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El uso de datos en las redes sociales

El iceberg bajo Facebook y Cambridge Analytica

Liliana Arroyo

No se trata de ponerle precio a los derechos sino de rendir cuentas, de reforzar la transparencia y de poner la innovación al servicio de la ciudadanía

Mark Zuckerberg sentenció en el 2009 que la era de la privacidad se había terminado. Le entrevistaban por un cambio en la política de privacidad, que facilitaba que cada mensaje y cada foto lo viera el máximo posible de personas, fueran contactos o usuarios desconocidos. Si en algo tenía razón era que estábamos perdiendo el miedo y comenzando a juguetear con los límites de la intimidad. Con las redes sociales hemos transformado el pudor y tenemos nuevas normas sociales sobre lo que mostramos y lo que reservamos.

Todos nos hacemos varios selfis antes de colgar el bueno, pero por mucho que cuidemos la imagen que proyectamos, se nos olvida que es como una habitación sin paredes, como describe Stille en 'El Futuro del Pasado'. Además, vamos entendiendo que los datos son el nuevo petróleo y son dinero porque alimentan suculentos modelos de negocio ligados al Big Data dentro y fuera de las redes sociales. No es solo una crisis de Facebook, aunque ser la red social con más millones de usuarios en el mundo le convierte directamente en la gallina de los huevos de oro que todos quieren aprovechar. 

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La privacidad

Hasta hace poco, hablar sobre la importancia de la privacidad era predicar en el desierto, porque nos importaba poco que comercializaran nuestra información ya que no teníamos nada que esconder. Pero cuando nos soplan que usan esta información para intervenirnos, moldear opiniones y asfixiar libertades, la intranquilidad es de ida y vuelta.

El caso de Cambridge Analytica y su papel en la campaña electoral de Trump es el más sonado y el primero que lleva al fundador al Capitolio, pero no es ni mucho menos el primero. En el 2012 se usaron más de 700.000 cuentas para un experimento psicológico sobre contagio emocional alterando la información que los usuarios veían en su muro, con el fin de comprobar si la felicidad de tus amigos te hace feliz a ti. Y las cuentas afectadas lo supieron dos años después, cuando se publicó el estudio.

Regulación necesaria

Ese es el 'quid' de la cuestión, que la erosión silenciosa de la privacidad va de la mano del permiso para decidir por nosotros, para forjar realidades y para gobernar voluntades. Ocurre de una forma tan sutil y cotidiana que lo vivimos como algo normal, nos conformamos. Por otra parte, la falta de alternativas nos lanza a la paradoja de la privacidad: que por mucho que sepamos las implicaciones, nos sale a cuenta seguir ahí porque no tenemos un plan B. Zuckerberg, ante el Congreso, bajaba la cabeza y reconocía la necesidad de regular las grandes tecnológicas, pero también admitía un futuro posible con opciones de pago y sin cesión de datos a terceros.

No, CEOs visionarios, no se trata de ponerle precio a los derechos y seguir. Se trata de rendirnos cuentas, de reforzar la transparencia, de poner la innovación al servicio de los intereses de la ciudadanía y escrudiñar los usos ideológicos. Quizá os dejaremos los datos a cambio de servicios, pero jamás la llave de nuestro futuro personal y colectivo. 

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