10 ago 2020

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muy seriemente

'Charité', las guerras médicas del XIX

Filmin nos recuerda que a ciegas la ciencia venció a terribles epidemias hace 140 años y nos interroga sobre qué hemos hecho mal desde entonces para que un virus le eche un pulso a nuestra especie

Carles Cols

El doctor Behring, en ’Charite’, a punto de descartar una cesárea, afortunadamente para la madre, mortalmente para la criatura.

El doctor Behring, en ’Charite’, a punto de descartar una cesárea, afortunadamente para la madre, mortalmente para la criatura. / FILMIN

En las plataformas seriófilas debería haber un rincón del ‘gourmet’ para producciones como ‘The Knick’ (HBO) y, la que ahora viene al caso, ‘Charité’, que habita en Filmin. La primera es una serie de culto. Dirigida por Steven Soderbergh, palabras mayores, relata el ascenso profesional y simultánea degeneración personal de un cirujano en el hospital Knickerbocker de Nueva York en el año 1900. La anestesia aún era una lotería. Los aprensivos deberían abstenerse de asomarse a sus 20 estupendos capítulos o, curiosa expresión, hacer de tripas corazón y zambullirse en ella. Desde 'muy seriemente' se recomienda lo segundo. De ‘Charité’, por su parte, se dice en ocasiones que es la versión alemana de ‘The Knick’. Es, literalmente, menos visceral, y para estos tiempos que dolorosamente nos ha tocado vivir es mucho más oportuna, pues la acción se sitúa en 1888, en la muy real La Charité Universitätsmedizin de Berlín, donde los doctores Robert Koch y Emil Adolf von Behring desarrollaron las curas contra la tuberculosis y la difteria, terribles epidemias entonces, letalmente mucho más temibles que el covid-19. ‘Charité’ es, resulta obvio, muy oportuna, pero también es aleccionadora, y no en el mejor sentido.

De 'Charité' se dice que es la respuesta alemana al éxito de 'The Knick', siempre, claro, que se acepte que los cirujanos del XIX eran del gremio médico

‘Charité’ no es en realidad el ‘The Knick’ alemán porque en la serie de Soderbergh el protagonista es, lo dicho, un profesional del bisturí, gente admirable, sin duda, pero que hasta bien entrado el siglo XIX no se la consideró del gremio de la medicina. Lo común era que el barbero de pueblo era a la par el cirujano de la comunidad. O viceversa, si se prefiere. Decía Hipócrates en el año del catapún antes de Cristo que la guerra es la escuela del cirujano, y era bien cierto. El campo de batalla de Koch y Behring, en cambio, era otro, tan minúsculo que había que observarlo a través de un microscopio. Que a Behring se le ocurriera inocular a los pacientes suero sanguíneo de animales que habían sobrevivido a la enfermedad parecía, de entrada, un sinsentido. Nadie intuyó que en aquel líquido, apartadas ya las células de la sangre, pudiera haber un remedio en forma de invisibles anticuerpos. Acertó.

El doctor John Thackery, protgonista de 'The Knick', tienta a la suerte con una cesárea. / AHBO

‘Charité’ no es solo una dramatización de aquellas hazañas médicas. Es mucho más. Es un retrato sin almíbares de aquella década decimonónica en que el antisemitismo ya latía en Alemania, gentes de otras etnias se exhibían en el Zoo de Berlín como presuntos caníbales y a las mujeres se las trataba como a párvulos incapaces, lo común en la mayor parte del mundo entonces, cierto, pero aderezado todo ello con mentalidad prusiana, que se dice pronto.

Como serie es notable, pero resulta descorazonadora porque invita a preguntarse, en plena cuarentena, qué fue de aquella primacía europea en la investigación médica, porque mientras Alemania, en la época que retrata ‘Charité', puso las bases para encontrar un remedio a la tuberculosis, el tifus, la lepra, el tétanos, la sífilis y otras enfermedades terribles, Francia, ahí es nada, contribuía a la salud mundial con la escuela de Louis PasteurKoch no era, por supuesto, solo un alma altruista. Parece que la cabaretera Hedwig Freiberg, 29 años más joven que él y que terminó siendo su segunda esposa, era un aliciente para buscar la fortuna en el hallazgo de una vacuna eficaz, pero de lo que no hay duda es de que tenía claro cuál era el enemigo a derrotar, algo que no se puede afirmar con rotundidad de la industria farmacéutica moderna, una perfecta caja registradora si de proporcionar medicamentos de uso permanente se trata (antidepresivos, ansiolíticos, anticoagulantes…), pero que según no pocas voces invierte rácanamente, por ejemplo, en los próximos antibióticos, porque, total, los pacientes los toman solo una semana y sanan. Mal negocio. Cualquier mal día a una bacteria le entra envidia de los virus y nos da un susto del tamaño del covid-19. Tal vez el visionado de ‘Charité’ debería ser aconsejable en las facultades de Medicina y obligatorio en las consejerías y ministerios del ramo.

Salud a todos.