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CRÓNICA DE UN VIAJE

Regreso a Raqqa

El corresponsal de EL PERIÓDICO Marc Marginedas vuelve al lugar donde fue retenido en Siria para realizar un documental dirigido por Albert Solé

El equipo constata que la casa junto al Éufrates donde los rehenes fueron encerrados está destruida, aunque todavía está en pie la que utilizaban los captores

Marc Marginedas

‘Regreso a Raqqa’, documental sobre el secuestro de 19 periodistas por Estado Islámico, contado por uno de ellos; Marc Marginedas. / MINIMAL FILMS / ZLM VÍDEO

El reportero de EL PERIÓDICO Marc Marginedas fue secuestrado en Siria en septiembre del 2013. Durante seis meses fue rehén del autoproclamado Estado Islámico, condición que compartió con otra veintena de periodistas y cooperantes occidentales en un atroz cautiverio que para algunos de ellos tuvo un desenlace trágico. Ahora Marginedas ha regresado a algunos de los escenarios de ese infierno. Lo ha hecho para rodar un documental ‘Regreso a Raqqa’ producido por Minimal Films y dirigido por Albert Solé. Basado en la experiencia del reportero, la filmación constituye una reflexión acerca del fenómeno del Estado Islámico y sus consecuencias. Junto con el equipo de rodaje, Marginedas ha visitado el lugar donde se erigía la mansión de Raqqa en la que transcurrieron los momentos más dramáticos del cautiverio y también la vecina casa desde la que los vigilaban sus carceleros, los ‘Beatles’, un trío de psicópatas al servicio del fanatismo integrista.

Un rectángulo pavimentado con losas claras y oscuras, cual tablero de ajedrez, en medio de un coqueto aunque descuidado jardín agostado por el calor. Una piscina abandonada, un embarcadero, unos campos de cultivo en el horizonte y un pequeño cementerio en la parte posterior de la casa, únicas referencias geográficas con las que intentábamos orientarnos desde nuestro encierro. Unas vistas privilegiadas sobre el río Éufrates, que en este tramo perezoso se retuerce y trocea en meandros y recodos, dejando a la vista cayos islotes. Un bucólico paisaje fluvial que solo lográbamos contemplar en los momentos en que nuestros carceleros bajaban la guardia, a través de resquicios en los paneles y cortinas que cubrían nuestras ventanas.

De la mansión próxima a Raqqa en la que fuimos recluidos, a principios del 2014, la veintena de rehenes occidentales capturados por el autoproclamado Estado Islámico (EI), apenas quedan los cimientos, el entorno y los malos recuerdos. En este espacio de unos pocos metros cuadrados ahora a cielo abierto, entre unos muros y unas estancias que ya no existen, tuvieron lugar, hace cinco añoslos momentos más dramáticos de nuestro cautiverio.

Una propuesta de Minimal Films, una productora catalana, que me ha planteado ser el hilo conductor de un documental de televisión sobre la crisis de rehenes occidentales en Siria y que se emitirá por varios canales, incluyendo TV3, me ha permitido regresar a los escenarios del múltiple secuestro por vez primera desde mi liberación, ahora que el Estado Islámico ha sido expulsado del país por una alianza kurdoárabe.

Los paisajes no mutan ni cambian

Los paisajes no mutan ni cambian, y menos cuando tan solo han transcurrido un puñado de años. Pero sí las sensaciones y percepciones que ellos suscitan. El Éufrates se ha transformado, en esta primavera del 2019, en un manso caudal, transparente y azul, que invita al baño y a la relajación, bajo un sol intenso y amarillo que cae a plomo sobre el lugar, pese a ser mayo aún.

Marc Marginedas en las ruinas de la casa frente al río Éufrates donde pasó parte de su secuestro. / Minimal films 

Nada que ver con las impresiones recibidas mientras estuve allí en calidad de rehén. Entonces hacía un frío pelón, pesaba 20 kilos por debajo de mi peso habitual y padecía graves problemas intestinales debido a la desnutrición, convirtiendo en un doloroso alumbramiento el trasiego por mi sistema digestivo de la grasienta carne enlatada que nos ofrecían como alimento. La hermosa y amable corriente fluvial se me aparecía entonces como densafría amenazadora, disuadiéndome a mi y a otros compañeros de cualquier tentación de fuga, idea que los colegas más osados y rebeldes planteaban de forma recurrente.

Una actitud reacia a la huida producto del instinto de supervivencia y de un cálculo conservador de nuestras posibilidades. Debilitados tras haber perdido una parte importante de nuestra masa muscular en la primera parte del secuestro, pensábamos que jamás lograríamos alcanzar la orilla contraria antes de que sufrieramos un calambre, nos paralizara una hipotermia o simplemente fuéramos delatados por algún lugareño atemorizado por el poder de los ultrarradicales.   

Faysal, dueño y señor

“Sí, nos bañamos en el río pero no bebemos el agua porque no es potable”, constata inocentemente Faysal mientras se despereza de la siesta matinal con la que intenta hacer más llevadero el ayuno diurno del mes de Ramadán. Este pastor, que también responde a la 'kunya' (apodo) de Abú Omar -fórmula de respeto en la onomástica árabe que consiste en añadir a la palabra Abu (padre) el nombre de pila de su hijo mayor- ha aprovechado la dejación y el caos generalizado que vive la región para erigirse en el dueño y señor del lugar. Ha construido una barraca en medio de la propiedad y se ha instalado en ella con su mujer, su hijo y su rebaño de ovejas.

No pone reparos a conversar conmigo, ni tampoco a ser filmado. Incluso me acompaña hasta la orilla del río, un punto del jardín que cinco años atrás contemplaba a diario desde la ventana lateral del lavabo y al que siempre quise acercarme. Pero Faysal, quien muy probablemente ha visto y oído más de lo que admite, solo se encoje de hombros en cuanto se le explica el sombrío pasado de aquel lugar. "No, no sabía nada", se limita a responder. Mantiene la obligada cordialidad que por tradición dispensan los árabes a sus invitados, pero apenas esconde su deseo de que este impertinente grupo de extranjeros, pertrechados con cámaras, micrófonos y hasta drones que emiten un molesto zumbido, desaparezca de su vista y pueda recuperar su felicidad usurpada.

La proximidad de los 'Beatles'

Era la proximidad física de los 'Beatles', la célula formada por tres extremistas británicos así bautizada por el rehén John Cantley y encargada de gestionar la operación, lo que convirtió en un insufrible padecimiento para todos nosotros aquellas semanas de invierno del 2014. Instalados en la casa vecina, unos metros río arriba, y muy probablemente aburridos ante la obligación de vigilarnos con permanencia -una tarea menor que hasta entonces había recaído en combatientes de rango inferior- los tres radicales nos visitaban con frecuencia, sometiéndonos a castigos arbitrarios o a psicopáticas manipulaciones psicológicas.

Dos de los integrantes de los Beatles en una prisión siria.  / ricardo garcía vilanova 

Un día aparecían con fatouche y ensalada, los restos de su cena, y designaban a un cautivo para que eligiera a cuatro amigos y comiera delante del resto de hambrientos rehenes, persiguiendo con ello un objetivo retorcido y avieso: suscitar problemas entre nosotros y mermar la cohesión interna necesaria para planear cualquier tentativa de evasión. También se presentaban antes de la hora de dormir, elegían a uno de los prisioneros, le esposaban y le obligaban a permanecer de pie hasta la primera oración del día, sin comida ni bebida. En alguna ocasión incluso llegaron a abrir fuego desde el exterior contra nuestra habitación con una escopeta de balines, con el fin de que comprendiéramos que nos hallábamos bajo vigilancia permanente. Los perdigones entraban limpiamente por la ventana.

A diferencia de nuestra mansión-cárcel, la casa desde donde los Beatles dirigían la operación sigue en pie, y ha sido recuperada por su propietario original, un acaudalado comerciante de Raqqa, casado y con dos hijas, que nos invita amablemente a pasar pero que prefiere no mencionar su nombre ni ser grabado por la cámara. "Pude regresar dos meses después de que se retirara Daesh de la región", relata en un salón vacío que rezuma temporalidad, presidido únicamente por un televisor y unas alfombras. "Todos mis muebles han desaparecido", se excusa. Eso sí, subiendo a las estancias superiores, en alguna de las blancas paredes que huelen a pintura fresca, todavía se vislumbran, bajo la última capa de barniz, los negros contornos de una insignia de Estado Islámico que alguien dibujó en un pasado no muy lejano.