Incursión de Hamás

Los habitantes del kibbutz Be'eri cuentan el horror vivido: "Por lo menos, ya no huele a muerto"

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Andrea López-Tomàs

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Los limones ya empiezan a amarillear en los árboles del kibbutz Be’eri. La naturaleza avanza en esta comunidad a dos kilómetros de la Franja de Gaza. Avanza ajena al horror, al paisaje de destrucción que envuelve a estos jardines que, hace dos semanas, eran idílicos. Pero, a punto de cambiar de color y sabor, ¿quién vendrá a recoger estos limones? Ahora, entre las ruinas de las casas, sólo se pasean soldados del Ejército israelí y un grupo de voluntarios de la defensa civil. “Por lo menos, ya no huele a muerto”, celebra Liran ben David, residente de Be’eri. No usa el pasado. Aunque ahora esté lejos de casa, buscando cobijo en un hotel del mar Muerto, él vive en el kibbutz.

Bajo el caliente sol, da vueltas por las mismas calles que han sido escenario de sus mejores recuerdos aunque también de su batalla por sobrevivir. “Hemos venido con un veterinario para cuidar a los gatos y a los perros del kibbutz”, explica sin dejar de sujetar su fusil. “Por suerte, mi mujer y mis hijos están bien, pero no encontramos a nuestro perro”, cuenta a EL PERIÓDICO. Esta comunidad agrícola establecida en 1946 en el norte del Néguev fue una de las más gravemente atacadas durante la incursión de Hamás el pasado 7 de octubre. “Fue una pesadilla”, reconoce Ben David. Al menos 112 personas fueron asesinadas aquella mañana por militantes palestinos. Aquel día el kibbutz Be’eri perdió al 10% de su población de 1.000 habitantes. 

Las casas hablan

Hace 35 años que Rami Gold es parte de esta comunidad izquierdista dedicada a la agricultura. A sus 70 años, este ha sido el lugar donde han crecido sus hijos y nietos. “Mi primera experiencia de combate fue en la guerra del Yom Kippur y aquí estoy, 50 años después, haciendo lo mismo”, relata este miembro del kitat konenut. Este término en hebreo se refiere a una unidad antiterrorista de respuesta rápida, un grupo de 10 personas armadas con el que cuenta cada una de estas comunidades para evitar que los ataques lleguen a la población civil. “Pero la gran diferencia es que, entonces, los países se enfrentaban a países y los soldados a soldados, esto del sábado fue otra cosa”, constata.

Las casas del kibbutz Be'eri, atacado por Hamás

Las casas del kibbutz Be'eri, atacado por Hamás / Andrea López-Tomàs

“En teoría, el kitat konenut puede sobrevivir entre media hora y una hora antes de que el Ejército tome el control; nosotros estuvimos resistiendo durante 12 horas”, rememora Gold, orgulloso. “Soy afortunado por haber sobrevivido, y por haberme llevado conmigo tantas vidas como pude”, constata con la mirada endurecida de quién ha repetido este relato decenas de veces. Pero tanto Gold como Ben David saben que las casas del kibbutz cuentan la historia de aquel sábado negro mejor que cualquier voz humana. Las ventanas destrozadas muestran el interior de hogares familiares, donde la vida sólo se veía a veces interrumpida por los cohetes lanzados desde su vecino enclave asediado. Ni las habitaciones calcinadas rompen esa imagen de paz que desprende el verde y organizado kibbutz.

Un armario perfectamente ordenado contrasta con el caos desplegado en el suelo. El orden de las perchas indica la urgencia de la huída de quienes pudieron salvarse. No hubo tiempo para coger nada. “Los verdaderos héroes son las familias que no salieron en 36 horas y sobrevivieron sin agua, sin aire, sin nada, sólo acompañadas por el miedo”, subraya Gold. Algunas casas son ya irreconocibles, porque los atacantes les prendieron fuego o lanzaron granadas de mano en su interior con sus habitantes dentro. Aquellas que quedan en pie reciben al visitante con cristales y cerámicas quebradas en el porche, y pintadas en árabe en sus fachadas. 

“Centrados en vivir”

“Hamás es una organización terrorista que, en su carta fundacional, han expresado que su objetivo principal es matar judíos y destruir Israel”, explica Fay Goldstein, portavoz del Ejército israelí. “Esto es un kibbutz, una comunidad colectiva de personas que viven juntas y trabajan en la agricultura; están muy centrados en vivir, en existir”, remarca esta joven empresaria reconvertida en reservista. Esta existencia había sido en cierta paz con sus vecinos gazatís, condenados a una vida paralela de bloqueo, pobreza y asfixia económica. Algunas de las ancianas secuestradas, según explica Gold, formaban parte de una iniciativa que ayudaba a enfermos de la franja a desplazarse hasta hospitales en Jerusalén.

Las casas del kibbutz Be'eri, atacado por Hamás

Las casas del kibbutz Be'eri, atacado por Hamás / Andrea López-Tomàs

Pero, al otro lado de la verja, parece estar concretándose la tan ansiada venganza israelí. Mientras pasan coches, tanques y bulldozers a toda velocidad, los soldados israelís se despliegan a lo ancho de los verdes jardines del kibbutz. Algunos voluntarios de Zaka, la organización forense nacional de Israel, intentan colarse en los edificios semiderruidos para comprobar si aún quedan cuerpos de los habitantes del kibbutz, o partes de ellos. “Hemos ido por todo el mundo haciendo labores de identificación en ataques terroristas o desastres naturales, cualquier situación que te puedas imaginar, pero esto fue otro nivel”, explica Yossi Landau, comandante de la región sur de Zaka. 

“Era como si esos cuerpos, esas víctimas nos estuvieran hablando, todos lo sentíamos, era como si nos estuvieran contando su historia”, confiesa Landau a este diario. Uno de los momentos más complicados fue cuando tuvo que decidir si usar una o dos bolsas para retirar el cadáver de una mujer embarazada y el del feto que había sido arrancado de su vientre. Bajo un sol delicioso, los voluntarios de Zaka remueven las ruinas. Sólo el sonido de las bombas puntuales sobre la vecina Gaza y las carreras de tanques y vehículos militares acompañan al ruido de sus pies sobre cristales. 

Ese silencio es temporal. “Volveremos, espero que sí”, confiesa Ben David. Tal vez este año los limones, demasiado maduros, se desplomen sobre la verde hierba, pero para el próximo, los habitantes del kibbutz Be’eri ya sueñan con hacer limonada.