04 ago 2020

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Juicio 1-O: "Pensaba que era imposible vivir otra fiesta tan esperpéntica pero estaba equivocado"

Andrés Hinarejos Montano

Los Mossos se llevan de un colegio de Barcelona las urnas del referendum del 1 de octubre del 2017.

Los Mossos se llevan de un colegio de Barcelona las urnas del referendum del 1 de octubre del 2017. / RICARD CUGAT

¿Es un sueño esta realidad? Estamos viviendo en la sinrazón más auténtica de la historia de un mundo moderno, la estamos viendo en directo y retransmitida para todo el mundo, podemos observar desde nuestro sofá como desfila un ejército de profesionales tras juramento, mintiendo, gimoteando como adolescentes lo mal que los miraba la gente, las heridas que les hicieron con paraguas o botellas de agua; gente, por otro lado, asustada al contemplar semejante despliegue. 

Al parecer, según el jurado, esto no es mentir. Esto es simplemente delirar si vemos cómo iban de ataviados. No usaban las porras, dicen. Sin embargo, están las redes repletas de vídeos de cómo se ensañaron con jóvenes, viejos y mujeres. Recibieron hasta ellos mismos del llamado fuego amigo. 

Fue vergonzoso el espectáculo que vivimos en directo el 1-O. Particularmente, pensaba que era imposible vivir otra fiesta tan esperpéntica, pero estaba equivocado. Los alaridos de miedo expresados por los profesionales de la seguridad ante las miradas de odio, rabia y violencia, verificado por los mismos guardias civiles y policías ante las cámaras de televisión, deja el primero de octubre como un vergonzoso teatro en el cual nos están representando, no solo a los catalanes, sino a todo el mundo, excluyendo a buena parte de España. Con esto último me refiero a los que gritaban "¡A por ellos, a por ellos!".

Los niños de diez, doce, catorce años, se preguntarán si estos funcionarios son los mismos que vieron rompiendo las puertas, armarios y cristaleras de colegios. No entenderán, lo mismo que mucha gente, por qué iban ataviados para hacer daño como algunos testigos que querían votar lo han manifestado y que, repito, todo el mundo lo pudo ver. 

A mi edad pensé que esto no podía pasar en un país civilizado, sin embargo me he dado cuenta que estaba errado. Solo faltaba celebrar el juicio abierto, por televisión, para dejar de creer en cosas o causas que para mí eran sagradas al ver en directo tanta farsa.

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