09 ago 2020

Ir a contenido

EN CATALUNYA

Mascarillas obligatorias, ahora toca aprender a usarlas bien

La Generalitat obliga al uso de tapabocas en todos los espacios públicos interiores y exteriores, con multas de hasta 100 euros

La ciudadanía incorpora esta prenda a su día a día, pero un breve paseo por las calles de Barcelona desvela varios errores frecuentes

Valentina Raffio

Una mujer pasea por Barcelona con la mascarilla colgada del brazo. A su lado, un hombre lleva su tapabocas bajado a la altura de la barbilla.

Una mujer pasea por Barcelona con la mascarilla colgada del brazo. A su lado, un hombre lleva su tapabocas bajado a la altura de la barbilla. / RICARD CUGAT

A partir de este jueves, el uso de mascarillas sanitarias es obligatorio en toda Catalunya. Todos los ciudadanos mayores de seis años tendrán que salir de casa con esta prenda. Y llevarla puesta todo el día mientras circulen por espacios de uso público, sean estos  de interior o de exterior. Incluso cuando se puedan mantener el metro y medio de distancia interpersonal. Los únicos momentos en los que estará permitido no llevar mascarilla es "cuando la actividad a realizar sea incompatible con el uso de la misma". Por ejemplo, cuando se haga deporte. O en el momento de comer. O en el caso de las personas que por motivos médicos no pueden utilizar esta prenda.

"La idea es que todo el mundo salga de casa con mascarilla. Y que si en un momento determinado se la tiene que quitar, que lo haga. Pero que luego se la vuelva a poner", ha explicado la 'consellera' de Salut, Alba Vergés, durante el anuncio de esta nueva normativa. En la práctica, esto implica que hay que llevar el tapabocas puesto para salir a la calle. Quitárselo para comer. Y volvérselo a poner hasta llegar a casa. Quitando excepciones, la mascarilla tiene que volverse casi omnipresente en la vía pública. El incumplimiento de esta medida se multará con sanciones que rondarán los 100 euros y, según ha comentado Meritxell Budó, de Interior, se enmarcarán dentro de la ley general de salud pública.

La medida se publicó a última hora de la tarde de este miércoles, entrará en vigor a medianoche y seguirá vigente hasta nueva orden. En el texto no queda claro si, por ejemplo, es obligatorio llevarla en la playa. Pero sí se obliga a llevar protección en el camino de ida y vuelta. En espacios como la oficina, en principio, no haría falta modificar el uso de mascarilla ya que no se trata de una vía pública. Pero para aclarar estas dudas habrá que esperar al boletín de 'preguntas y respuestas' de Protecció Civil, que se publicará en las próximas horas. 

La Generalitat endurece así la norma ya existente sobre el uso de tapabocas y pide utilizar estos elementos de protección con más frecuencia. Desde la 'conselleria' de Salut esgrimen que este cambio de normativa llega para hacer frente a "cierta actitud de relajación" que se han observado estos días en las calles. Sobre todo ahora que el miedo por los rebrotes aumenta con la comarca de Lleida confinada y varios focos más que, poco a poco, van sembrando el mapa. "Tenemos que recordar que cada uno de nosotros puede ser potencial transmisor del virus. Y en una epidemia en la que hemos visto que siguen habiendo un gran número de positivos, necesitamos tomar medidas contundentes", ha recalcado Vergés, interpelada sobre el porqué de esta medida.

El último día en sin mascarillas omnipresentes

Este miércoles, por lo tanto, ha sido el último día en el que se podía pasear por las calles de Barcelona a cara descubierta. Así que mientras la Generalitat deliberaba sobre el uso de las mascarillas, este diario recorrió las calles de la ciudad para saber cómo se está utilizando este elemento de protección que, si se emplea correctamente, tiene el potencial de limitar la propagación del virus. Algo que en el plano teórico suena muy bien, pero que en la práctica muestra que no siempre es tan sencillo. Más en un día de verano donde el calor quita el aire. Y que las altas temperaturas vienen acompañadas de un 60% de humedad.

Empecemos, pues, el recorrido por unas calles que desde primera hora de la mañana lucían un vaivén de ciudadanos armados con tapabocas sanitarios. La mayoría, con mascarillas quirúrgicas desechables. Las que son azules, verdes o blancas. De las que se venden en supermercados y farmacias a un máximo de 96 céntimos la unidad. Aquellas recomendadas para la población general, con una vida útil de unas cuatro horas (o hasta que se humedezca la tela). Las que evitan que una persona infectada pueda propagar el virus, pero no que una persona sana pueda contagiarse.

A su lado, algo menos frecuentes, también había quien llevaba una mascarilla FFP2 . De las que suelen ser blancas y con forma de pico. Las que evitan propagar el virus y protegen de un eventual contagio. Y muchas, cada vez más, personas que apostaban por mascarillas de tela. Algunas, de fabricación industrial. Otras muchas, caseras. En estos casos, imposible conocer el grado de protección que ofrecen desde la distancia. O durante cuánto tiempo son realmente efectivas. Porque sí, estas también tienen una duración limitada, aunque muchas veces no se respete.

Unos viandantes pasean por Barcelona con la mascarilla bajada a la altura de la barbilla / RICARD CUGAT

Mal uso y errores frecuentes

Sea como sea, no hay que olvidar que la gracia de las mascarillas no es llevarlas encima, sino llevarlas bien puestas. Y es ahí donde, gracias a un breve ejercicio de observación, empiezan a verse los fallos. Este miércoles, por ejemplo, un hombre paseaba por la Rambla asomando la nariz por encima de una sofisticada mascarilla blanca, de las más eficaces en el mercado. Más adelante, un viandante se bajaba su tapabocas para rascarse la nariz y continuaba su camino con la prenda colgada de una oreja, a modo de pendiente. En el metro, todo los pasajeros lucían la mascarilla imprescindible, desde hace ya meses, en el transporte público. Pero muchos, con alguna trampa para coger aire. 

Allá por el parque de la Ciutadella, un grupo de amigas celebraba su reencuentro quitándose la mascarilla y fundiéndose en un abrazo. Muy cerca de allí, al lado del campus universitario de la Pompeu Fabra, estudiantes celebraban el fin de la segunda jornada de selectividad deshaciéndose de las mascarillas obligatorias para entrar al examen y compartiendo unas patatas bravas y unas birras en un abarrotado bar, mientras sus tapabocas reposaban colgados de la silla. O en sus brazos, como si de un brazalete se tratara. Ya llegados a la playa de la Barceloneta, donde el sol del mediodía empezaba a picar, las mascarillas  desaparecían del paisaje totalmente. Incluso el tapabocas que llevaba la periodista que escribe estas líneas quedaba, tras horas de paseo, totalmente inutilizable por la humedad acumulada.  

Una pareja pasea con la mascarilla en mano por las calles de Barcelona. / RICARD CUGAT

Estas escenas, que en un contexto normal relatarían la normalidad más absoluta, se convierten ahora en una crónica de lo que no hay que hacer. Porque si llevar mascarilla supone una molestia, llevarla mal hace que el esfuerzo sea totalmente inútil. Los expertos recuerdan día sí y día también que el virus sigue ahí fuera. Y que las recomendaciones que se explicaron hace unos meses sobre cómo utilizar mascarilla de manera eficaz siguen siendo tan válidas como entonces. La "nueva normalidad", pues, reclama toda las medidas de seguridad posibles. Como la distancia entre personas. El lavado frecuente de manos. Y el (buen) uso de mascarillas.