COMUNIDAD DE SUPERVIVIENTES

Centenares de trabajadoras domésticas son abandonadas frente a los consulados de Beirut

En el Líbano, miles de trabajadoras domésticas migrantes toman la iniciativa para retornar a sus países natales ante la indiferencia de sus gobiernos

Después de sufrir abusos y violencia, muchas optan por autoorganizarse y ayudarse las unas a las otras

Una empleada doméstica filipina pasea un perro en Beirut. 

Una empleada doméstica filipina pasea un perro en Beirut.  / AFP

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A las puertas del consulado de Kenia se acumulan keniatas. En el de Etiopía, etíopes. En el de Bangladesh, bangladesís. En el de Filipinas, filipinas. Cambia solo la bandera y la zona de Beirut. Pero bajo otro triste sol de otoño esperan todas ellas. Mujeres sin presente ni futuro. Ahí, frente a los edificios diplomáticos africanos y asiáticos de la capital pasan las jornadas muchas trabajadoras domésticas en el Líbano. La crisis económica sin fin, la pandemia del coronavirus y la explosión del pasado agosto en la capital han abocado al país a la pobreza y a la destrucción de su clase media.

No existen, no pagan. Ante la imposibilidad de abonar sus sueldos a las trabajadoras internas, muchas familias las dejan tiradas delante de sus embajadas. 

"Las tratan como otro mueble de la casa, como algo que puedes tirar", denuncia Sarktelu Teshome. Esta joven etíope recaló en el Líbano con 16 años atraída por la promesa de trabajar en una casa y mandar dinero a su familia. Durante sus ocho meses de encierro, no se le permitía salir ni comer. En ocasiones se alimentaba de las sobras del bebé que cuidaba. Tras celebrar su décimoseptimo cumpleaños, su monsieur le propuso mantener relaciones sexuales pero Sarktelu se negó. "Solo fueron ocho meses pero fue suficiente para toda una vida", reconoce, "no comprendo cómo algunas mujeres aguantan dos o tres años encerradas". 

En el Líbano, hay 250.000 trabajadoras domésticas migrantes bajo el régimen del kafala

Estas mujeres son las víctimas del kafala o el sistema de patrocinio imperante en muchos países de Oriente Próximo. En el Líbano, hay, como mínimo, 250.000 trabajadoras domésticas migrantes de orígenes africanos y asiáticos. Este sistema gobierna a estas empleadas excluidas de la legislación laboral libanesa, cuya residencia legal en el país depende de su empleador. "El kafala es la esclavitud moderna", explica Farah Baba del Anti Racism Movement. 

Relación desigual

El conjunto de leyes, políticas y prácticas alimentan esta relación desigual entre empleador y trabajadora doméstica. Quedan expuestas y más vulnerables que nadie. Expuestas a situaciones de abusos, retirada del pasaporte, restricciones de movimiento y violencia física y sexual. "Antes de la crisis financiera [en octubre del 2019], había un par de mujeres abandonadas a las puertas de la embajada a la semana", relata Tsigereda Brihanu, extrabajadora doméstica y actual coordinadora de Egna Legna Besidet, organización integrada por empleadas etíopes en el Líbano. 

"Ahora, hay muchísimas mujeres y nos cuesta gestionarlo; los libaneses no pueden pagarles porque no hay dólares y las abandonan sin su pasaporte", añade Brihanu, "algunas llevan dos años sin cobrar; deberían repatriarlas". Durante el último año, la devaluación de la libra libanesa en un 80% ha llevado al país a una terrible debacle económica. Estas trabajadoras migrantes han visto desaparecer su sueldo: entre 150 o 250 dólares al mes antes de la crisis. "Cuando llegó la pandemia, muchas de ellas abandonaron sus esperanzas de recuperar el salario que no les habían pagado y pidieron volver a sus países", narra Baba. 

Ayuda tras la explosión

Ante la indiferencia de gobiernos, embajadas y consulados, las diferentes comunidades de trabajadoras domésticas en el Líbano se han organizado. "Lo hemos tenido que hacer nosotras mismas porque ni a nuestros gobiernos ni al libanés les importa lo que nos ocurra", explica Teshome, que ahora trabaja con víctimas del kafala desde Médicos sin Fronteras. "Esta es la naturaleza del Líbano: las autoridades no hacen nada y es la sociedad civil la que lidera la respuesta a las emergencias", explica la representante del Anti Racism Movement. Tres meses después, sigue siendo la juventud libanesa la que limpia y reconstruye las calles de la Beirut destrozada por la explosión del pasado 4 de agosto. 

Pero el racismo imperante en la sociedad libanesa no entiende de excepciones. "Nosotras, las trabajadoras domésticas migrantes, estuvimos en el terreno desde el primer día codo con codo con ellos limpiando", recuerda Teshome, "pero cuando el Ejército y las oenegés repartieron comida a los afectados, no recibimos nada por ser negras". 

Red de mujeres

Varias de estas comunidades, divididas según su nacionalidad, optaron por autoorganizarse como ya hicieron durante la pandemia y distribuyeron alimentos, mascarillas y pañales a las mujeres más vulnerables. No sólo eso, sino que lanzaron varias campañas de crowdfunding para pagar los caros e inalcanzables vuelos de retorno a sus países. "Nosotras somos las víctimas, venimos con nuestras experiencias de vida", defiende la etíope Brihanu, "creamos esta organización para luchar por nosotras mismas, no esperamos que venga nadie a ayudarnos". 

Con una red que llega a cada rincón del país, las voces de las mujeres lideran la respuesta a la emergencia permanente que asola al Líbano. La fuerza de este liderazgo femenino atraviesa fronteras hasta devolverlas sanas y salvas a sus patrias. Antes de la crisis económica, las oenegés registraban dos suicidios de trabajadoras domésticas migrantes a la semana. Otras han aparecido sin vida en circunstancias sospechosas. 

Traumas y cicatrices

Pero el retorno al hogar no implica el fin de sus desgracias. "Muchas de ellas vuelven a casa con muchos traumas y estrés, algunas vuelven embarazadas o con cicatrices físicas", denuncia Nkirote Laiboni, coordinadora de la campaña Send Us Home para devolver a las keniatas atrapadas en el Líbano. "Hay un enorme estigma hacia aquellas que vuelven de Oriente Próximo a Kenia ya que se asume que han sido violadas por haber vivido en las calles", reconoce Laiboni. "Como retornan sin nada, algunas familias no las aceptan así que pasan de ser sin techo en Beirut a serlo en su tierra natal". 

Sin cifras oficiales ante la vorágine de la precaria vida en el Líbano, cada oenegé ha ido anunciando el total de retornadas que cada semana van liberando. "Moriría por ver cómo se levantaría el Líbano si todas las trabajadoras domésticas migrantes se fueran", reconoce Teshome. 

Cada vez quedan menos mujeres durmiendo a las puertas de sus embajadas. Después de ser desechadas como objetos, aquellas que ya se han recompuesto las salvan, las acunan, las alimentan, las acogen. Sobrecogidas por la emoción, las acompañan hasta la puerta de embarque. En ese último abrazo reside la fuerza de las mujeres en comunidad.

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