es hasta después de la plegaria que el imán aparece para oficiar la ceremonia a la que, por cierto, la novia no está invitada. Tampoco el resto de mujeres.

En ningún momento el líder religioso se preocupa de si se trata de un matrimonio de menores, a pesar de que en Bangladés es ilegal. De hecho, ni tan solo se cruza con la novia, que continúa confinada en el cuarto de los novios. Una vez acabada la ceremonia religiosa ya solo queda la noche de bodas, esa noche en que Nur Fatema se hará mayor de golpe.
 

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