Un postre canalla y rumbero

¿Qué fue de la tarta al whisky?

  • El pastel que se hizo famoso en las cartas de helados de los años 80 ha pasado a ser un recuerdo de una época de euforia

  • Aunque fue perdiendo calidad por el camino, se trata de una receta que entronca con una tradición repostera que se remonta al siglo XVIII

  • Podría volver a ponerse de moda si recupera sus ingredientes originales y su esencia más artesanal

Una ración de tarta al whisky, la gran olvidada.

Una ración de tarta al whisky, la gran olvidada.

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Eduard Palomares

Pocos postres representan tan bien los años 80 como la tarta al whisky, bañada con el correspondiente chorro de J&B o, peor, de DYC. Una época en la que España se iba sacudiendo de encima la caspa del pasado, aunque sin demasiada prisa, a la vez que experimentaba la euforia de la libertad. Y en la que los consejos nutricionales no aparecían más que en las páginas finales de las revistas del corazón.

Una tarta rumbera, canalla, ‘vivalavirgen’ y que pasó a convertirse en masiva cuando se introdujo en las cartas de helados industriales, en la sección de pasteles helados. Porque hubo un momento en que Frigo, Camy, La Menorquina y compañía presentaban dos cartas distintas, que se renovaban cada verano: la de polos y cucuruchos y la de contessas, selvas negras y demás tartas heladas. Luego llegaron los Häagen-Dazs y todo se volvió más aburrido.

En cierta manera, la conversión de la tarta al whisky en helado industrial inició ese ciclo tan literario del auge y caída, todavía a la espera de la parte final de la redención. Porque al congelarse comenzó su camino de éxito pero también de perdición, renunciando a una identidad pastelera que estaba anclada en una sólida tradición. Y es que los pasteles o bizcochos aromatizados con alcohol se remontan a un par de siglos atrás.

Cuenta la historia que Estanislao I Leszczynski, rey de Polonia en el siglo XVIII, tenía la costumbre de mojar los pasteles en vino de Málaga y de ahí surgió una idea que pasteleros de todo el continente pusieron en práctica. En Francia nació el ‘baba au rhum’, con ron, que luego derivó en el savarín, con brandy, kirsch u otro licores. En Nápoles lo hicieron suyo y lo convirtieron en el ‘babà’ (en formato individual, como un tapón) y en Catalunya se transformó en un ‘borratxo’, con crema quemada.

No está especificado si dentro de esta cronología dio en algún momento el salto a tierras irlandesas o escocesas, para cambiar el ron por el whisky. Pero, en cualquier caso, la tarta al whisky fue pastel antes que helado, y por ahí puede estar la clave de su vuelta.

Quizás tiene una nueva oportunidad si algún repostero decide elaborarla de manera tradicional, con una base de bizcocho, una crema de whisky para el relleno, nata montada, merengue, yema pastelera y un toque de congelador. Porque un poco de alegría no vendría nada mal en los tiempos que corren.

A favor de su vuelta

Estamos en un periodo dominado, a nivel pastelero, por recetas hípsters de origen anglosajón como el ‘carrot cake’, el ‘red velvet’ o el ‘lemon pie’. La tarta al whisky representa un retorno a la tradición continental y a sabores olvidados.

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En contra

Una comida regada con vino y culminada con una tarta al whisky –y más si lleva su correspondiente chupito por encima– puede ser algo excesiva, tanto por los niveles de alcohol en sangre como por la bomba calórica que supone mezclar azúcar y alcohol. Sería recomendable solo para las celebraciones muy, muy, muy especiales.