Marea ecologista

De las calles al poder: Los partidos verdes florecen en Europa

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Annalena Baerbock, ministra de Exteriores de Alemania y líder del partido verde

Annalena Baerbock, ministra de Exteriores de Alemania y líder del partido verde / Andreas Gora / EFE

Carles Planas Bou

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El 13 de enero de 1980, una conjunción de movimientos progresistas, entre ellos el ecologista, el antinuclear y el pacifista, se unieron en Alemania para dar a luz al primer partido verde de su historia. Después de 43 años y una importante metamorfosis, la formación ostenta una posición de poder en el Gobierno alemán y condiciona el rumbo de la cuarta potencia económica del mundo.

Ningún caso ejemplifica mejor la evolución del ecologismo político, especialmente en la Unión Europea (UE). En las últimas décadas, esta corriente heterogénea nacida al calor de las protestas estudiantiles de 1968 ha dejado atrás los postulados más radicales y antisistema para apostar por el pragmatismo y hacerse un hueco en cada vez más parlamentos nacionales, una normalización acelerada por la creciente emergencia climática.

Según la red Global Greens, hay cerca de 80 partidos verdes en todo el mundo. La gran mayoría no ha logrado cuotas de éxito como el caso alemán, pero su influencia va a más. Aunque toman distintas formas, coinciden en su tendencia centroizquierdista y en el apoyo de pilares como la sostenibilidad, la justicia social, la democracia de base y la no-violencia.

UE, bastión verde

Las primeras formaciones políticas ecologistas se constituyeron a principios de los años 70 en el Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. Sin embargo, su principal bastión es la UE, donde más poder tienen, gobernando en un máximo histórico de seis países.

Es el caso de Alemania, donde el 14,8% de los votos obtenidos en 2021 les permitió ser la tercera fuerza del país, formar parte de un tripartito inédito y dirigir ministerios de alta influencia como Asuntos Exteriores, Medio Ambiente, Economía y Acción Climática. Los verdes también gobiernan con una alianza de siete partidos en Bélgica, con una de cuatro en Bulgaria, con un tripartito en Irlanda y otro en Letonia y son socios de los conservadores en la coalición al frente de Austria.

A principios de año, el número de partidos ecologistas europeos en el poder era aún mayor. Y es que, hasta el pasado abril, los ecologistas formaban parte del ejecutivo en Finlandia y, hasta el pasado 8 de octubre, lo hacían también en Luxemburgo. Las cifras podrían volver a alterarse dentro de poco, pues la unión entre laboristas y verdes en Países Bajos tiene opciones de ser la fuerza más votada en las elecciones del próximo 22 de noviembre.

En los últimos años, las formaciones medioambientalistas en la UE han logrado popularizar sus propuestas y ganar apoyos. Así, además de los ya mencionados, también cuentan con una presencia más o menos destacada en los parlamentos de Chipre, Dinamarca, España, Francia, Hungría, Italia, Polonia, Portugal y Suecia. En total, están en 18 de los 27 Estados miembros.

Debates internos

El movimiento ecologista no es monolítico. Su agenda inicial en los años 80, centrada en su postura antinuclear, se ha ido ampliando para incluir el cambio climático, la agricultura industrial, la defensa del derecho al asilo o el apoyo a un modelo industrial menos contaminante.

Sin embargo, hay múltiples debates que generan divisiones, como la globalización, el crecimiento económico o la política exterior. Incluso hay quienes valoran aceptar el uso de energía atómica. En los últimos años también ha ganado peso la defensa de los animales, como ejemplifica el neerlandés Partido Animalista, caso único en el mundo.

Aunque la gran mayoría de partidos verdes son de centroizquierda, parte de su éxito reside en que formaciones políticas de otro perfil —desde socialdemócratas a liberales o conservadores— han ido abrazando algunos de sus postulados a medida que la necesidad de actuación climática se ha hecho cada vez más evidente.

Apropiación ideológica

Sin embargo, esa apropiación puede ser más pragmática que ideológica. En Alemania, por ejemplo, los conservadores se han maquillado de verde para tratar de recuperar votos y fue Angela Merkel quién decretó el cierre de las plantas nucleares del país.

Incluso formaciones de extrema derecha como la francesa Reagrupación Nacional, capitaneada por Marine Le Pen, ya están explotando las fricciones sociales generadas por las medidas contra la emergencia climática para impulsar su agenda retrógrada. Esa fórmula permitió que, el pasado marzo, un hasta entonces desconocido partido agrario y populista ganase las elecciones regionales en Países Bajos.