Derechos humanos

El silencio mediático desprotege a las mujeres activistas perseguidas en Oriente Próximo

  • La pandemia del coronavirus ha condenado a las mujeres defensoras de los derechos humanos al olvido mediático

  • Desde Arabia Saudí a Irán, hasta Turquía o Irak, los regímenes se vuelven más violentos encarcelando o, incluso, matando a estas activistas

Un hombre sostiene un cartel pidiendo la liberación de Raissouni, en Marruecos.

Un hombre sostiene un cartel pidiendo la liberación de Raissouni, en Marruecos. / El Periódico

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Mientras el foco estaba en los hospitales y las calles vacías, la vida seguía. Cuanto más se alejaba la mirada sobre los yugos, estos se iban ajustando hasta rozar la asfixia. En la región de Oriente Próximo y el Norte de África, las defensoras de los derechos humanos han sido víctimas del silencio, de un mundo que apartaba la vista mientras eran perseguidas. Mientras son perseguidas. “Hacemos una llamada desesperada para denunciar que estas activistas están siendo atacadas”, declara Rothna Begum, de Human Rights Watch (HRW).

En Marruecos todos saben quién es Hajar Raissouni. En otoño del 2019, esta periodista recibió un indulto real por parte del monarca Mohammed VI. Acusada de haber practicado un “aborto ilegal”, su activismo en defensa de la libertad de expresión y los derechos humanos fue su verdadera condena. “Ser defensora de los derechos humanos en Marruecos es un riesgo”, explica Raissouni a EL PERIÓDICO, “luchamos contra esto porque pensamos que la batalla es difícil pero necesaria”.

A lo largo de este fatídico 2020, no solo el virus ha sido letal, sino que para muchas activistas eran sus regímenes quiénes servían el veneno. “Ha sido un año particularmente violento para las defensoras de los derechos humanos”, reconoce Rothna Begum de HRW. “Muchas han recibido amenazas de muerte y algunas han sido asesinadas; esto solo sigue una tendencia que se ha ido intensificando en los últimos años”, añade. 

Irak, tierra de asesinos

Desde supuestas democracias como Turquía o Irak hasta las teocracias de Irán y Arabia Saudí, pasando por zonas en conflicto como Yemen, Libia o Siria, el titánico trabajo de estas activistas está desprotegido. Según la organización Front Line Defenders, la defensa de los derechos de las mujeres sufre el 15% de las infracciones notificadas de obstrucción en su activismo. Esto lo convierte en la causa más peligrosa antes que la libertad de expresión o los derechos humanos.

Irak ha sido el escenario más letal. Tres abogadas o activistas por los derechos humanos han sido asesinadas. “Apenas fue noticia porque todo el mundo estaba preocupado por el coronavirus”, denuncia Sara AbuGhazal, la coordinadora regional de la coalición para las Mujeres Defensoras de los Derechos Humanos en Oriente Medio y el Norte de África (WHRD - MENA, por sus siglas en inglés). “Eran mujeres pioneras que crearon un precedente y un buen ejemplo para otras activistas”, recuerda AbuGhazal, “con su muerte, no las perdemos solo a ellas; están mandando un mensaje a las demás: manteneos calladas”. 

Pero la imperiosa necesidad por remediar estas causas no les permite abandonarse al silencio. Aunque la peligrosidad es mayor, estas activistas no se doblegan. “Antes de la pandemia, cuando las fronteras estaban abiertas, estas mujeres podían escapar de la violencia en caso de urgencia”, narra la coordinadora de WHRD - MENA a este diario. “Sin la libertad de movimiento, deben quedarse en casa con ansiedad y miedo de ser arrestadas”, lamenta. Muchas optan por reducir su perfil público hasta que pase la tormenta. 

"Bajo asedio"

“La defensa de los derechos humanos está bajo asedio”, denuncia Raissouni desde Sudán. El encarcelamiento, la persecución o, incluso, el asesinato de estas activistas pone en riesgo la red de apoyo social que han construido para las mujeres y niñas de su país. En Irán, hogar de un histórico movimiento por los derechos humanos y, en particular, de las mujeres, hay una treintena de ellas entre rejas. Según la organización FEMENA, pueden haber muchas más encarceladas. También en Egipto, cuna del feminismo en el mundo árabe, la situación se vuelve asfixiante. Muchas activistas sufren la prohibición de viajar, el monitoreo de sus actividades y la congelación de los fondos de las organizaciones para las que trabajan.

Aunque en la oscuridad persistan los golpes, en los escenarios los líderes de estos países se presentan como firmes defensores de los derechos de las mujeres. “En países como Arabia Saudí”, explica Begum, “se han presentado reformas limitadas y débiles a favor de los derechos de las mujeres mientras mantienen a las activistas por el derecho a conducir entre rejas”. Estas acciones buscan ser un lavado de cara con tímidas repercusiones reales sobre la vida de estas mujeres y niñas. 

La liberación de la activista saudí Loujain AlHazlul este mes fue una pequeña victoria para estas organizaciones. Aunque esta feminista sigue bajo arresto domiciliario. Tanto ella como su familia tienen prohibido salir de Arabia Saudí. Pero, ¿cuántas Loujains hay en las cárceles o, incluso, en las cunetas de la región? Es imposible saberlo, lamentan las expertas. “No todas las familias tienen ni quieren la opción de hacer campaña públicamente para que las liberen por miedo a las represalias o por la vergüenza”, cuenta la investigadora senior de HRW. 

Abusos entre rejas

“Debido a la impunidad, vemos como la violencia aumenta con el paso de los años”, denuncia Begun, antes de constatar que “Libia lleva años matando a activistas pero la ausencia de rendimiento de cuentas y de investigaciones posteriores facilita seguir matando”. Ebru Timtik, abogada turco-kurda por los derechos humanos, murió el pasado agosto tras 238 días de huelga de hambre. Tan solo exigía un juicio justo para ella y sus 17 colegas que representaron a personas críticas con el gobierno turco en septiembre de 2017. Timtik es solo un nombre de decenas. 

La cárcel no es su único castigo. Entre rejas, los abusos siguen. Narges Mohammadi, activista iraní por los derechos humanos, hace casi un año que no puede hablar con sus hijos. “Mientras asistimos a la eliminación de los espacios cívicos, exigimos a la comunidad internacional que se enfrente a estos regímenes y no haga la vista gorda”, reclama Begum. Tras sus discursos por la justicia en la palestra, los mandatarios occidentales disputan otros negocios en sus despachos. Muchos gobiernos priorizan sus objetivos políticos o económicos, como los beneficios en la venta de armas o la detención del flujo de migración de refugiados a Europa. 

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“Marruecos se ha convertido en una prisión para mí”, reconoce Raissouni, “ya no me siento segura allí”. Hace siete meses, Hajar Raissouni tuvo que huir de su país natal por la “vigilancia” que estaba sufriendo. Ubicada en Sudán, esta periodista e incansable activista lamenta que tras el arresto de varios de mis amigos, no puede regresar. “Temo ser arrestada”, confiesa “no veo ninguna esperanza en el futuro porque el régimen no teme a nada”. Esta es la historia de Hajar Raissouni, pero también de la saudí Loujain AlHazlul, la egipcia Solafa Sallam, la turca Eres Keskin o la iraní Jila Karamzadeh Makvandi. Y de tantas otras.