Auge de un oscuro negocio

Desinformación y manipulación política: la guerra psicológica se libra en las redes

  • Gobiernos, políticos y otros actores se sirven de las plataformas digitales para propagar mundialmente campañas de difamación de sus rivales y de apoyo a sus intereses

El presidente ruso, Vladimir Putin, en una foto del pasado mes de junio.

El presidente ruso, Vladimir Putin, en una foto del pasado mes de junio. / EVGENIA NOVOZHENINA / REUTERS

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Carles Planas Bou
Carles Planas Bou

Periodista

Especialista en Redes, algoritmos y la intersección entre política y tecnología

Escribe desde Barcelona

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"Nosotros solo inyectamos información en el torrente sanguíneo de internet. Observamos cómo crece y le damos algún empujoncito. Tiene que ocurrir sin que nadie piense que se trata de propaganda porque en cuanto alguien piensa eso lo siguiente es preguntarse '¿Quién ha puesto eso ahí'?". Así es como Mark Turnbull, director gerente de Cambridge Analytica, se jactaba en privado de orquestar a través de las redes sociales las opacas campañas de desinformación que contribuyeron a la victoria presidencial de Donald Trump en Estados Unidos, de Mauricio Macri en Argentina y del 'Brexit' en el Reino Unido.

Lo que Cambridge Analytica vendía como comunicación estratégica para procesos electorales eran puras campañas de desinformación política personalizada. Propiedad del magnate y donante conservador Robert Mercert, la firma compró de forma fraudulenta los datos de 87 millones de usuarios de Facebook para dirigir esa propaganda encubierta a quienes eran más susceptibles de creer las proclamas trumpistas. Los receptores de esos mensajes pensaban que lo que veían en la pantalla era información verídica, no un estudiado mecanismo de manipulación. "Se fabricó una herramienta de guerra psicológica para influir en elecciones de todo el mundo, introducirse en la mente de los ciudadanos y jaquear el sistema político", explica Carissa Véliz, profesora de ética tecnológica de Oxford en 'Privacidad es poder'.

Aunque la firma se disolvió el 2018 tras destaparse el escándalo, decenas de otras compañías similares han ido proliferando durante los últimos años, haciendo de la deformación de la opinión pública un negocio tan oscuro como jugoso. Un informe de la Universidad de Oxford ha detectado 65 firmas privadas que han lanzado campañas de bulos en 48 países. A nivel global, se habrían destinado al menos 10 millones de dólares a esas operaciones para embarrar el debate público.

Redes, una mina de oro

Las redes sociales han abierto las puertas de la comunicación política a una personalización nunca antes vista. La extracción de datos permite adaptar la propaganda que recibe cada persona a sus tendencias psicológicas. Así, se elaboran perfiles según nombre, edad, opiniones, condición económica, personalidad, región geográfica o intereses. Aunque la regulación europea prohíbe segmentar por ideología, etnia u orientación sexual, las herramientas de Facebook pueden inferir esas características.

Aunque existe desde hace siglos, la guerra psicológica se ha desplegado a todos los rincones de nuestra vida gracias al poder de los datos. Sean legales o ilegales, las vías para desplegar esta táctica tienen el mismo objetivo: buscar puntos débiles en nuestras mentes para convencer a indecisos, movilizar el voto de ciudadanos apolíticos, desmovilizar al rival, radicalizar a tus fieles o alimentar la polarización social. Y eso se logra propagando tu narrativa política. Agencias como The Messina Group han sido las responsables de articular ese propósito para las campañas de Barack Obama, Theresa May, Mariano Rajoy o Pablo Casado.

Batalla mundial por el relato

Usar los datos para influir en elecciones es algo ya totalmente normalizado, aunque no exento de riesgos. Sin embargo, estas agencias también se usan para orquestar operaciones propagandísticas para reforzar el relato de un gobierno o para desestabilizar a naciones rivales en plena pugna. La interferencia rusa en las elecciones de EEUU en 2016 o el ataque en 2017 a la campaña de Emmanuel Macron en Francia mostraron al mundo una realidad que no para de crecer. Solo esta semana, Facebook y Twitter han informado de la desactivación de varias redes de desinformación en distintos sitios del mundo. En China se han usado más de 2.700 cuentas falsas para lanzar bulos sobre el covid-19, acusar a EEUU y negar los ataques contra la minoría uigur. En plena tensión por la crisis migratoria en sus fronteras, Bielorrusia ha usado una cuarentena de cuentas que se hacían pasar por periodistas para criticar a Polonia, mientras que ahí se han usado otras 30 cuentas falsas incentivando a los migrantes a no viajar a su país. Las operaciones detectadas este mes también afectan a Venezuela, México, Tanzania y Uganda.

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Los actores detrás de estas cuentas falsas pueden simular ser personas, grupos o instituciones fantasma que permiten amplificar de forma automática un mensaje. Lo que ves en pantalla puede ser todo parte de una estudiada estrategia para condicionar tus opiniones. En 2016, dos páginas de Facebook en manos de troles rusos organizaron una manifestación islamófoba en Texas y su contrarréplica. Aunque acudieron menos de 100 personas organizarlo costó unos 200 dólares. El bajo coste de montar algo así en las redes también contribuye a la proliferación de esta estrategia.

La opacidad de este negocio hace muy difícil detectar quién mueve los hilos. Puede ser la agencia de inteligencia de un gobierno o partidos políticos, pero también otras organizaciones con todo tipo de intereses, de grupos ultraderechistas a movimientos conspiranoicos como QAnon. Los expertos advierten de que, cada vez más, estos actores recurren a la creación de pseudomedios de comunicación y páginas web para que sus bulos parezcan contenido periodístico legítimo y puedan así engañar a los usuarios. Sin embargo, también señalan que, como ilustró la victoria electoral de Trump, la connivencia de ciertos medios tradicionales también ha sido clave para la expansión de esta ola de manipulación política.