El Donbás, meca de la peregrinación ultra

Del Batallón de Azov al Grupo Wagner: el problema neonazi de Ucrania y Rusia

Desde 2014, la falta de tropas ha llevado a Kiev a recurrir a milicias armadas de extrema derecha para defender el país, una legitimación que Moscú ha sobredimensionado para justificar la guerra

Miembros del Batallón Azov y de los partidos posfascistas Svoboda y Pravy Sektor durante una manifestación en Kiev del 2017

Miembros del Batallón Azov y de los partidos posfascistas Svoboda y Pravy Sektor durante una manifestación en Kiev del 2017 / Gleb Garanich (Reuters)

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Carles Planas Bou
Carles Planas Bou

Periodista

Especialista en Redes, algoritmos y la intersección entre política y tecnología

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"Desnazificar y desmilitarizar Ucrania". Así es como, el pasado 24 de febrero, el presidente ruso, Vladímir Putin, justificó el asalto militar del Ejército ruso contra su vecino. Este argumento, repetido incansablemente por el Kremlin, sobredimensiona la presencia real de milicias neonazis que combaten junto a Kiev, pero también trata de esconder que el problema ultra también se extiende hacia Rusia.

Ese problema aflora en 2014 en el seno de la revuelta ucraniana del Euromaidán. Fue entonces cuando hooligans de clubes de futbol de ideología ultranacionalista y neonazis forjaron el Batallón Azov con el objetivo de combatir al gobierno del prorruso Víktor Yanukóvich y a los separatistas que habían autoproclamado la independencia de las regiones de Donetsk y Lugansk, al este de Ucrania. Su primer comandante, Andriy Biletsky, llegó a decir que la misión de su país era "liderar a la raza blanca en la última cruzada contra los subhumanos semitas".

Su importante rol militar en el Donbás -lograron reconquistar la ciudad de Mariúpol- y la falta de tropas en el Ejército regular llevó al Gobierno de Petro Poroshenko a incorporar al regimiento a la Guardia Nacional de Ucrania, bajo el control y financiamiento de Kiev. La decisión terminó de legitimar a este grupo armado y, desde entonces, ha recibido entrenamiento militar de países occidentales como Canadá. La ONU ha acusado a Azov de violar y torturar a presos en el Donbás y de perseguir a la comunidad romaní y a la LGBTQ.

Ucrania es una nación multiétnica donde el Gobierno ha sido elegido democráticamente, se ha prohibido el antisemitismo y su presidente, Volodímir Zelenski, es judío. "El Gobierno y la sociedad han tolerado estos grupos como elemento instrumental porque temen la amenaza de Rusia, pero no comparten sus ideas", señala Abel Riu, presidente del think tank Catalonia Global Institute. En las elecciones de 2019, en las que se impuso Zelenski, la extrema derecha obtuvo tan solo un 2,15% de los votos. Sin embargo, apunta Riu, la legitimación ultra está permitiendo un revisionismo histórico que está normalizando la exaltación de figuras como la de Stepán Bandera, líder independentista ucraniano que combatió los soviéticos y colaboró con los nazis en sus pogromos contra los judíos.

Ucrania, meca de la peregrinación ultra

Desde 2014, el Donbás se ha convertido en un enclave de peregrinaje ultra donde neonazis, supremacistas blancos y otros extremistas de derechas de todo el mundo acuden para aprender tácticas militares. "La inestabilidad en Ucrania ofrece a los extremistas las mismas oportunidades de entrenamiento que la inestabilidad en Afganistán, Irak y Siria ha ofrecido a los militantes yihadistas durante años", ha explicado a The New York Times el investigador Ali Soufan, exagente del FBI que durante años siguió el rastro de Bin Laden y Al Qaeda.

Instalados cómodamente en Ucrania, milicias neonazis como Azov o Misanthropic Division han utilizado la propaganda digital para tejer una red internacional de guerrilleros. Se calcula que el primer grupo ha pasado de tener 300 soldados a hasta 2.500. Muchos de ellos son seguidores de partidos neofascistas ucranianos como Pravy Sector o Svoboda, minoritarios pero muy ruidosos, pero también vienen de fuera. La guerra ha acelerado esa actividad y ultras de Estados Unidos, España, Alemania o Suecia han mostrado su interés por unirse a esas filas, según el grupo de inteligencia SITE. "No he notado tanta actividad de reclutamiento en todo el movimiento desde que Estado Islámico declaró su califato en 2014 y captó simpatizantes a nivel mundial", ha explicado su directora, Rita Katz, a The Washington Post.

Es el caso de Miguel, vecino de 23 años de Segur de Calafell, que el pasado 5 de marzo viajó a Cracovia y de ahí se adentró en territorio ucraniano para unirse a las filas de los paramilitares neonazis en defensa "del pueblo ucraniano y de Occidente", explicó a la CNN. Unos años antes, fue detenido en Hungría durante su viaje de final de curso por hacer el saludo hitleriano en una sinagoga mientras vestía con insignias de los neonazis húngaros, informó el diario Ara. Aunque el periodista Miquel Ramos ha detectado cómo falangistas españoles ponen a sus miembros en contacto con las milicias ucranianas, fuentes de la Guardia Civil limitan mucho este fenómeno, informa Juanjo Fernández. "La capacidad de movilización extremista entre sus grupos amigos en España es mínima", señala una fuente del cuerpo policial.

Peligro para la seguridad global

Internet es parte esencial de la estrategia de captación ultra, pues es en espacios digitales como Facebook, Telegram, 4chan e incluso TikTok donde se organizan y buscan seducir a nuevos adeptos a la causa. "Las comunidades memeras más obscenas llevan años recreándose con la guerra ucraniana, hay grandes bolsas de grupos ultranacionalistas que apoyan tanto a Ucrania como a Rusia", señala Iago Moreno, sociólogo por la Universidad de Cambridge. "Esas plataformas se están llenando de pornografía bélica que comparten las cuentas de batallones neonazis, de imágenes explícitas de muertos y de una propaganda tan bestia que no había visto nunca".

Los expertos advierten de que Ucrania se ha convertido en un laboratorio donde los ultras aprenden tácticas de guerrillas que más tarde pueden usar para realizar actos terroristas en sus países de origen. En 2019, el G-7 pidió a Ucrania frenar la proliferación de grupos violentos de extrema derecha en su territorio, pero la llegada de una guerra total contra Rusia ha relegado esta preocupación mientras las armas enviadas por Occidente para apoyar a Kiev terminan en manos de estas milicias.

Rusia también acude a ultras

La propaganda rusa ha equiparado a Ucrania con un régimen nazi para desprestigiar por completo su Ejército. A pesar de haber calado, esta estrategia no está exenta de ironía. Y es que parte de los radicales que han peregrinado hasta el Donbás para empuñar las armas lo han hecho junto a los separatistas prorrusos. Es el caso de los seguidores del Movimiento Imperial Ruso, organización violenta etnonacionalista que predica un regreso al régimen zarista y que entrena a neonazis de todo el mundo en campamentos cerca de San Petersburgo.

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La extrema derecha global tiene múltiples sensibilidades e intereses, y muchos supremacistas llevan años atraídos por una Rusia putinista que promueve una sociedad blanca, cristiana y conservadora. El país ha acogido como residente a Rinaldo Nazzaro, exlíder del grupo paramilitar neonazi The Base a quien se ha visto con camisetas con la cara de Putin y que ha pedido a sus seguidores no combatir en Ucrania.

Entre los supuestos desnazificadores de Ucrania, Rusia ha acudido al Grupo Wagner, una milicia de mercenarios a sueldo del Kremlin que desde hace años libra las guerras sucias de Moscú, desde Siria hasta el Donbás. Este grupo está encabezado por Dmitry Utkin, neonazi confeso, exdirector de la inteligencia militar rusa (GRU) y veterano de las guerras con las que Putin devastó Chechenia. En 2016 fue condecorado por el Kremlin, que niega que recurra a sus servicios.