Ir a contenido

HISTORIA DE UN CAUTIVERIO (3)

Con el yihadista John

El exrehén Marginedas relata cómo 'John, el yihadista', junto con otros dos extremistas británicos apodados los 'Beatles', convirtieron al grupo de 19 rehenes en su laboratorio para ensayar fórmulas perversas de manipulación psicológica.

Marc Marginedas

Eran tres enmascarados, hablaban inglés con acento británico, les gustaba irrumpir en la celda que ocupábamos por sorpresa, gritando y amenazando. Eran los 'Beatles', el apodo con que los secuestrados habíamos bautizado a los tres captores que gestionaban del secuestro.

'Beatles' viene del verbo en inglés 'to beat', que significa golpear. Y fueron motejados de esta manera porque en cada ocasión en que cruzaban el umbral de la puerta donde nos encerraban, daban una paliza a alguien, ya fuera porque habían encontrado en internet algún artículo escrito por alguno de los rehenes que les disgustaba, ya fuera porque consideraban una humillación para los musulmanes las batallas entre moros y cristianos que se celebran anualmente en Valencia, ya fuera porque había aparecido en el ciberespacio una fotografía de alguno de nosotros vestido con uniforme de camuflaje durante un viaje de trabajo a Afganistán integrado con el Ejército de EEUU. Identificábamos a su líder como 'George', aparentemente el más joven de los tres. Su imagen acabó dando la vuelta el mundo por ser el yihadista que, el pasado verano, apareció en los vídeos de las ejecuciones de los prisioneros británicos y estadounidenses y al que los medios de comunicación anglosajones apodaron como 'jihadi John', que según han declarado a la BBC fuentes del Pentágono ha muerto este viernes 13 de noviembre en un bombardeo de EEUU en Raqqa.

Un chico de 30 años era uno de los cautivos que solía recibir un trato de favor de los tres combatientes británicos. Como decía otro de los rehenes, era el único de los 19 prisioneros cuyas razones para venir a Siria merecían el «respeto» de los 'Beatles': no era ni un reportero ni un cooperante; había dejado atrás su puesto de trabajo para combatir en las filas rebeldes, indignado por las informaciones de atrocidades contra la población civil cometidas por el régimen de Bashar el Asad. Pero nada más cruzar la frontera turcosiria, fue capturado.

EROSIONAR LA COHESIÓN

En cada ocasión en que 'los Golpeadores' (esta sería la traducción exacta en castellano, en el contexto del cautiverio, de la palabra 'Beatles') hacían acto de presencia, le dedicaban buenas palabras, lo alababan y lo mimaban. Y también aprovechaban para utilizarlo como puntal para erosionar la cohesión de grupo y fomentando las peleas entre los cautivos, con el objetivo de que imperara entre nosotros el sálvense quién pueda, mermando la complicidad necesaria para organizar cualquier posible tentativa de fuga. Se trataba, ni más ni menos, de una maniobra perversa para manipular una situación extrema, propia de individuos de personalidad trastornada.

A principios de febrero, a los pocos días de llegar a Raqqa, el bastión del Estado Islámico en el norte de Siria y tras haber sido instalados temporalmente en un coqueto chalet a orillas del río Éufrates --probablemente confiscado a una familia pudiente que tuvo que huir de la región debido a la guerra-- los tres 'Beatles' estaban de mal humor. Su estatus de combatientes de élite acababa de recibir una afrenta, ya que la falta de combatientes sirios que nos vigilaran les había obligado, durante unos días, a convertirse en guardianes del contingente de rehenes, una tarea que hasta entonces había estado reservada a guerreros situados supuestamente en un escalón de mando más bajo.

Los tres se instalaron en la habitación contigua. Abusaban de nosotros, nos presionaban psicológicamente y nos torturaban. Éramos su entretenimiento, su pasatiempo, su campo de experimentación, su laboratorio particular para materializar sus locuras. Unas locuras que jamás podrían poner en práctica en sus países de origen porque las sociedades modernas están construidas para perseguir cualquier forma de manipulación perversa o esclavitud psicológica.

Incapaces de mantener a niveles aceptables la intendencia de un grupo de presos tan numeroso, durante aquel tiempo en que estuvieron al cargo de la gestión de los asuntos cotidianos, las raciones de comida se redujeron drásticamente, y el hambre, un compañero habitual de viaje durante los meses anteriores de cautiverio, hizo mella de nuevo.

LOS RESTOS DE LA CENA

Una noche, tras varios días de ver reducida nuestra ración diaria a dos panes de pita, una lata de sardina y un bote de carne procesada, cuya digestión provocaba dolorosísimos retortijones en muchos cautivos que tenían el aparato digestivo dañado por la falta de comida, los tres 'Beatles' tuvieron una luminosa idea.

Trajeron en bandejas de plástico los restos de su cena ('fatouche', algo de ensalada procedente de un plato combinado que originariamente incluía carne, y sobras de hummus) a la habitación donde nos encontrábamos. Acto seguido, entregaron los residuos del festín a su cautivo preferido y le pidieron que nombrara a cuatro amigos para que comieran con ellos.

La quincena de cautivos restante, muertos de hambre, debía observar, desde una distancia de unos metros, cómo sus compañeros devoraban los restos de la colación de nuestros raptores. La estrategia obtuvo los resultados esperados, y al acabar de comer, dos de los secuestrados acabaron enzarzándose en un cruce de recriminaciones.

«¡Entiendo que comas los restos de su comida porque te están obligando, pero ¡no lo hagas con tanta avidez!», increpó un rehén a uno de los designados para devorar los despojos alimenticios de los 'Beatles'.

La pelea dialectal hizo que durante varios días, aquellos dos rehenes no se dirigieran la palabra, y se enrareciera el ambiente en ese reducido espacio de cerca de 20 metros cuadrados donde se hacinaban 19 periodistas y trabajadores humanitarios de sexo varón originarios de siete países y privados desde hacía meses de libertad.

MAÑANA: Historia de un cautiverio (4). 'No me mires a los ojos'.