Un presidente acorralado

La presidencia de Trump se desmorona

  • Los demócratas amenazan con iniciar este mismo lunes los procedimientos para someterle a un segundo 'impeachment'

  • El presidente se compromete a facilitar una transición ordenada, pero anuncia que no acudirá a la toma de posesión de Biden

  • Pelosi pide al jefe del Estado Mayor que adopte medidas para prevenir que pueda acceder a los códigos nucleares

  • Las dimisiones se suceden en su entorno y la justicia baraja fórmulas para juzgar al republicano por instigar el asalto al Capitolio

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Donald Trump se ha pasado cuatro años pegando martillazos a una estatua con un bate de béisbol y ahora, la estatua, finalmente se ha roto. El país se sintió el miércoles más vulnerable políticamente que nunca en la historia reciente con el asalto al Capitolio --instigado por el propio presidente-- de cientos de sus seguidores, que camparon por el coliseo de su democracia como debieron campar los bárbaros por las aldeas medievales tras superar a las defensas locales. Desde entonces, los acontecimientos se precipitan...

Esa misma madrugada el Congreso certificó finalmente la victoria de Biden, no sin la objeción de más de 120 republicanos a la limpieza del resultado. Toma forma un nuevo 'impeachment' para tratar de inhabilitar a Trump de por vida y prevenir que pueda presentarse en 2024, un escenario que los demócratas podrían poner en marcha este mismo lunes si el gabinete se niega a invocar la Enmienda 25 para apartarlo inmediatamente del poder, como parece ser el caso. En plena zozobra, saltan del barco aliados y facilitadores, aduladores y otras criaturas del Partido Republicano. Y dimiten aquellos a los que dio de comer. Todos, moralmente indignados, como no podría ser de otra forma. La penúltima en despedirse ha sido la secretaria de Educación, Betsy DeVos, la segunda ministra en hacerlo, que se suma a una larga lista de asesores.

Sedición

La ley quiere ajustar cuentas con el pirómano y sus cerillas. El Departamento de Justicia ha puesto a cientos de investigadores a identificar a los asaltantes del Capitolio, mientras se presentan los primeros cargos contra medio centenar de ellos. La cosa parece ir en serio y no se descarta el cargo de sedición, punible con hasta 20 años de cárcel, según ha sugerido el fiscal jefe del Distrito de Columbia. Todo apunta además, según los expertos, que el nombre de Trump, sus hijos o su abogado Rudy Giuliani figurará prominentemente en las demandas del ministerio fiscal como presuntos instigadores. Por no hablar de las que llegarán después de que abandone la Casa Blanca. 

De hecho, la Fiscalía de Nueva York ha pedido ya que se investigue la "culpabilidad legal" de Trump en el "golpe fallido". La fiscal Letitia James se ha referido además a su intención de blindarse legalmente con un indulto preventivo que, al producirse "bajo circunstancias corruptas", le harían susceptible de enjuiciamiento una vez abandone el cargo. Tampoco ayuda los muertos del asalto y las protestas de la jornada. Son ya cinco, después de un policía del Capitolio sucumbiera a las lesiones causadas por los vándalos. Algunos iban armados y se confiscaron también bombas de tubo y cócteles molotov, según las autoridades.

Es probable que algunas de estas circunstancia expliquen porqué Trump aceptó finalmente el jueves la realidad, más de 24 horas después de la insurrección fallida, de la incitación de la mañana y de dos meses propagando la falacia del fraude. En un vídeo de menos de tres minutos, que llega a 13 días del final de su presidencia, el presidente admite por primera vez su inevitable salida del cargo y el cambio de guardia en la Casa Blanca. “Ahora el Congreso ha certificado el resultado. El 20 de enero tomará posesión una nueva Administración. Mi foco ahora se centra en asegurar una transición de poder suave, ordenada y sin interrupciones”, afirma en la grabación. “Este momento llama a curar heridas y a la reconciliación”. 

El discurso no fue un discurso de concesión de la derrota. No hay ganadores ni vencedores, ni siquiera menciona el nombre de Joe Biden, pero sí una admisión de que la fiesta se ha acabado, pronunciada con pertinente el cinismo que exigen el sinfín de amenazas que se ciernen sobre su futuro inmediato. Trump describe el asalto como “un ataque atroz” y promete mano dura contra los vándalos que lo perpetraron, esos seguidores suyos a los que llamó la víspera “grandes patriotas” y “gente especial”, tras haberles pedido explícitamente que marcharan hasta el Congreso. “A aquellos que se infiltraron en el Capitolio: habéis desacralizado la sede de la democracia. A aquellos que se enzarza en actos de violencia y destrucción: no representáis a nuestro país. Y aquellos que volasteis la ley: lo pagaréis”, dijo el jueves.

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Trump leyó desde el teleprompter tras aceptar a regañadientes las presiones de su jefe de gabinete, su consejero legal y su familia, según fuentes del ‘Washington Post’. Pero desde entonces ha dicho que no asistirá a la toma de posesión de Biden, otra ruptura con la tradición que es a su vez una forma de restar legitimidad al próximo presidente.

El desmoronamiento es evidente. Lo que antes solo se atrevían a decir algunos, se acepta ahora como una verdad universal en Washington: Trump es un peligro público. Así lo afirma Nancy Pelosi en una carta de este viernes al jefe del Estado Mayor, donde le pide que se estudien medidas para evitar que "el trastornado presidente" pueda iniciar maniobras militares o acceder a los códigos nucleares. El rey está desnudo y no le quedan palmeros para susurrarle lo contrario al oído. Ha llegado la hora de esconder los tapices y salvar las joyas.